En
su célebre novela “Los viajes de Gulliver”, Jonathan
Swift relata que el personaje - tras un naufragio
al norte de Tasmania (Australia) - llega a la
isla-Estado de Lilliput, caracterizada por el hecho
de que sus habitantes miden 15 centímetros de alto
(“six inches”) y las plantas y animales tienen un
tamaño de la doceava parte del original. Para los
liliputienses, el Capitán Gulliver es un gigante,
con sus un 1.80 metros de alto (“six feet”). Entre
otras metáforas y alegorías, Swift describe la
visión de un hombre que ve en panorámica a otros
hombres, y la visión del mundo que pueden tener los
seres pequeños.
Lo que la vida demuestra es que los países pueden
ser liliputienses por su tamaño (como Andorra,
Liechtenstein, Mónaco, San Marino y Vaticano). Pero
los hombres solo pueden ser liliputienses por su
nivel mental o espiritual. Hay personas
liliputienses, hay gigantes y hay muchas normales
que a veces son víctimas de una enfermedad, la
liliputitis, que los hace ver todo desde una altura
de 15 centímetros.
Quien naufrague en el célebre y temible Banco
Inglés - casi en las mismas latitudes y opuesta
longitud del novelado naufragio de Gulliver- arribe
a estas costas y observe la campaña electoral,
quedará tan sorprendido como el Capitán al percibir
una epidemia de liliputitis que afecta a una parte
significativa de los actores políticos, no a todos,
y quizás tampoco a la mayoría, pero sí a una buena
porción. La liliputitis - aun no catalogada por la
Organización Mundial de la Salud - puede
caracterizarse por la incapacidad de ver por lo alto
y mirar las cosas a ras del suelo.
El 28 de junio la sociedad brindó un golpe
formidable al sistema político, a todo: 11 de cada
20 uruguayos rechazaron la convocatoria de los
líderes y partidos políticos, 10 de los cuales
además ni siquiera se movieron de su casa y el
restante fue y no votó a ningún partido ni líder
nacional. Pero además quedó a la vista que, pese a
ser las elecciones preliminares más competitivas de
las tres habidas, la concurrencia declina lustro a
lustro, y esta vez fue la menor de todas. Lacalle,
la figura de mayor convocatoria, logró que lo
respaldase poco más del 12% de los ciudadanos;
Mujica, el 10%; Larrañaga, el 9%; Astori, algo menos
del 8%; todo el Partido Colorado no alcanzó al 6%.
Fue un resultado muy magro al que ninguno prestó
atención. Los blancos prefirieron festejar el que
convocaron a un puñado de gente mayor que el Frente
Amplio, que sí acusó el inesperado golpe, el último
golpe a lo que le quedaba de soberbia.
Muchos se engañaron honestamente gracias a su
desconocimiento de la aritmética elemental: creer
por ejemplo que el 45% de la mitad es lo mismo que
el 45% del todo. No miraron los votos contantes y
sonantes, porque es mirar la cruda y dura realidad.
Unos muchos prefirieron poner la culpa afuera de sí
mismos y buscar la existencia de otro fenómeno: lo
importante no es que la gente no haya ido, sino que
“las encuestas se equivocaron”. Lo que nadie ha
querido ver es la aparición de una creciente
distancia entre los políticos y la gente, fenómeno
nada nuevo en sociedades democráticas con sistemas
políticos consolidados; es el mal que recorre
Europa. Pero en Europa hay preocupación por el
fenómeno, hay discusiones académicas y
periodísticas, hay preocupación del segmento de más
nivel de los políticos. En esta latitud sur se mira
para el costado.
A la gente preocupa la seguridad pública, la
vivienda, a unos cuantos la reforma tributaria,
todos persiguen trabajo estable con buenos ingresos,
los muchos reclaman un retorno a aquella prestigiosa
escuela pública y también liceo público. A la gente
le preocupa el presente y el futuro. En cambio, a
muchos candidatos, a demasiados, lo que preocupa es
el pasado del otro (como si el otro fuese un
outsider desconocido cuyo pasado nadie conociese).
Así nos hemos enterado que hubo una campaña de
denuncias contra el gobierno de Lacalle, que Mujica
fue tupamaro y que Pedro Bordaberry tiene el mismo
apellido que su padre (“chocolate por la noticia”,
decían las abuelas). Esto marca una formidable
separación entre lo que preocupa a la gente común y
silvestre, que casualmente es la mayoría, y los
temas que enardecen a los puñados que rodean a los
candidatos y asisten a los actos.
La elección la deciden los indecisos, que son
alrededor del 6% del electorado (unas 140 mil
personas). Los porcentajes parecen pequeños, la
cantidad de personas es mucha, como que llena dos
estadios Centenario. ¿Quiénes son? ¿Qué piensan? ¿De
dónde vienen? ¿Qué votaron antes? Parece que los
candidatos no lo saben, pues los frenteamplistas
hacen todo lo posible por afirmarle a esa gente la
desilusión con el Frente Amplio; y los partidos
tradicionales hacen todo lo posible por recordarle
todas las cosas que los hicieron alejarse o rechazar
a esos partidos, que hace tan poco como cuatro
décadas eran el 90% del país.
La gente vota según la identificación que logre
con partidos y candidatos, en base a su cultura y
sus valores. Donde lo que pesa es el hogar donde se
crió (o la falta de él), el barrio, la escuela, los
compañeros de trabajo, la clase social, la religión
o la negación de ella, las tradiciones políticas, la
visión del mundo, la ubicación en la cultura de
izquierda, la cultura de derecha, la cultura de
centro o la cultura de la antipolítica. ¿Cómo es que
conduce la campaña electoral buena parte de los
actores políticos? Como si fuese una carrera
turfística donde lo que interesa es exclusivamente
cuál caballo es el favorito, cuál el enemigo y cuál
la sorpresa. Es la creencia de que la gente vota a
ganador, sin que esa creencia esté avalada por
estudio alguno. De donde se deduce que como vota a
ganador se guía por las encuestas, las encuestas no
miden lo que la gente piensa sino que hace pensar a
la gente lo que debe votar, por lo que hay que matar
al que hace votar a la gente de esa manera; o
inventar encuestas y números para hacerle creer que
el ganador es otro y orientarle de esa manera el
voto. Treinta años de estudio en las más rigurosas
universidades europeas y norteamericanas no han
logrado determinar si las encuestas influyen, cuánto
lo hacen ni - mucho más importante - en qué
dirección. Pero muchos políticos uruguayos saben lo
que la investigación científica no logra discernir:
que influyen, mucho y siempre en favor de su directo
y personal adversario. Las encuestas son siempre los
aliados de sus enemigos.
Este es un apretado e incompleto inventario de
errores y falencias que emergen en esta campaña
electoral. Si la dirigencia política no da un gran
salto, si no cura la liliputitis de unos muchos, si
los no contaminados y los pocos gigantes que
existen no se imponen, el país comenzará a recorrer
el lento camino que recorrió hace medio siglo, de
descreimiento en la democracia: entonces se fue
hacia la exaltación de la lucha armada o del golpe
de Estado; hoy, en otras condiciones, se irá hacia
la anomia, hacia la argentinización.