
Hay varios datos inequívocos, se miren desde
donde se miren, ya fuere de la observación empírica
aficionada a las más precisas mediciones
demoscópicas: la sociedad uruguaya manifiesta hastío
ante la campaña electoral y alejamiento de los
políticos, no responde a su convocatoria (como lo
demostró la concurrencia el 28 de junio), rechaza un
juego cada vez más internista y menor, y va camino
al descreimiento en la política y en los políticos.
Para que no haya dudas, hay falencias en la
convocatoria de Mujica, pero también de Astori, del
gobierno y del propio presidente de la República;
hay falencias del candidato blanco a presidente y
del candidato a vicepresidente; y los demás
partidos, no lo quieran aceptar unos y sí lo aceptan
otros, tienen los niveles de adhesión y convocatoria
de los partidos que cumplen el papel de partidos
menores. No es pues un tema, menos en perspectiva
histórica, para que sirva el mirar en derredor en
busca del culpable, porque todo político encuentra
fácilmente a uno de los culpables, con solo ponerse
frente al espejo.
Sobre el golpe de Estado de 1973 y la posterior
dictadura militar hay muchas investigaciones sobre
lo que ocurrió, qué pasó y cómo pasó. Hay muy pocas
investigaciones profundas sobre por qué pasó, y las
más importantes exposiciones al respecto cumplen una
finalidad de alegato político y no de búsqueda de
causalidad histórica. Porque más que explorar por
qué se llegó a un golpe de Estado es indagar por qué
cayó la poliarquía, la democracia liberal, la
creencia en los valores de la pluralidad, la
discusión y la tolerancia, y por encima de todo por
qué cayó la creencia en que a través de lo público y
del actuar en lo público se podía influir en los
destinos colectivos del país y de la sociedad. En el
camino al golpe de Estado cabe aquello de que tire
la primera piedra el que esté libre de culpa. En la
literatura del alegato político izquierdista se pone
mucho énfasis en la fascistización o gorilización de
las fuerzas armadas, en la pérdida de adhesión a la
democracia de la oligarquía y en la acción del
imperialismo. En la literatura derechizante se pone
énfasis en la acción guerrillera y subversiva, en
las constantes movilizaciones populares y
huelguísticas desde el marxismo, en la acción
disolvente soviética. Dejando de lado calificativos
muchas veces erróneos y cuando no exagerados, todo
ello pudo tener en mayor o en menor grado algo que
ver en el camino a la ruptura institucional. Pero en
el camino a la pérdida de fe en la poliarquía hay
dos factores insoslayables: uno es la constante
caída de la economía del país y del nivel de vida de
los uruguayos, la falta de caminos, y otro es la
pérdida de credibilidad en las elites políticas.
Este último es un tema sustancial, sobre el que no
se pone el énfasis debido porque es más fácil buscar
culpables afuera del sistema político.
Lo que se observa en los últimos tiempos es una
reedición del fenómeno de pérdida de convocatoria
primero y de credibilidad después en las elites
políticas, con mayor énfasis en las elites de los
partidos tradicionales, pero no circunscripto el
fenómeno a ellas, sino extendido a las elites de la
izquierda.
A esto se suma un sistema electoral que ha
colapsado. Una reforma constitucional mal hecha,
peor redactada, con elementales y gruesas falencias
técnicas, devino en un sistema harto complejo, cuyos
efectos son la no consolidación de los partidos y el
excesivo número de elecciones. Pero el calendario
determina que la campaña electoral más larga, que
conlleva más esfuerzo personal, más inversión
financiera, mayor gasto material, es la que tiene
por finalidad elegir el candidato único de cada
partido a la Presidencia de la República; es decir,
la población está sometida por más de un año (quizás
año y medio) a un bombardeo cuya finalidad es llegar
a la línea de largada. Algo así como el atleta que
corre una maratón tan solo para posicionarse en la
línea a partir de la cual disputará los cien metros
llanos. El candidato llega cansado, sus competidores
también, y el público sin expectativas, cansado y
aburrido. Partidos y candidatos abordan esta segunda
fase (que además puede no ser la última) con poco
dinero, estructuras políticas corroídas por los
resultados de la votación de junio y la consecuente
elaboración de las listas de candidatos, sin haber
dedicado tiempo a estudiar los problemas del país y
exhibir propuestas profundas, serias, meditadas;
además con desmedidas cargas emocionales que
onnubilan el pensamiento.
Por delante entonces se plantean dos problemas.
Uno de fondo, sobre el cual paridos y dirigentes
deberán meditar mucho: o los partidos cambian, o los
líderes elevan el nivel de la discusión política y
la convocatoria, o se va camino a acentuar el
descrecimiento y el divorcio entre políticos y
ciudadanos; problemas complicado porque una cantidad
no menor de actores políticos solo tienen capacidad
para funcionar en el esquema de la lucha menor. El
otro tema, procesal, pero nada menor, es que este
sistema de cuatro elecciones en doce meses y medio
no resiste más y la democracia se va a ir
debilitando crecientemente si se mantiene. Mucho más
si termina decantando que la elección cuya función
es de ser preliminar termina siendo la más
importante, la que agote la expectativa de los
actores políticos y el interés de los ciudadanos. No
resiste un sistema en que la gente siente hastío
ante la conformación del Parlamento y la elección
del presidente de la República.
Ahora solo queda esperar que el ciclo electoral
nacional se termine, que pasen el 25 de octubre y
eventualmente el 29 de noviembre, que muchos sufran
los previstos fenomenales coscorrones, que quienes
salven la prueba tengan la humildad de no
envalentonarse por no haber muerto a mitad de
camino. Después entonces vendrá el tiempo en que
cabe esperar que los actores políticos, aquellos
inteligentes, aquellos que no necesitan del juego
menor para sobrevivir, razonen a tiempo, adviertan
el peligro histórico en que está el país, vean que
no se puede seguir impávidamente camino al
descreimiento de la gente.