
Es
un lugar común decir que si que
si un gobernante, legislador o político no visita un
pueblo o un barrio a lo largo de los primeros cuatro
años de gobierno, es mejor que no vaya en campaña
electoral porque se encuentra con el “¿Y recién
ahora se le ocurre venir, justo cuando sale a buscar
de nuevo los votos?”. Hay que ser justos y reconocer
que hay políticos que tienen una visión más
escéptica: que si van antes les dicen “tan temprano
y ya en busca de los votos” o, lo más frustrante de
todo, si visita mes tras mes, año tras año, recoge
las inquietudes de los vecinos, se interesa por
ellos, cuando llegan las elecciones la gente se
acuerda más de lo que no pudo hacer que de lo que
hizo, y apuesta más a la golondrina que arriba con
nuevas promesas. Todo eso puede ser, pero hay mucha
evidencia empírica de que hay una actitud
refractaria hacia el político preocupado por la
gente exclusivamente en el momento de la recolección
de votos, en campaña electoral. Lo que no quiere
decir que reditúe en término de votos la
preocupación constante, la visita periódica por
fuera de los tiempos electorales. Es más clara la
penalización por la reaparición solamente en tiempos
electorales.
Lo mismo puede decirse de las propuestas que surgen
en campaña electoral. Los grandes problemas de un
país y de una sociedad son de larga duración,
cumplen ciclos prolongados; se supone que la
actividad política normal implica la dedicación al
estudio de esos problemas, la búsqueda de todos los
asesoramientos, la definición de las soluciones de
acuerdo con los valores y las pautas ideológicas del
respectivo grupo político. En Uruguay se confunde
programa con plan de gobierno. Un programa es el
documento que sienta las bases fundamentales de un
partido o grupo político y que solo se modifica al
compás de cambios históricos. Un programa es por
ejemplo el de Bad Godesberg (1959) del Partido
Social Demócrata alemán que deja atrás los últimos
resabios del marxismo y del revolucionarismo radical
inscriptos en los programas fundaciones de Gotha
(1875) y su reforma en Erfurt (1891). Causa espanto
entre los estudiosos de países con alto nivel de
desarrollo político, frases criollas como que hay
que esperar las elecciones internas para luego
elaborar el programa. Se interpreta que un partido
va a definir su ideología, sus valores y el sentir
de la sociedad a tres meses de unas elecciones.
Pero también debe suponerse que el Plan de Gobierno
no debería ser un librillo redactado de apuro por un
conjunto de técnicos, sin verdadero debate al
interior de un partido, como sucede habitualmente en
los partidos Nacional y Colorado. Tampoco puede ser
un extenso documento largamente discutido, negociado
y votado en un Congreso, como ocurre con el Frente
Amplio, que después tiene poca relación con el plan
real que ejecuta esa fuerza política en el gobierno;
ni es de recibo que se diga que no se violó la letra
de cláusula alguna de un programa, aunque haya ido
hacia un rumbo opuesto al señalado por el programa,
porque un plan o programa es un todo armónico, que
tiene su teleología y su estructura axiológica, que
puede violarse sin agredir una letra o un tilde del
manuscrito.
Todo esto quiere decir que cunde la improvisación
cuando las propuestas de gobierno surgen al calor de
la campaña electoral, muchas veces definidas por
comandos de campaña, cuando no por asesores de
marketing o agentes publicitarios. La estrategia de
campaña, el marketing político o la propaganda
electoral son la traducción a la práctica de los
planes y programas previamente definidos. Un slogan
no puede ser la definición programática, sino la
traducción en lenguaje publicitario de un concepto
preexistente y profundamente sentido y asido.
Lo dicho anteriormente no es una exposición
idealizada del deber ser. La población, el hombre
más sencillo, sin haber sentido hablar jamás de
Gotha, Erfurt o Bad Godesberg, percibe con nitidez
cuando lo que se le expone, lo que recibe, es la
traducción de los valores y visiones profundos de un
partido, un sector político o un candidato o cuando
lo que se trasmite es una improvisación al compás de
la altas y bajas de la campaña. Siente sin error
alguno, aunque no tenga capacidad para discernir la
calidad técnica o perfección de las propuestas,
cuando son el producto de una elaboración detenida y
cuando son meros recursos en la búsqueda del voto.
Lo dicho anteriormente también tiene que ver con las
denuncias. La secuencia de las denuncias de
corrupción - hacia los adversarios políticos y hacia
todo lo que se mueva que pueda molestar a algún
actor político - se incrementa exponencialmente en
el tiempo de campaña electoral. Esto puede tener
tres motivaciones: Una (hipótesis algo sorprendente)
es que los políticos, comunicadores y ainda mais
uruguayos se corrompen en plena campaña electoral.
Dos, que los actores electorales son personas de
profunda ingenuidad, que tardan exactamente cuatro
años y medio en descubrir la corrupción, y
casualmente llegan a la conclusión de que su rival
es corrupto, a pocas semanas de las elecciones.
Tres, que hay una actitud frívola y utilitaria sobre
la corrupción, y solo interesa la misma en la forma
y momento que otorgue utilidad electoral, siempre
que el denunciado fuese un adversario o algún
tercero molesto al que valga la pena intentar
lastimar
Sobre esto, como sobre las propuestas destellantes
de campaña, como sobre las visitas quinquenales y
ausencias regulares, el hombre de a pie, sencillo,
poco informado, sin gran cultura humanística o
científica, con gran cultura de la vida, siente con
profundidad y discierne con claridad cuando se trata
de cosas serias y cuando de juegos meramente
electorales. Y como ese individuo de a pie - que
casualmente constituye la mayoría - no compra
buzones, toda esa parafernalia electoral deviene en
un esfuerzo y un gasto de escasa utilidad, o al
menos de un elevadísimo costo para un muy bajo
beneficio. Basta con pensar que al Partido Colorado
ayer lo castigó más la visión de los uruguayos sobre
su gobierno que su candidatura presidencial o su
campaña electoral. Y que al Frente Amplio hoy lo ha
castigado más el juicio sobre su gobierno que su
candidatura presidencial o su campaña electoral
(alcanza con señalar que el FA venía ya perdiendo 6
puntos porcentuales sin que mediase ni la
candidatura ni la campaña electoral y ahora pierde
tan solo 2 puntos adicionales por yerros de campaña
y problemas de candidatura)
Algún día, lo deseable es que esta vez fuese
temprano y no tarde, el sistema político de hoy
deberá reflexionar de la manera en que no lo hizo el
sistema político de comienzos de los pasados años
sesenta, que se contentó con la frase entonces en
boga: “pero la gente vota igual”.