Hace casi 400 años el célebre
Galileo Galilei fue censurado y obligado a
retractarse por sostener la teoría heliocéntrica de
Copérnico, al decir que la Tierra se mueve y gira
alrededor del Sol, y el Sol (Helios) es el centro
del sistema al que pertenece este planeta. Qué
espectador no se conmovió cuando a punto de caer el
telón, en la célebre obra de Bertolt Brecht, con el
peso de la persecución sobre sus hombres, obligado a
retractarse ante la Santa Inquisición, Galileo
susurra el “Eppur si muove” (Sin embargo, se mueve).
La censura y persecución a Galileo es un conflicto
entre la religión y la ciencia, pero es también la
forma en que quienes tienen el poder y la verdad en
una época y un lugar determinados reaccionan ante
todo lo que pone en duda sus convicciones. La teoría
heliocéntrica no solo afirma que la Tierra se mueve,
sino que hace tambalear y girar las certezas sobre
las cuales descansaba el conocimiento y la fe de la
época. Ante nuevas verdades o el cuestionamiento de
las verdades existentes, ante la aparición de nuevas
investigaciones y nuevas ciencias, los depositarios
del saber y el poder del momento reaccionan primero
con incredulidad, luego con miedo, finalmente con
enojo. Hay que tener un espíritu muy amplio y
abierto, pero también hay que tener una estructura
psíquica muy equilibrada, un espíritu sereno, para
aceptar que se tambaleen las certezas que cimientan
su mundo y pasen a ser sustituidas por otros
enunciados, que además no se atinan a comprender.
En el setecientos del segundo
mileno, las elites expresaron esa incredulidad,
miedo y enojo ante la incomprensión de las nuevas
ciencias de entonces: la física, la astronomía. En
el despuntar del tercer milenio son otros
conocimientos y otras ciencias que provocan esa
incredulidad, miedo y enojo en ciertos segmentos de
las elites, que no alcanzan a comprenderlas y que lo
que pueden atisbar les hace trastabillar las
creencias y certezas que constituían el basamento de
su accionar. Las ciencias que en este milenio se
niegan, persiguen y enojan son el correlato de la
física y astronomía de hace cuatro siglos; estas
ciencias negadas y combatidas son las ciencias
sociales en general, pero en particular la ciencia
política, la sociología, la estadística sociológica,
la psicología (y más aún la psicología
socio-política), y por encima de todo, la
demoscopia, la ciencia que estudia el comportamiento
del demos, una de cuyas técnicas son las encuestas
demoscópicas o, en el término de uso en el país, las
encuestas de opinión pública.
Esta vez el “eppur si muove”
no fue un susurro de los perseguidos, sino un
estruendoso grito de una sociedad entera. No se
necesitaron decenios para exhibir el despiste de los
acusadores, sino que bastaron pocas semanas.
Entre julio y octubre afloró
una carga emocional acumulada durante varios lustros
por muchos personajes importantes, que nunca
pudieron aceptar a este intruso que venía a romper
la magia, que decía que no era cierto que podía
ganar el que estaba muy lejos, que venía a decir que
solo contaba con un puñado de votos el que
proclamaba lo qué pensaba hacer desde el sillón
presidencial. Un intruso que contraponía los más
fríos números y la más rigurosa lógica al despliegue
de ensoñaciones y apelaciones a la magia de una
cierta forma de hacer política.
Porque hay un camino político
en que los números no importan y otro camino
político en que los números son fundamentales. No
importan los números cuando el político apela a
presentar ideas, caminos, escenarios, valores,
cosmovisiones; cuando la conquista del voto busca
que la gente - determinado segmento de gente - se
identifique con ese conjunto de ideas y valores. El
objetivo es ganar, acceder al gobierno, tener la
mayor representación, contar con la máxima fuerza
posible, en todos los casos sin importar cuánto,
para poder aplicar esas ideas y defender esos
valores. El otro camino tiene un cierto tinte
lúdico: se convoca al voto por el mero de hecho de
poder ganar, de ser más. El por qué y para qué es
secundario. Por tanto, si el objetivo de captación
es el voto exclusivamente por la calidad de ganador,
el que un intruso con autoridad científica diga que
la realidad es diferente a la fantasía, aparece como
un enemigo al que hay que combatir.
Lo que no se entiende es cómo
gente de tanta importancia en la historia del país,
otros con trayectoria presente, hayan montado un
operativo tan burdo, de inexorable fracaso. El
apostar a sustituir a las encuestadoras
profesionales, guiadas por académicos reconocidos,
por seudoencuestas, sin personajes creíbles,
carentes de autoridad científica, es incomprensible.
Cómo es posible que gente que hubo manejado tanto
poder, realizado estrategias políticas exitosas,
navegado con soltura por aguas políticas
tormentosas, al final de su vida biológica o en el
decaer de su vida política hayan planeado una
estrategia tan tosca y operado con tanta simpleza.
Es difícil de comprender la intensidad de la pérdida
de realidad, de autoconvicción en sus propias
fantasías, para haber creído en alguna probabilidad
de éxito; más aún respecto a algo cuya confrontación
con la realidad pura y dura demoraba breve tiempo.
También genera perplejidad la
forma simple y llana con que se asumió la existencia
de causa-efecto directo y lineal entre el dato de
una encuesta y la decisión de voto. Cómo se
sobrevaloró la importancia que el hombre de a pie da
a las encuestas, como para considerar que estaba por
encima de centrar el debate en otros temas de
consideración para cada uno de los uruguayos comunes
y silvestres. El mensaje recibido fue el opuesto al
que se quiso trasmitir; lo que se la gente
decodificó fue que esos políticos habían perdido
sintonía con la realidad y solo se preocupaban por
sus propias posibilidades de ocupar cargos públicos,
no por los problemas del país o de su gente. Así fue
que penalizó a los que vivieron esa irrealidad.
El que este operativo hubiese
terminado como terminó es muy importante para la
democracia, porque se demostró la inutilidad de
campañas de desinformación y quedó valorada y
fortalecida la importancia que para la decisión
democrática significa que la gente cuente - para
decidir el voto - con información sería, confiable y
científica.