El sistema electoral uruguayo, en
cuanto a la cantidad y frecuencia de elecciones, ha
producido cambios significativos en la forma de
hacer política, en el tiempo destinado a las
campañas electorales, consecuentemente en el tiempo
restado al debate y resolución de los problemas de
gobierno - o problemas del país, o problemas de la
gente -, en la creciente necesidad de recursos
financieros para sustentar campañas electorales de
casi dos años y medio de duración cada cinco años,
que comienzan con la competencia de cerca de dos
millares y medio de listas de candidatos y de varias
decenas de miles de candidatos. Todo esto puede ser
una de las causas del creciente hastío de la gente
con la las campañas electorales, pero también con la
política.
La reforma de 1996 se hizo con
una idea central que puede gustar a unos y disgustar
a otros, pero como toda idea con sólidas bases
teóricas y probada práctica en el mundo, es
atendible: el balotaje o elección del presidente de
la República por algún tipo de mayoría absoluta.
Pero luego, sin verdadera discusión política, sin
tomar en cuenta para nada la opinión de los
especialistas, se comenzó a agregar mecanismos
diversos en forma dispersa, sin mirar qué grado de
coherencia podía haber entre lo uno y lo otro. Así
se delineó un mapa que nadie miró en su totalidad y
llevó por ejemplo a que no se percibió que se hacía
coincidir las elecciones de gobiernos
departamentales con el Día de la Madre, que contra
la creencia generalizada no es uno de esos días
conmemorativos con finalidad comercial, sino que fue
impulsado en 1870 por Julia Ward Howe como día de
“las madres por la paz”, a celebrarse el segundo
domingo de mayo. El tema sirve para demostrar la
liviandad que imperó en el momento al hacerse muchas
de las enmiendas constitucionales.
El producto final devino en un
complejo mecanismo de relojería, donde no se instaló
un balotaje sino un sistema de competencia
presidencial por eliminatorias olímpicas con cuartos
de final, semifinales y final; una elección de
gobiernos departamentales a dos vueltas y de hecho
también elecciones parlamentarias a dos vueltas.
El punto de partida inicial, la
macro competencia, son las llamadas “elecciones
internas y simultáneas”, que a poco de ser
desarrolladas en las disposiciones transitorias de
la Constitución y luego en la ley, queda claro que
no son internas (no son al interior de un partido)
sino elecciones generales del Cuerpo Electoral,
convocadas, organizadas y juzgadas por la Corte
Electoral, de comparecencia obligatoria para los
partidos, con consecuencias obligatorias para todos
quienes participen como candidatos (no pueden ser
candidatos por otro partido hasta el siguiente ciclo
electoral). Constituyen la piedra angular del
sistema electoral. Formalmente se elige el candidato
a presidente de cada partido, un Organismo
Deliberativo Nacional de cada partido y los
organismos deliberativos departamentales de cada
partido. Los dos primeros productos son la base de
las dos fases siguientes de elecciones nacionales,
el tercer producto es la base de la fase siguiente
de las elecciones departamentales a ocurrir el año
siguiente. Por imperio de la constitución, de la
ley, de las normas partidarias, de las decisiones
sectoriales o de los acuerdos personales, de estas
mal llamadas elecciones internas devienen las bases
de constitución de las listas a ambas ramas del
Parlamento y de sublemas a la rama alta, el
completado de la fórmula presidencial con la
designación del candidato a vice, las candidaturas a
la jefatura de los gobiernos departamentales y hasta
las bases para configurar las listas a las juntas
departamentales.
Todo ello lleva a que, bien
medido, puede estimarse que el presente ciclo
electoral comienza en el verano de 2008 y más
tardíamente en los primeros días de marzo. En esas
semanasTabaré Vázquez procesa el recambios
ministerial para dejar fuera del gabinete a todos
quienes van a competir en los primeros planos
electorales, danzan los nombres de Astori, Carámbula
y Mujica, Luis Alberto Lacalle hace su rentrée, se
postulan Amorín Batlle y Hierro, y toman nuevo
impulso los dos competidores que ya estaban en
carrera: Bordaberry y Larrañaga. Esto ocurrió en el
mismo momento en que se cumplían tres años de
instalación del gobierno y quedaban dos por delante.
Luego vinieron dieciséis intensos y estresantes
meses de campaña electoral, con la ferocidad que en
algunos casos adquiere la lucha entre parientes.
Allí se producen los resultados reales y algún
disparate virtual, como la lectura equivocada que
alguien hizo del resultado entre partidos, que lo
llevó a una de las campañas más obtusas conocibles.
Cuando todavía no se había deglutido el resultado,
los partidos deben rearmarse, archivar agravios y
construir empatías. Y al cabo de otros cuatro y
extenuantes meses, llegar a la composición del
Parlamento. En cada una de las dos etapas mucha
gente queda por el camino. Y con gente afuera de
toda perspectiva, finanzas agotadas, población
cansada, cabe una tercera etapa de cinco semanas en
pos del premio mayor; esta vez con el formidable
absurdo de hacer una elección cuando el partido más
votado ya cuenta con mayoría absoluta en ambas
cámaras del Parlamento, en un país de sistema
semiparlamentario y no presidencial. Después de un
corto receso, mientras por un lado se arma el
gobierno, por otro se tejen acuerdos y desacuerdos
para las elecciones de gobiernos departamentales del
segundo domingo de mayo.
El nuevo sistema ha privilegiado
la competencia electoral personalizada sobre otras
formas de funcionamiento partidario. Ha llevado al
absurdo que los partidos políticos vegeten largos
años y en medio de una campaña electoral comiencen a
elaborar su programa partidario y su plan de
gobierno. Y los resultados electorales,
especialmente para los perdedores, significan
verdaderos cimbronazos. Este sistema en síntesis
provoca el hastío de la gente, erosiona a los
partidos políticos, expulsa activistas políticas, no
convoca nueva gente para acercarse a la política y
provoca más pérdidas que beneficios. Sensatamente es
un sistema que ha llegado a su fin. Que sea su
verdadero fin o no es otro cantar, porque para ello
habría que confiar en que haya algún resquicio para
la sensatez en el campo de lo sistémico, lo cual no
es del todo factible.