El
gobierno electo debuta a ocho décadas de su asunción
con la primera crisis de gabinete. Temprana forma de
exhibir dificultades de gobernabilidad. El que los
cortocircuitos estallasen en el primero de todos los
movimientos, debe ser sin duda una señal de alarma
para todos los protagonistas, porque evidencia
fuertes carencias a la hora de decidir y de
negociar. Es más complejo aún cuando se suman a
carencias de comprensión de la institucionalidad[1]
(aunque quizás pudiese ser, lo que sería un cambio
significativo en Mujica y su gente, una acentuación
de la hiperpersonalización del poder).
Los resultados de este primer movimiento arrojan:
-
El Nuevo Espacio
excluido por tercera vez consecutiva[2]
de integrar en forma titular el Consejo de
Ministros, lo cual a esta altura ya no parece
una casualidad sino un propósito deliberado
-
Designar a una persona a
título de ser la de mayor confianza del
vicepresidente de la República y conductor de la
economía, y endilgarle de paso una
representación de la que carece (la del Nuevo
Espacio), con el resultado de excluir a ese
grupo político del gabinete.
-
Una persona de la mayor
confianza del presidente electo, como que fue su
viceministro y sucesor como ministro, que
desconoce que se le haya ofrecido la cartera de
Educación, cuyo anuncio fue hecho urbi et orbi,
y se declara no apto para ella.
-
Reglas matemáticas de
distribución de cargos (uno de los diferentes
procedimientos válidos) que al momento de
aplicarse se corrigen en perjuicio de la segunda
corriente política (es decir del Frente Liber
Seregni, conformado por Asamblea Uruguay, Nuevo
Espacio y Alianza Progresista). El presidente
incorpora una figura independiente al gabinete y
resta ese cargo no de su propia cuota sino de la
de su socio.
-
Un vicepresidente que
negocia con el presidente una integración del
gabinete en que su frente tríptico pierde un
cargo, propone nombres aparentemente sin
consulta a sus representados, y el cargo que
entrega lo hace perder no a su sector sino a un
aliado.
-
Varios sectores que
sintieron que el presidente de la República, en
el momento de escoger y descartar nombres, jugó
en su interna con mayor o menor intensidad. La
no aceptación del propuesto ministro de
Industria y la contrapropuesta socialista de
otro candidato, es el ejemplo más fuerte de
ello, pero no el único.
-
La primera senador del
partido de gobierno, la primera figura
parlamentaria de la corriente del propio
presidente de la República, sin duda llamada a
un papel de articulación política dentro y fuera
del oficialismo, que sale al ruedo en sentido
contrario a la búsqueda de entendimiento.
Estos hechos marcan fuertes errores de procedimiento
y serias dificultades para negociar y resolver con
aceptación. Se pueden trazar reglas matemáticas e
introducirle desviaciones, aplicar otras reglas o
dejar todo al arbitrio del número uno. Se pueden
excluir sectores e incidir en la interna de algún
sector, como lo hizo Tabaré Vázquez. Se puede tener
un cortocircuito con alguien. Pero si está bien o
está mal lo hecho lo marca el resultado. Nadie le
discutió a Tabaré en público lo que hizo, nadie lo
desafió, todo el mundo - aún con dientes apretados y
protesta en voz baja, a veces dura - aceptó o se
resignó a la decisión. Pero para ello hay que tener
poder real. La única excepción fue el tema del
aborto, y coincidió con un mento debilitamiento del
liderazgo presidencial. Cuando alguien decide y se
levanta una polvareda, cuando se es obligado a
explicar, aclarar y negociar a posteriori, se
evidencia que hay menos poder del que se creía
tener, y a veces menos poder del necesario. Nunca
hay que olvidar que la torpeza es una limitación de
la inteligencia y una limitación de la sagacidad. La
real inteligencia es cuando se aplica con sensatez,
la real sagacidad es cuando produce resultados.
Surge una vez más el problema no resuelto por el
Frente Amplio de dónde están los centros de decisión
y cuáles son los procedimientos. El Frente Amplio
partió del culto de la resolución colectiva y la
participación, y mantiene ese discurso. Con Tabaré
no hubo resolución colectiva ni participación, sino
decisión personal en todos los momentos y
oportunidades que el presidente consideró necesario
hacerlo. Y funcionó. Qué es lo que viene: va a ser
un gobierno de decisiones unipersonales, va a ser
una diarquía, va a ser el complejo juego de un
primero interactuando con un segundo, existirán o no
instancias de decisión colectiva, tendrá algún papel
la estructura del Frente Amplio (que nada tuvo que
ver en la designación del gabinete y se enteró por
la prensa como cualquier mortal), cuál será el papel
político de un Consejo de Ministros que no integra
ningún líder sectorial (salvo el presidente de la
República y la presencia, no muy ortodoxa
constitucionalmente, del vicepresidente). Este es un
conjunto de interrogantes básicas que emergen a poco
de rodar la transición, cuando faltan casi tres
meses para la instalación del nuevo gobierno.
Pero además el Frente Amplio se propuso impulsar
transformaciones al Estado en este segundo gobierno,
cambios en la administración, en la educación y en
empresas públicas. El presidente electo enfatizó
mucho esto. Es de recibo que cualquier proceso de
transformación afecta intereses individuales y
colectivos, y que como ley de la vida los
interesados van a resistir todo lo que los afecte.
Se requiere un gran poder personal y colectivo, un
gran respaldo político, para acometer estos caminos.
Mal se pueden emprender si las espaldas no están
bien cubiertas, pero además si no se tienen claros
los objetivos, las estrategias, las herramientas.
Porque algo que nunca debe olvidarse es que tener
ideas o ensoñaciones no quiere decir tener objetivos
o metas. Es decir, tener un fin concreto al que se
dirigen las acciones o deseos, un punto que se
pretende alcanzar como resultado de operaciones o
procedimientos. Los problemas iniciales hacen dudar
de cuál es la profundidad de los problemas que
aquejan al gobierno electo.
Lo positivo para el gobierno y para el país de que
todo esto haya aflorado tan tempranamente, es que
hay tiempo suficiente para diagnosticar los errores
y las falencias, y emprender las correcciones
necesarias para que el gobierno, en el momento de
asumir, lo haga con todos los mecanismos aceitados,
con los procedimientos definidos, con los objetivos
claros y con el total respaldo político que obtuvo
en las urnas. Sin duda, el oficialismo tiene mucho
para ajustar
[1]
Ver “La
Presidencia, lo mayestático y lo
republicano”, El Observador, domingo 6 de
diciembre de 2009.
www.factum.edu.uy
[2]
En el primer
gabinete de Tabaré Vázquez, en la profunda
renovación del verano de 2008 y ahora en la
conformación del primer gabinete de José
Mujica