
Las confesiones de Mr. Schmidt” (“About Schmidt” en
el original) es un filme de Alexander Payne actuado
en el papel protagónico por Jack Nicholson. Relata
el drama existencial del hombre enfrentado a la
jubilación, del vacío que invade su vida. Una escena
impactante es cuando vuelve a su antigua oficina y
se encuentra con su sucesor, sentado en su
escritorio, tomando sus decisiones, sin necesidad de
que él intervenga ni se le acepten consejos. Todo
cambio de gobierno plantea el síndrome de Mr.
Schmidt al presidente de la República, a los
ministros, a los senadores y diputados no reelectos,
a los presidentes y directores de entes autónomos y
servicios descentralizados, a un conjunto de algún
que otro millar de personas.
En el mismo momento en que se proclama el resultado
de la elección presidencial, emerge sin pronunciarse
la frase ritual “¡El Rey ha muerto! ¡Viva el Rey!”.
Esta frase, relacionada con el ciclo biológico,
perfectamente trasladable a los ciclos electorales,
marca el traspaso real del poder. Transcurren más de
90 días de lento deslizamiento del mando, que cinco
años atrás, definida la primera magistratura sin
balotaje, se extendió a más de 120. En la noche de
la elección comienzan a atenuarse los focos que
encandilan al presidente de la República, que en ese
momento adquiere la denominación usual de
“presidente saliente”, y comienzan a enfocarse en el
“presidente electo”, que poco a poco empieza a ser
llamado “el presidente entrante”, y luego el “nuevo
presidente”. Estos pasos marcan el desempoderamiento
del primer mandatario, la pérdida de poder, y su
deslizamiento hacia su sucesor.
Lo mismo pasa en los Ministerios, en los entes. Los
gobiernos entrantes anteriores (incluido el de
Vázquez) tuvieron la sabiduría de hacer la
transición en edificios diferentes a los oficiales.
El ministro saliente continúa en su despacho,
mientras el ministro entrante trabaja y atiende en
otra oficina, que fueron sucesivamente el Hotel
Columbia (1984-85), el viejo Parque Hotel (hoy,
Edificio Mercosur, 1989-90), por dos veces el
Victoria Plaza o Radisson Montevideo (1994-95 y
1999-2000) y el Hotel Presidente (2004-05). Ahora,
en cambio, los ministros entrantes se encuentran en
los mismos edificios de los ministros salientes, lo
cual refuerza el doble poder, que en realidad es la
exposición del poder en desaparición del titular y
el poder en aparición del nuevo, a quien todos
dirigen su mirada y su palabra.
No hay duda alguna que las viejas cámaras
legislativas conservan todo su poder hasta el mismo
5 de febrero, en que se instalan las nuevas. Tampoco
caben dudas de que el presidente de la República
cuenta con todas y cada una de las atribuciones que
le otorga la Constitución hasta el mismísimo 1° de
marzo, sin una sola salvedad a las potestades que
tuvo a lo largo del lustro. Sin embargo, la
legitimidad jurídica no va acompañada de la
legitimidad social. Las facultades que podía ejercer
sin discusión hasta la misma apertura de las urnas,
parecen recortadas; su ejercicio suena a exceso de
autoridad, o a sobrevivencia de autoridad. Por eso
hasta ahora todos los presidentes salientes –Vázquez
incluido– han consultado a su sucesor la formulación
de los ascensos militares y, cuando cae el caso, la
designación del o de los comandantes en jefe de
fuerza.
No es nada fácil manejar la relación personal entre
el presidente saliente y el presidente entrante (ni
entre un ministro saliente y su sustituto
designado). Esto va más allá de continuidades o
rupturas partidarias o sectoriales, es un tema que
hace a lo más profundo de los deseos, frustraciones
y nostalgias del ser humano. La pérdida del poder
supone a la vez un alivio y un vacío. Pero más
golpeante que la pérdida del poder es el periodo en
que ese poder se va deslizando desde las propias
manos, que se resbala hacia su sucesor.
También ocurre que a veces conscientemente y otras
de manera inconsciente, en forma clara y otras veces
sutil, los sucesores electos o designados actúan
prematuramente, como si ya hubiesen recibido la
totalidad o la mayor parte del poder.
Al fenómeno del desempoderamiento hay que sumar el
fenómeno de que todo gobernante, todo administrador,
realiza mucho menos de lo que fueron sus deseos, así
como todo hombre culmina su vida con muchas menos
realizaciones de sus ensoñaciones juveniles. Sucede
a muchos en la vida, a casi todos en el poder, que
los últimos minutos desatan la ansiedad de realizar
lo que no se pudo realizar antes, de culminar lo que
está a medio camino, de apresurar las cosas aunque
resulten con la prolijidad y el ajuste propios de
las cosas apuradas.
En este contexto es que hay que interpretar los
últimos sucesos de un Tabaré Vázquez imponiendo su
autoridad, desplazando del poder actual a su
sucesor, de un sucesor que emite señales que hacen
atisbar una asunción sietemesina del poder, a un
Parlamento aprobando leyes a ritmo vertiginoso, tan
vertiginoso como desprolijo en la forma y en la
sustancia, verdaderos quebraderos de cabeza para los
intérpretes y ejecutores. El no dejar las cosas para
el gobierno siguiente o para el Parlamento siguiente
constituye el reclamo existencial de demostrar la
propia vigencia, de estirar todo lo posible esa
cuota de poder que se desvanece, el buscar sostener
la propia autoridad mientras se cae de las propias
manos jabonosas.
Lo más relevante de todo esto es que se trata de un
fenómeno aideológico, y en ese sentido apolítico.
Nada tiene que ver con ideologías o partidos, sino
que tiene que ver con el ser humano enfrentado al
fin de una etapa de su vida. Ocurre que esa lucha
del ser humano por su propia existencia, cuando se
trata del poder público adquiere más nitidez y más
publicidad que la lucha en solitario del hombre
anónimo al final de su camino, o al final de una
etapa en su camino. Por ello, y más allá de la
política, nadie en la vida está libre de esta
angustia, este drama y este destino