La
caracterización de los partidos políticos uruguayos,
desde el punto de vista de su arquitectura, es un
tema harto difícil. La complejidad radica en la
existencia de partidos conformados por fracciones
estructuradas, con alto nivel de autonomía,
expresión electoral propia y financiamiento
independiente. Como contrapartida, partidos
relativamente débiles en cuanto a su rol en la
decisión de sus propuestas electorales, en la
potestad de resolución real de sus autoridades
centrales y en el manejo financiero. Durante buena
parte del siglo XX se discutió si los partidos
tradicionales eran partidos o federaciones de
partidos, tesis esta última sostenida tanto por los
partidos pequeños vernáculos, los llamados “partidos
de ideas” (Socialista, Comunista, Unión Cívica),
como por los estudiosos extranjeros; el sueco Göran
Lindhal, gran analista en particular de Batlle y del
batllismo, consideraba que en el país no había un
Partido Colorado sino varios partidos colorados.
Luego, más adelante, llegó la negación de la calidad
de partido - por propios y extraños - del Frente
Amplio, en parte por su origen de alianza y su
estructura explícitamente federativa.
Quien analiza desde el ángulo
sociológico, no desde el de la arquitectura,
encuentra con mucha facilidad la calidad de partido,
la existencia de una clara pertenencia, de
identidad, en relación a lo blanco, lo colorado y lo
frenteamplista. El punto es si esa calidad de
partido que se da a nivel de la gente, del
electorado y la ciudadanía, se corresponde con la
naturaleza de partido en cuanto al funcionamiento de
estas instituciones. En el último medio siglo los
partidos tradicionales recorrieron el camino que va
desde operar como un conjunto de agentes políticos
autónomos, casi si relación de partido (lo que vio
Lindhal), hasta funcionar como partidos de
estructura compleja, pero cuyas corrientes con
amplia autonomía actúan como y se sienten como parte
de un todo. El Frente Amplio recorrió el camino
inverso. Pese a surgir como alianza de partidos y
movimientos independientes, estructuralmente operó
como un partido de alta centralización y disciplina,
casi sin espacio para la marcación de perfil de sus
componentes (situación que hace un poco más de dos
decenios fue vivida como asfixia tanto por la 99
como por el Partido Demócrata Cristiano, lo que
contribuyó a su secesión). Desde allí caminó hacia
una mayor soltura de las fracciones y un menor
disciplinamiento partidario.
Una cosa que distinguió al
Frente Amplio fue la existencia de un amplio espacio
para operar en el partido como tal, en el FA como
tal, sin necesidad de adherir, pertenecer o militar
en sector alguno. Desde candidaturas centrales con
personas ajenas a los sectores (Seregni, Crottogini,
Villar, Arana en sus orígenes, D’Elía) hasta
múltiples funciones cumplidas por estos
frenteamplistas independientes o no sectorizados.
Ese espacio para gente sin sector no existía (y no
existe), o era y es extremadamente estrecho en los
partidos tradicionales. Poca gente y por poco tiempo
puede darse el lujo de actuar solo como blanca -sin
adherir al lacallismo o el larrañaguismo- o actuar
como colorada -sin adherir a unos o a otros
sectores- al menos gente con vocación de
protagonismo, de dirigencia y de representación.
La forma de designación del
gabinete y altos cargos en los ministerios, mucho de
lo que se conversa y negocia en relación a la gran
cantidad de cargos a proveerse en las
administraciones autónoma, descentralizada y
periférica, revelan la importancia singular que
revisten los sectores y que implica la pertenencia a
los sectores. O a la inversa, la orfandad de los
frenteamplistas que no adhieren a grupo alguno. En
el análisis de méritos y capacidades para ocupar
cargos públicos, esos no sectorizados sienten que
esa calidad implica un demérito; por tanto, que sus
capacidades técnicas, intelectuales o de gestión
deben ser varias veces superiores a las de sus
compañeros sectorizados, pues tienen que superar el
demérito de no adherir a algún grupo en particular.
En realidad esto no debe
sorprender, pues es la culminación de un largo
proceso que a la par de consolidar la calidad de
partido del Frente Amplio desde el punto de vista
sociológico, a su vez consolidó su calidad de
federación desde el punto de vista de su estructura
y su funcionamiento. Un elemento clave de esa
concepción arquitectónica centrípeta lo constituían
dos extremos: uno, las figuras dirigentes y
liderales al margen de los sectores, y en algunos
casos por encima; y dos, los comités de base como
punto de debate, reunión y participación de los
frenteamplistas en tanto tales, con independencia de
la pertenencia o no a algún sector. Ambas cosas se
han debilitado. En la cúpula, Seregni fue un
sectorizado puro, Tabaré Vázquez surgió desde una
fracción para devenir en alguien por encima de las
partes y como síntesis y reflejo del conjunto, tanto
Danilo Astori (cuyo origen fue el de no sectorizado)
como José Mujica, los dos que pretendieron la
representación y conducción política al menos en el
plano gubernativo, son a su vez líderes y referentes
sectoriales. En el otro extremo, los comités de base
se han vaciado y han perdido su importancia, entre
otras cosas porque su existencia y su funcionamiento
está ligado a formas de concebir la política propia
de los años setenta y ochenta, que ya comenzaron a
descaecer fuertemente al despuntar los noventa.
También sufrió un progresivo deterioro el poder de
decisión de las autoridades centrales, reducidas a
organismos burocráticos convocados para apoyar a un
gobierno de cuyas decisiones se entera por los
medios de comunicación. Finalmente, a esto se suma
este cuarto elemento: el no sectorizado es un
huérfano de todo padre a la hora de definir los
titulares de las funciones.
Debe quedar claro que todo
esto no es ni positivo ni negativo (estará bien para
unos y mal para otros), sino que es la mera
descripción de un fenómeno que significa la
culminación de un fuerte cambio estructural. El
Frente Amplio cuya matriz son partidos y movimientos
independientes que convergen, nace como un partido
con estructura central, mandato imperativo y alta
disciplina, y luego deviene paulatinamente -mediante
un largo proceso de cuatro lustros- en esta
estructura plenamente federativa, tal cual lo son
ambos partidos tradicionales.