
A
esta altura parece notorio, es decir, un aserto que
no requiere demostración, que la reforma política de
1996 colapsó: está corroyendo al sistema político y
ha generado un gran hastío en la gente. Llegó pues
la hora de enmendar el entuerto. Muchos dirigentes
políticos, además, han adquirido conciencia del
grave daño que el nuevo sistema electoral provoca a
los partidos y a los actores políticos, y que lejos
de operar como instrumento de acercamiento con la
gente, provoca un creciente alejamiento de la gente
respecto al elenco político.
Antes de entrar a analizar cuáles son las causas de
esta debacle y por dónde debe ir la reforma
electoral, sus posibilidades y efectos, conviene
trazar algunas precisiones previas[1]:
“Para cualquier proceso reformista en cualquier
parte del mundo (al menos de la parte del mundo en
que las elecciones competitivas son por largo tiempo
el único medio socialmente legitimado para
determinar la titularidad del poder):
Una. Todo sistema electoral, todo sistema de
gobierno, genera efectos; no hay sistemas
estrictamente neutros. Lo importante siempre es
detectar la orientación y la magnitud de los
efectos. Tampoco, como afirma Dieter Nohlen[2],
" cabe suponer una alta previsibilidad en los
sistemas electorales y sus cambios (, ya que) los
efectos de éstos dependen en mucho de factores
contextuales (...). Los sistemas electorales
influyen en la votación misma, en tanto colocan a
los electores ante una situación decisoria
específica, marcada principalmente por las
diferentes posibilidades de éxito de los candidatos
y de los partidos políticos, según cada sistema. Por
otra parte, los sistemas electorales generan, sobre
la base de la votación misma, diferentes resultados
electorales".
Dos. Los sistemas políticos en general, así como sus
componentes (sistemas de partidos, electoral, de
gobierno) no son productos de laboratorio, sino que
por un lado recogen la cultura política de una
sociedad dada en un momento determinado, y por otro
articulan los acuerdos al que el sistema político
pudiere arribar en la fijación de las reglas de
juego. Toda reforma opera en un contexto
determinado, y puede moldear esa cultura, a partir
de asumir sus parámetros fundamentales.
Tres. El sistema electoral resultante de una reforma
no es una obra técnica, realizada por especialistas
atendiendo a su excelencia académica, sino el
producto final de una amplia negociación, con
concesiones recíprocas de los actores políticos.
Como afirma Nohlen (obra citada): "Debe tomarse en
cuenta que los políticos tienen un acercamiento muy
pragmático al tema, el cual para ellos tiene
relación directa con el poder. Estudian la materia
en términos de análisis de ganancias y pérdidas", y
en definitiva "Los sistemas electorales son producto
de compromisos y consensos de las fuerzas políticas
vivas de un determinado país".
Cuatro. Los sistemas de larga duración son aquéllos
que resultan de acuerdos amplios, de grandes
consensos. Por el contrario, las reformas realizadas
por unos contra otros , como imposición de una
mayoría dominante con la finalidad de asegurar
mejores condiciones para retener el poder, tienen un
tiempo de vida previsible: durarán tanto como dure
el predominio de las fuerzas políticas que lo
diseñaron”.
A
ello cabe agregar tres cosas. Una, como lo dice la
palabra, el sistema electoral uruguayo es un
sistema, vale decir, un conjunto de reglas o
principios sobre una misma materia racionalmente
enlazados entre sí o, dicho de otra manera, un
conjunto de cosas que relacionadas entre sí
ordenadamente contribuyen a un objeto preciso. Por
tanto, las partes de un sistema deben examinarse
primero en forma aislada, pero luego deben
estudiarse interrelacionadas, porque cada una es
parte del conjunto, y su función deviene de ese
conjunto. Entonces, como un mecanismo de relojería,
una pieza aisladamente puede verse o definirse de
determinada manera, pero como parte del conjunto lo
sustancial es la función que cumple hacia la
persecución de ese objetivo. Los efectos que puede
provocar el funcionamiento de una pieza aislada no
se sostiene cuando esta pieza opera dentro de una
maquinaria más compleja, interrelacionada con otras
piezas; entonces, los efectos deben ser estudiados y
medidos detenidamente, porque pueden ser diferentes
y hasta opuestos a los que provoca en forma aislada.
Cuidado con pensar que los instrumentos, se los
combine como se los combine, producen los mismos
efectos; no es así.
Lo segundo es que debe primero discutirse objetivos,
el qué se quiere. No hay objetivos buenos ni malos,
porque ellos dependen de la cosmovisión de cada
quien y de cómo quiere que sea la sociedad, el
sistema político y la relación entre lo uno y lo
otro. Una vez definidos los objetivos, recién en ese
momento debe comenzar la discusión sobre la
arquitectura y la ingeniería. En el proceso de la
reforma de 1996 no se siguió ese camino, los
primeros escarceos para una nueva reforma demuestran
que se sigue por el camino equivocado; quizás el
consuelo está que este error es universal: en ese
mismo momento Italia discute con la misma falla
lógica. Son muchas las preguntas que hay que
contestar antes de hablar de suprimir o no las mal
llamadas elecciones internas, de unificar o no las
elecciones en un solo día, de mantener, disminuir o
eliminar el voto conjunto[3],
de mantener, modificar o ampliar el balotaje. Es
fundamental definir si se quiere mantener o acentuar
esta hiperpresidencialización (terminar el proceso
de deriva hacia un presidencialismo cuasi puro) o
invertir el vector y caminar hacia el retorno a
énfasis más parlamentarista; si se quiere que los
partidos políticos sean maquinarias electorales
conformadas por corrientes nucleados detrás de
líderes más o menos carismáticos, con mayor o menor
duración o fugacidad, o se quiere que los partidos
sean estructuras permanentes y participativas. Y hay
muchos temas más para definir antes de comenzar a
discutir elementos de ingeniería, qué piezas quedan
y cuáles se recambian.
Lo tercero, si como se afirmó más arriba “los
sistemas de larga duración son aquéllos que resultan
de acuerdos amplios, de grandes consensos”, debe
procesarse la discusión y la elaboración por caminos
que busquen arribar a esos grandes consensos. No hay
reforma perdurable si es producto de un acuerdo de
una gran mayoría (los dos tercios del país) contra
el otro tercio, como ocurrió en 1996, ni tampoco
cuando es el producto de impulsos plebiscitarios
unilaterales (que, además, rara vez triunfan).
Tampoco parece que una Convención Nacional
Constituyente sea el lugar que ofrezca la serenidad
para el logro de consensos. La historia moderna
enseña que las convenciones o asambleas
constituyentes son para que una mayoría (o gran
mayoría) imponga a los demás un modelo de país,
mucha veces refundacional, lo cual es correcto
hacerlo si lo que se busca es un modelo apoyado por
unos y combatidos por otros; la historia enseña que
estos sistemas duran tanto como el poder de los
refundadores, y desaparece con ellos. Además, una
convención constituyente requiere elecciones para su
constitución: al que no quiere sopa, dos platos.
Ahora parece el mejor escenario posible, dado el
clima existente en el conjunto del sistema político
y en la sociedad. Parece que el tiempo es
Inmediatamente después de las elecciones de mayo y
no más allá de fin de año (Primero de una serie de
análisis sobre la reforma política)
[1]
Presentadas por el autor cuando comenzó la
discusión de la reforma de 1996 en el
artículo “La
reforma electoral y sus efectos”, publicado
por el Instituto de Ciencia Política en el
libro “La Reforma Política”, Fundación de
Cultura Universitaria, 1995
[2]
Catedrático de
Ciencia Política de la Universidad de
Heidelberg, Alemania
[3]
Se denomina “Voto Conjunto”[3]
al procedimiento por el cual el elector vota
en una única hoja de votación para más de un
cuerpo electivo. Nohlen lo llama “voto
simultáneo” y Gary Cox lo denomina “voto
fusionado”.