Hace
más de medio siglo se viajaba a Europa una sola vez
en la vida, toda la familia, por seis meses, a la
edad de retiro; y solo lo hacían las clases muy
pudientes. Se iba en barco, en una travesía de un
par de semanas, con bailes, cenas, piscina, juegos,
reuniones sociales. Los seis meses anteriores se
dedicaban a las múltiples despedidas de vecinos,
familiares, colegas y amigos. Los seis meses de
viaje a conocer museos, iglesias, plazas, montañas,
playas. Y los seis meses posteriores se consumían en
largas jornadas de contar interminables cuentos,
describir las maravillas del continente de los
antepasados y mostrar las deslucidas fotos en blanco
y negro. Esta es la imagen que ha quedado en la
retina de muchos uruguayos: el viaje como ocio,
lujo, placer y mucho dinero.
La población de la República
Oriental es la mitad del uno por mil de la
humanidad, es decir, el 0,05%, cifra que en
cualquier estadística se descarta por
insignificante. Visto de otra manera, si la
población uruguaya fuese el total del mundo, los
uruguayos cabrían todos en el estadio cerrado del
Platense, lugar no elegido para grandes
concentraciones sino para convenciones partidarias o
plenarios de militantes. Todo este país es al mundo,
lo que al Uruguay es un pueblo descartado por la Ley
de Descentralización para que contase con un
Municipio aún en la fase final del proceso (en
2015), por su escaso tamaño poblacional. Uruguay es
al mundo lo que Pintadito (Artigas), Lagunón
(Rivera) o Cardal (Florida) son a este país. Pero
no solo es pequeño, sino lejano. Como dijo hace
mucho tiempo el popular cantautor Jaime Roos:
Uruguay está en un suburbio del mundo, lejos de
cualquier avenida.
Uruguay se ha enorgullecido de
contar con cargos importantes en las organizaciones
internacionales: secretaría general adjunta de
Naciones Unidas, presidencia de la Asamblea General
de ese organismo, secretaría general de la OEA,
presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo,
secretaría general de ALADI y anteriormente de
ALALC, Secretaría General Iberoamericana, dos veces
un sillón en la Corte Internacional de Justicia de
La Haya, presidencia del comité mundial de mujeres
parlamentarias, la presidencia del Parlamento
Latinoamericano y del Parlamento del Mercosur, y
unos cuantos cargos más de nivel global, hemisférico
o regional. Los distintos países, más aún los países
poderosos, pelean a dentelladas por la obtención de
estos cargos y ponen en carrera a sus mejores
candidatos para obtenerlos. No se logran como regalo
de nadie. Son siempre el fruto de largas acciones
sostenidas por el país durante mucho tiempo y en
múltiples terrenos.
La diplomacia en el mundo moderno
es por múltiples vías. Se reúnen los jefes de Estado
y los cancilleres, pero también los ministros de
Economía y los presidentes de los bancos centrales.
Hay varias redes de organismos intergubernamentales
sobre las telecomunicaciones, los transportes, los
puertos, la defensa, la policía, el cambio
climático, el medio ambiente, el trabajo, el
comercio, la seguridad social, la energía, la salud,
el correo, la educación, la ciencia, la cultura, la
alimentación, la agricultura, los derechos humanos,
los océanos, las migraciones, la infancia, los
refugiados y muchas áreas más. Hay diplomacia de los
parlamentos, de las judicaturas, de los organismos
electorales. Hay diplomacia de las empresas, los
partidos políticos, los sindicatos, las
organizaciones no gubernamentales. Todos los que
practican esas diplomacias saben que sólo se hace
viajando, en viajes duros, de muchas horas en
incómodos aviones, interminables horas de espera en
incómodos aeropuertos, desacomodos fisiológicos por
los cambios horarios, reuniones y entrevistas
extenuantes, y a veces, no muchas, algún breve paseo
turístico.
La diplomacia parlamentaria -que
es coadyuvante a la diplomacia de los gobiernos- se
desenvuelve a través de los contactos de los
presidentes del Senado y de Diputados, de los
contactos bilaterales de grupos parlamentarios de
cada país y de la actuación en la Unión
Interparlamentaria (UIP), que es la organización
mundial de los parlamentos de los estados soberanos.
Hasta hace un par de años Uruguay contó en nada
menos que con la presidencia de las mujeres
parlamentarias del mundo[1],
con un cargo en el Comité Ejecutivo de la Unión y
con la vicepresidencia de la segunda de las tres
comisiones permanentes (sobre Desarrollo
Sostenible, Financiamiento, y Comercio).
Cuenta hoy con la presidencia de la la Tercera
Comisión Permanente sobre Democracia y Derechos
Humanos, un miembro en el Comité de Conducción de la
Conferencia Parlamentaria sobre la Organización
Mundial de Comercio y uno en el Grupo Consultivo
sobre VIH/SIDA. Además, el primer secretario de la
Cámara de Representantes es vicepresidente de la
Asociación de los Secretarios Generales de los
Parlamentos. Dos funcionarios parlamentarios
uruguayos se destacan en la conducción
administrativa de la UIP: uno es el secretario del
GRULAC (grupo que integran los 19 parlamentos de
América Latina y el Caribe miembros de la UIP) y
como tal partícipe de la conducción de la secretaría
de la Unión; otra funcionaria es la secretaria
asistente del GRULAC y fue una de las tres
secretarias de la Presidencia de la UIP. Los cargos
políticos han sido ocupados por frenteamplistas,
blancos y colorados. La diplomacia parlamentaria ha
sido ejercida por todos y cada uno de los partidos.
La diplomacia por otras vías ha sido ejercida por
empresarios, sindicalistas y miembros de ONGs.
En total, Uruguay cuenta con tres
parlamentarios y tres funcionarios en cargos de
significación ¿Con cuántos cuenta Brasil? Uno solo
¿Cuántos Argentina? Cero. Este desproporcionado
sobrepeso que normalmente tiene Uruguay en la
diplomacia internacional es objeto frecuente de
cuestionamientos. Imagine alguien un un hipotético
organismo que agrupase a todas las localidades del
país, y que Pintadito (Artigas) contase con tres
cargos políticos y tres funcionarios importantes,
Montevideo con uno solo, y Las Piedras, Salto,
Paysandú, Colonia o Maldonado con ninguno. El
alarido de todos los departamentos de mayor peso, y
hasta el grito de las demás ciudades y localidades
de Artigas, aturdiría a las focas en el Polo Norte y
los pingüinos en el Polo Sur. También se sentirían
los bombos y platillos de los habitantes de
Pintadito, hinchados de orgullo por los logros de su
querido pueblito (y no se oirían las quejas por el
costo de los pasajes de sus homenajeados
representantes)
Exige mucho esfuerzo e
inteligencia mantener este formidable peso de un
país pequeño y lejano. Exige además tener gente con
alta capacidad para que resulte elegida. Y exige
muchos viajes, de los duros y fatigosos, no de los
que quedaron en la retina. Estos cargos no se
consiguen por teléfono, mail o chateo. Por eso
resulta sorprendente la campaña desatada por algunos
periodistas, alguna ONG y algunos parlamentarios,
que en definitiva alimentan que se borre a Uruguay
de esa sobre representación. Se sea consciente de
ello o no, lo que se busca es quedar arrinconado
dentro de la pequeña y lejana comarca. Porque para
qué se le van a dar tantos cargos a un país pequeño,
lejano, que además con mentalidad aldeana protesta
por tenerlos. Es bueno que muchos sepan que el mundo
también existe y en el mundo no muchos saben que
Uruguay existe, y que es un gran esfuerzo hacer
saber de la existencia de este país pequeño, lejano,
donde afloran mentalidades aldeanas.
[1]
Estrictamente,
presidencia del Comité de la Unión
Interparlamentaria de Coordinación de las
Mujeres Parlamentarias.