Por
primera vez luego de dos décadas[i]
la oposición participará de la dirección de los
entes autónomos, servicios descentralizados y otros
tipos de organismos peculiares como la comisiones
binacionales, las unidades reguladoras y personas
públicas no estatales. Lo primero a resaltar es la
existencia de un acuerdo multipartidario, de la
totalidad del sistema político, algo impensable en
los últimos cuatro lustros. Porque en el periodo
anterior Tabaré Vázquez y el Frente Amplio llegaron
al poder con una concepción exclusivista y
excluyente. Como exclusivista y excluyente fue la
posturas de los partidos tradicionales y de los
presidentes Lacalle, Sanguinetti (en su segundo
periodo, no así en el primero) y Batlle Ibáñez. Del
otro lado, mientras el Frente Amplio con Seregni
mostró un talante concertador, con Tabaré Vázquez
camino tanto en oposición como en gobierno en una
línea de confrontación, y la mar de las veces de
fuerte confrontación.
Para llegarse a este
entendimiento fue necesario de un lado un primer
mandatario, como Mujica en esta etapa, de talante
componedor; del otro lado, una oposición proclive al
entendimiento, a la búsqueda de entendimientos
nacionales. También ayudó el que fue muy duro para
ambos partidos tradicionales el ayuno de funciones
públicas nacionales que padecieron entre 2005 y
2010.
Otro tema tiene que ver con cómo
se maneja el Frente Amplio en la estructura oficial.
En el periodo anterior demostró bajo conocimiento de
la arquitectura del Poder Ejecutivo y serias
confusiones jurídicas y de funcionamiento político
sobre la organización autónoma, descentralizada y
paraestatal. Lo más nítido fue la forma de actuar en
la creencia de que los entes son subordinados de los
Ministerios, dependientes de los mismos. La
distinción constitucional entre que un ente se
comunique con el Poder Ejecutivo a través de un
Ministerio y que dependa del Ministerio, esa
distinción no existió. Decisiones de exclusiva
competencia o competencia primordial de los entes,
fue muchas veces absorbidas por los ministros.
La presencia de la oposición va a
obligar a que los entes autónomos funcionen como
tales, como órganos separados y no dependientes del
Poder Ejecutivo. Ya no va a bastar como argumento
para adoptar una decisión en un Directorio, la
voluntad del presidente de la República o la orden
de un ministro, porque a la oposición va ser
necesario que el oficialismo presente argumentos,
discuta y fundamente. Los frenteamplistas van a
encontrar, contra lo que es su creencia primaria,
que las decisiones se toman en Ancap, en Ute, en
Antel y no en el Ministerio de Industria, por
ejemplo.
Pero es muy importante con qué
actitud se van a sentar oficialismo y oposición en
los directorios. ¿Cuál es el riesgo para el
oficialismo? Que actúe en los directorios como lo
hizo en el Parlamento en el periodo pasado, es
decir, imponer por sí la decisión, casi sin
discutir, sin duda sin intercambiar ideas ni aceptar
mucho ideas diferentes, y hacer pesar en todo
momento la fuerza de los votos. ¿Cuál es el riesgo
de la oposición? Que vea su presencia en los entes
autónomos como un lugar solo para hurgar en cuanto
papel encuentre en pos de la denuncia, el escándalo
y el poner el palo en la rueda. Lo grave es que una
conducta en este sentido, por cualquiera de las
partes, tiene grandes posibilidades de empujar al
otro a una política paralela. El entendimiento
requiere de la voluntad de dos, la intolerancia la
provoca uno solo y la mar de las veces lleva al otro
a lo mismo.
¿Cuáles son las potencialidades?
Que el oficialismo camine por el difícil juego de
impulsar por un lado sus propios proyectos y
objetivos, pero a la vez que dialogue con la
oposición en busca de entendimientos; sea receptivo
a las ideas, planteos y objetivos de la oposición, y
entre todos exploren los puntos en común y tracen
los caminos intermedios posibles. Que la oposición
camine por el difícil camino de cierto cogobierno y
no se limite meramente al contralor, que aporte
ideas, planes, soluciones e intente de buena fe que
resulten aceptados por la mayoría.
En definitiva, lo que se abre es
un camino nada fácil de aprendizaje. Porque nunca el
Frente Amplio como fuerza gobernante contó con la
presencia de la oposición dentro mismo de la
administración. Y blancos y colorados nunca hicieron
oposición dentro de la administración a una mayoría
frenteamplista. Pero a la vez están entumecidos,
porque hace más de cuatro décadas que blancos y
colorados no hacen oposición – salvo la oposición
parlamentaria – y son muy pocos los actores en
actividad que recuerdan como era el mundo cuando los
colorados eran gobierno y los colorados eran la
oposición; por supuesto que son muchos menos lo que
recuerdan cuando los blancos eran gobierno y los
colorados eran la oposición. Porque lo primero
ocurrió por última vez en los periodos
constitucional 1967-72 y 1972-73, y lo segundo fue
más atrás, allá entre 1959 y 1967. Sin duda el ex
presidente Julio Ma. Sanguinetti recordará cuando
debutó como diputado opositor a los blancos (al
segundo colegiado blanco), y Jorge Batlle Ibáñez
recordará cuando era diputado opositor al primer y
al segundo colegiado blanco. Y Carlos Julio Pereyra
recordará cuando fue primero diputado oficialista en
el segundo colegiado blanco y luego senador opositor
a los dos sucesivos gobiernos colorados. Estas
menciones tienen por finalidad demostrar cuán lejos
está en la memoria esas prácticas.
Se abre una etapa nueva, con
algún paralelo con la etapa de concertación abierta
en la primera administración Sanguinetti, pero con
un contexto diferente. Es una oportunidad única de
entendimientos nacionales y un desafío para el
aprendizaje mutuo de los unos y los otros.
[i] Si
no se cuenta el periodo inaugural de la
democracia restaurada, es decir, la primera
presidencia de Sanguinetti, dada la
excepcionalidad de la forma de
funcionamiento del sistema político, ahora
sería la primera vez en 43 años de
convivencia gobierno-oposición en la
administración autónoma, descentralizada y
paraestatal.