En
la intermitente discusión que se viene dando sobre
reforma electoral han surgido diversos planteos de
revisión del sistema de elección presidencial o, más
exactamente, de reformulación de las condiciones
para la elección del presidente en un único turno o
en su defecto la realización de un balotaje. El
sistema actual supone que la fórmula binominal para
presidente y vicepresidente de la República requiere
la obtención de la mayoría absoluta del votantes
o en su defecto, la realización de una nueva
instancia entre los dos lemas y las dos fórmulas a
mayoría relativa de votos, que por imperio
matemático implica necesariamente el logro de la
mayoría absoluta de los votos válidos (cabe
recordar que en sistemática electoral voto válido
quiere decir voto emitido por alguna opción en
condiciones de ser elegida, vale decir, voto por un
partido político o por un candidato). Lo normal en
el mundo, en el sistema clásico de balotaje, el
presidencial francés, es que se exija para la
elección en primera vuelta la obtención de la
mayoría absoluta de los votos válidos, lo que en
buen romance quiere decir que el ganador (lema,
partido, candidato) concita más votos que todos los
demás contendientes sumados.
El riesgo de realizar
balotajes innecesarios, de ir a una segunda vuelta
por excesivos preciosismos, ha llevado a dos tipos
de iniciativa: las que ajustan el sistema actual y
las que provocan un cambio sustantivo de las bases
del sistema.
El ajuste del sistema se
fundamenta en dos fenómenos que pueden considerarse
excesivos. El primer caso, que casi ocurre en 2004,
es que un partido/candidatura que obtenga más votos
que todos los demás partidos/candidaturas sumados
puede no resultar elegido, si en función de la
magnitud de los votos refractarios (en blanco,
nulos, anulados) no supera la barrera del 50% del
total de votantes. En 2004 el Frente Amplio/fórmula
Vázquez-Nin Novoa superó esta barrera por poco menos
de 10.000 sufragios, aunque venció a todos los demás
partidos políticos sumados por una diferencia de
72.484 votos. Si el FA hubiese recogido 10 millares
de sufragios en menos, habría habido una segunda
vuelta pese que entonces superaría a todos los demás
sumados en la friolera de más de 62 mil votos.
El segundo posible exceso
ocurrió en 2009. El Frente Amplio obtuvo mayoría
parlamentaria (50 diputados, 16 senadores) y se fue
a una segunda vuelta. La diferencia con la hipótesis
anterior es que no obtuvo más votos que todos los
demás partidos sumados, pero sí obtuvo mayoría
parlamentaria. La segunda vuelta como ocurrió fue
nominal, pues la oposición carecía de probabilidades
de sumar toda contra el Frente Amplio y además el
electorado moderado se encontraba que todo voto
contra la fórmula Mujica-Astori suponía un gran
riesgo, un posible salto al vacío, al crear un
gobierno dividido con un presidente de un ala y una
mayoría parlamentaria del otro. Esto, que en un
régimen semiparlamentario como el uruguayo es una
anomalía, ocurrió dos veces en Francia, se sorteó
por la habilidad de los respectivos presidentes y
primeros ministros, y recibió el nombre de
“cohabitación”.
Las propuestas que surgen es
bajar la barrera a la mayoría de los votos válidos
(como en el resto del mundo) o incluso dar por
cumplida la condición si como ocurrió en 2009, sin
alcanzar esa mayoría absoluta de votos válidos se
obtiene la mayoría absoluta en la Cámara de
Representantes.
Por aquí todo claro. Pero en
tren de evitar balotajes forzados u excesivos, se ha
deslizado el por qué no bajar la exigencia al 45% de
los votos válidos, o a una diferencia entre el
primero y el segundo. La propuesta es correcta
siempre y cuando se advierta que lo que se pretende
es efectuar un cambio radical en el sistema de
elección presidencial y no un mero ajuste. Porque un
presidente elegido con el 45% puede concitar en su
contra a todo el restante 55% y, por ende, ser un
seguro perdedor en segunda vuelta. Más o menos esto
le ocurrió a Cristina Fernández de Kirchner, que con
las reglas uruguayas difícilmente sería presidente
de la República Argentina.
Al bajarse la exigencia se va
a un régimen de mayoría relativa en que para evitar
que el partido individualmente más votado obtenga el
poder, se hace imperativa la unificación de la
propuesta electoral de sus contendientes. Ello es
precisamente lo opuesto de la lógica del balotaje.
Es un retorno al régimen anterior en cuanto a
mayoría relativa, con una mayor exigencia de
concentración partidaria y sin la contrapartida del
doble voto simultáneo. La otra diferencia con el
régimen anterior es que no basta la mayoría
relativa, sino que la misma debe además superar una
barrera. Este es un cambio en la lógica de la
mayoría relativa, pero un cambio menor, no
sustantivo.
Entonces, lo primero que debe
hacerse en la discusión de la reforma es dejar
aparte palabras como balotaje o doble vuelta, que
manejadas con imprecisión llevan a grandes
confusiones. Lo primero que debe hacerse es centrar
la discusión en lo medular: se quiere mantener que
el presidente y vicepresidente de la República sean
elegidos por determinada mayoría absoluta, o no. Si
se quiete mantener la regla de la mayoría absoluta,
las tres variantes son: el sistema actual de mayoría
sobre total de votantes, el sistema generalizado de
mayoría sobre votos válidos y la propuesta de
mayoría absoluta no sobre votos sino sobre escaños
parlamentarios. Si se quiere retornar a un sistema
de mayoría relativa, las opciones son: mayoría
relativa simple (first past the post, el primero
gana), mayoría relativa con barrera (por ejemplo,
45%), mayoría relativa con diferencia entre el
primero y el segundo (por ejemplo, 10% de puntos
porcentuales sobre votos válidos), o una mayoría
relativa con combinación de barrera y spread (por
ejemplo, 40% más 10 puntos porcentuales de
diferencia).
Lo que hay que tener
absolutamente claro es que lo planteado es el orden
de la discusión. Primero definir el concepto
teórico: mayoría absoluta o relativa. Elegido uno de
los dos conceptos teóricos, derivar hacia la
discusión de las diferentes alternativas dentro del
mismo concepto. Discutir de otra manera es mezclar
papas con zapallitos.