En
las últimas semanas se ha desatado una polémica
pública, parlamentaria y al interior del oficialismo
a raíz de las consecuencias de la derogación de un
artículo de una ley de fines del siglo XIX, que
clausuró el expediente relacionado con el affaire
del Banco de Montevideo y los hermanos Peirano
Basso. No es un tema sino varios temas: Uno, lo
ocurrido con dicho banco y el Comercial, lo actuado
en su momento para salir de dichas crisis, las
responsabilidades de los directores así como de
bancos internacionales asociados, la actuación del
gobierno y el Banco Central. Dos, el posible
conflicto de intereses entre un gobernante
(secretario de la Presidencia de la República,
canciller) con casos penales relevantes. Tres, el
interés o desinterés de los legisladores cuando
impulsan una medida determinada. Y cuatro – que es
el objeto de esta nota – el cómo se legisla y cómo
se prevén los efectos.
La caída de la calidad
legislativa es un dato notorio, cuya demostración
surge de la mera lectura de las leyes que se tomen
al azar. Tampoco es un tema de esta o la anterior
legislatura, sino que es un proceso que comenzó hace
unos cuantos lustros aunque es muy difícil precisar
cuándo. La mala calidad es de las leyes, pero
también de de los decretos y de las
reglamentaciones, y el caso máximo son los graves y
profundos errores de redacción, gramaticales, de
empleo de verbos y conceptuales existentes en la
reforma constitucional de 1996. De la mala calidad
de la normativa se quejan los académicos, los
juristas y los magistrados (aunque también es fuerte
la acelerada caída de la calidad de los fallos y de
las sentencias). No sólo es baja la calidad de una
cantidad significativa de leyes iniciadas en las
propias cámaras, sino que también hay deficiencias
importantes en la calidad de los proyectos iniciados
por el Poder Ejecutivo. Este es un problema sobre el
que se habla frecuentemente, que aparecen en
exposiciones académicas, pero que estalla cuando
ocurre en relación a un tema de la sensibilidad
popular del affaire Banco de Montevideo.
En algunos países los parlamentos
cuentan con verdaderos think tanks, con expertos
contratados de manera permanente o ad-hoc en las
diferentes áreas en que se pretenda legislar, más
equipos de juristas de alto vuelo dedicados
fundamentalmente a verificar la calidad jurídica de
la legislación. En otros parlamentos los
parlamentarios cuentan con partidas para la
contratación de asesores o los partidos cuentan con
institutos, centros o verdaderos think tank de
asesoramiento. En otros casos las comisiones cuentan
con algún que otro abogado, a veces joven, sin mucha
experiencia, pero con toda la fuerza del recién
egresado.
¿Qué pasa en Uruguay? Los
legisladores cuentan con la posibilidad de contratar
130 personas con una remuneración aceptable más 655
pases en comisión de funcionarios públicos; es
decir, una partida de contratación y cinco pases en
comisión por legislador (más un excedente de pases
del que pueden disponer los presidentes de ambas
cámaras). Las 130 partidas de contratación son
cobradas, aunque en la mayoría de los casos se
destinan a sobresueldo de los funcionarios en
comisión, dados los extensos horarios la fuerte
dedicación que significa el estar al servicio de los
parlamentarios. De los 650 pases en comisión en la
Legislatura pasada se registró la efectividad de
alrededor de algo más de 500. Con todo ese personal
(los pases en comisión no los paga el Poder
Legislativo sino los organismos de origen del
funcionario), parecería que la calidad en
asesoramiento legislativo debería ser elevada. Pero
ocurre que la abrumadora mayoría de esos
funcionarios están destinados a cumplir tareas de
secretaría, apoyo administrativo y de
relacionamiento entre el representante y sus
representados. Pocos son los que cumplen funciones
de asesoramiento, e inclusive es una minoría los que
están en condiciones de cumplir funciones de
asesoramiento (que los hay, y unos cuantos muy
buenos). Entonces, lo claro es que no se destinan
recursos humanos ni materiales suficientes al
asesoramiento legislativo. En el caso del Poder
Ejecutivo no hay excusas, pues cuentan con todos los
técnicos y asesores necesarios.
Por otro lado, es frecuente que
las comisiones parlamentarias convoquen a
catedráticos o especialistas a exponer sobre los
proyectos de ley en danza, los cuales brindan
asesoramiento y evacúan consultas en forma
absolutamente gratuita, como una carga pública. Lo
que se observa es que no siempre se hacen las
consultas pertinentes y en otros casos no se atiende
la opinión de los expertos. Las leyes de unión
concubinaria, de adopción, de financiamiento de
partidos, de descentralización, son muestras de
normas aprobadas sin la debida prolijidad jurídica y
técnica.
La presencia de abogados no
asegura necesariamente la calidad de las leyes, pero
sin duda ayuda. En medio siglo se pasó de dos
cámaras dominadas por los abogados a que éstos
profesionales sean una rara avis, particularmente en
el oficialismo, que no cuenta con ningún titular en
la rama alta y con uno o dos (según el juego de
licencias y suplencias) en la rama baja.
La discusión sobre este affaire
no puede quedar limitado al caso concreto, ni a la
determinación de quiénes son los responsables ni a
determinar las culpas de esos responsables. Que por
supuesto todo ello es necesario y hay una demanda
pública. Pero debe irse más allá. Entender que este
caso es la gota que desbordó el vaso, que
corresponde hacer un alto en el camino y analizar
detenidamente y en profundidad qué está ocurriendo
con la producción legislativa, con lo que hacen las
comisiones parlamentarias, con cómo se redactan las
leyes y los informes, de cómo el Poder Ejecutivo
elabora los mensajes y proyectos de ley. Discutir
cuántos recursos se destinan a la función
legislativa y cuál es el producto que surge de esos
ingentes recursos destinados. Con la aclaración
necesaria de que no se debe caer en el camino
simplista de creer que la única función del
Parlamento es la aprobación de leyes, ni que los
resultados parlamentarios se miden por la cantidad o
calidad de las leyes. Porque el parlamento es una
institución de representación política de la
ciudadanía, y el debate político, la publicitación
de las demandas populares, el contralor del
gobierno, son tareas esenciales a esa institución.
Dos errores en que no debe
incurrirse al analizar el tema. Uno es confundir la
mala calidad legislativa con lo bueno o malo del
contenido. El juicio sobre el contenido es
esencialmente un juicio político o de valores. El
juicio sobre la calidad legislativa refiere a la
mala calidad de la forma de las normas, de su
juridicidad, de su claridad u oscuridad. Muchas
normas tienen contenidos muy compartibles por el
grueso de la sociedad y ser de mala calidad
legislativa. Lo uno y lo otro son cosas diferentes.
El otro error es tomar todo
análisis como parte del juego pequeño de ping-pong
político, donde lo que se busca es ver si a alguien
le cae o no el sayo. Los análisis deben entenderse
como reflexiones y estudios de fenómenos que ocurren
y, cuando son disfuncionales, buscar las
correcciones. Es menor y anecdótico quién es el
bueno y quién el villano de la película.