La
inserción internacional sigue uno de los temas
estratégicos más trascendentes para Uruguay, del que
se ha dejado de hablar al menos con dramatismo
mientras se vive este largo periodo de vacas gordas,
pero que continúa vigente y no se ha resuelto. Lo
más relevante es que no es claro cuánto va a apostar
Uruguay a su futuro como componente de un gran
conjunto regional y cuánto va a pesar la región. Lo
que son claras son algunas cosas: que por poco que
llegase a pesar, siempre la región va a pesar de
manera significativa; que esta región tiene marcada
el destino de un fuerte liderazgo de Brasil, el que
podrá ser ejercido en solitario o compartido; que
Brasil no se ha decidido ni a ejercer un liderazgo
regional ni a dejar de ejercerlo; que Argentina ha
dejado de ser un contrapeso de Brasil, dada su
creciente fragilidad; y que el único contrapeso
individual podría ser el de México, siempre y cuando
a la región no se la confine dentro de los límites
del continente sudamericano. Dicho esto, con todos
los condicionales, hay un punto de partida
indiscutible: para el destino del Uruguay es
fuertemente relevante, hasta decisivo, lo que en
términos estratégicos haga Brasil. Por tanto, pensar
en hacia dónde va y qué hace Brasil no es pensar en
términos de un problema ajeno sino propio.
La primera duda que presenta
Brasil si se en forma continuada y sostenida, como
objetivo estratégico de país y como política de
Estado, va a mantener su actual búsqueda de ser un
jugador mundial (un global player). La segunda duda,
en ese caso, es si la calidad de jugador mundial se
hace a partir del ejercicio de un liderazgo regional
y la representación de una región del mundo, o por
el contrario se considera que Brasil es un país que
per se tiene el potencial de ser una figura global
sin necesidad de representar a región alguna, como
los casos de Estados Unidos de América, la
Federación Rusa o la República Popular China; o
cuenta con un potencial demográfico y económico que
le permite pretender pararse en el mismo escalón que
estas tres potencias, como es el caso de la India.
En la búsqueda de ser un
jugador mundial per se, sin necesidad de liderazgo
ni representatividad regional, ha logrado algunos
éxitos, como su participación en el Foro de Davos o
su integración en el G20 (junto a otros dos países
latinoamericanos como México y Argentina).
Anteriormente había conformado una alianza con
Alemania, India y Japón (el Grupo de los 4) en pos
de la obtención cada uno de ellos de un asiento
permanente en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidos, que contó con la férrea oposición
del Coffee
Club, especialmente de Italia, China y Argentina.
Fallida la reforma del Consejo de Seguridad se
desvanecieron las alianzas con Alemania y Japón;
entonces, los otros dos miembros del Grupo de los 4
(Brasil e India) transcurrieron por otro camino y
lograron la conformación del BRIC (Brasil, Rusia,
India y China). La primera alianza tenía un sentido
puntual y un objetivo inmediato: sentarse en forma
permanente en el Consejo de Seguridad. Esta otra
alianza, especialmente la presencia de Brasil
plantea algunas dudas sobre cuál es su equivalencia
con los otros tres socios: todos ellos son miembros
del Club Atómico; la población de India y China más
que quintuplican la de Brasil (no así la de Rusia,
que es algo inferior); el PIB global de China más
que duplica al de Brasil (no así Rusia ni la India).
Tampoco queda claro cuál es el objetivo final de
esta alianza ni cómo se articula con otros objetivos
de Brasil. A su vez, se ha desarrollado un nivel
especial de entendimientos entre Brasil y Sudáfrica.
Hay dentro de Brasil quienes
ven estos juegos más como producto de un
posicionamiento personal del presidente en vías de
salir, que un proyecto de Estado como tal. Lo que no
es asunto menor mirado en términos estratégicos. No
solo porque un cambio de gobierno podría cambiar los
objetivos y posicionamientos (riesgo por ahora
teórico) sino porque el cambio de persona en la
Presidencia puede cambiar la fuerza de Brasil y el
interés por Brasil.
Como fuere, la pregunta que
surge es si este juego planetario afecta en algo su
juego en la región, o si sirve para algo a los
países de la región. En la región misma Brasil ha
visto con bastante indiferencia el formidable
descaecimiento del Mercosur, ha jugado a proyectos
alternativos como Unasur (la Unión de Naciones
Suramericanas) y no plantea con claridad hacia dónde
quiere ir. Parece claro que así como Brasil no buscó
sentarse en el Consejo de Seguridad como referente o
representante de una región (a definir cuál sería),
tampoco parece su juego en el BRIC ni su presencia
en el G20 ser la consecuencia de la búsqueda de
representar alguna región. Demás está decir que
tampoco queda clara cuál es la región, porque puede
ser el debilitado Mercosur, la vieja Sudamérica
compuesta por diez estados iberoparlantes o la nueva
Sudamérica de Unasur, que incorpora a dos países
culturalmente ajenos a la cultura continental como
Guyana y Surinam. Parece claro que América Latina
nunca va a ser para Brasil la región a representar o
referir, pues allí se encontraría con la no deseada
competencia con México. Parece en cambio es claro
que en todas las definiciones de región brasilero
céntricas entra Uruguay. Lo que cambia para Uruguay
es que su papel es más importante cuanto menor sea
la cantidad de actores en la región y menos
importante cuando mayor sea el número de actores. Y
dado que es un hecho que siempre la República
Oriental va a estar asociada a su vecino del norte,
la pregunta es si le sirven para algo, cuánto, qué,
estos juegos de Davos, G20, unión con Sudáfrica o
BRIC. Lo claro es que no le ha servido de mucho el
debilitamiento del Mercosur, proyecto al cual el
Uruguay apostó con toda su energía y todas sus
ilusiones hace ya casi un par de décadas.
La magnitud de los juegos
mundiales de Brasil es importante, si se analiza
que teje alianzas o interviene en temas relacionados
con Rusia, India, China, Irán, Medio Oriente,
Sudáfrica y Honduras. Entonces, la otra preocupación
que le surge a Uruguay es que mientras su vecino del
norte gaste sus energías en estos juegos
pluricontinentales, su libido está cada vez más
lejos de sus vecinos y afines.