
En lo ocurrido en ese febrero de 1973, cuando el
primer acto del golpe de Estado, el Parlamento no se
reunió. Eso ha sido usado para atacar al Parlamento
y a los parlamentarios de la época, adosándoles
además haberse ido de vacaciones. El punto amerita
dos abordajes. El primero tiene que ver con qué es
el Parlamento y cuándo los parlamentarios trabajan.
Si se considera que la función parlamentaria es una
sola y ella se expresa exclusivamente cuando cada
una de las cámaras se reúne en sesión plenaria,
entonces no solo en aquel momento, sino que hoy
todavía el Parlamento funciona poco y los
parlamentarios trabajan pocas horas al mes. Si por
el contrario se considera que la función
parlamentaria es una función de representación
ciudadana y conducción política, los parlamentarios
trabajan toda vez que ejercen esa representación, se
relacionan con los electores o ejercen la conducción
política. Desde este ángulo, que en general es como
se ve el funcionamiento de los parlamentos en
regímenes democrático-liberales, los parlamentarios
trabajan cuando asisten a las sesiones plenarias,
cuando concurren a reuniones de comisión, cuando
deliberan con asesores, cuando en solitario
estudian, redactan proyectos y elaboran informes,
cuando discuten de política, cuando adoptan
decisiones políticas, cuando conversan y atienden a
los ciudadanos. Si esta es la concepción, en el
verano de 1973 no hubo vacaciones parlamentarias,
porque los parlamentarios, sin duda no todos pero sí
quienes tenían mayores responsabilidades políticas,
lo que hacían todo el tiempo eran reunirse,
auscultar lo que pensaban los otros partidos, la
gente, los militares, los otros factores de poder,
tratar de elaborar diagnósticos, buscar caminos. Si
se considera que el Parlamento es por esencia el
sistema político por excelencia, el Parlamento
funcionó ese verano a pleno, porque funcionó el
sistema político. Este es un dato histórico que no
puede manejarse con liviandad.
Para el segundo abordaje es necesario previamente
tener claro que no puede analizarse la lógica de los
actores en un contexto determinado, con la lógica
presente. También hay que tener claro que este
análisis[1]
pretende bucear en explicaciones de lo ocurrido y
además no ser parte del juego político menor de
buscar la culpabilidad del otro y la exculpación
propia.
Cabe tener presente un hecho difícil de entender
en la posdictadura, y mucho más en medio de esta
luna de miel del sistema político. La distancia
ideológica, de visión de la realidad y de
prospectiva en el sistema político de entonces era
extrema. Lo que estaba en juego no era una lucha por
cargos ni por posiciones, sino una cruda disputa por
el poder, por la hegemonía en términos históricos.
Toda la izquierda aspiraba a un cambio de sociedad,
a sustituir o superar el sistema capitalista por una
sociedad socialista. Con fuertes diferencias dentro
de la izquierda sobre el contenido de esa sociedad
socialista, entre una concepción de economía
centralmente planificada, otra basada en la
autogestión y otra edn concepciones de tipo más
cooperativistas. Y también fuertes diferencias entre
quienes apostaban a la vía pacífica e institucional
y quienes apostaban al cambio mediante la acción
armada. En la otra punta del extremo político, sin
todos decirlo desembozadamente, había muchos que
apostaban a una solución autoritaria. Entre unos y
otros extremos, una gama muy grande de posturas
teóricas. En cuanto a modelo económico también
aparecían diferencias sustantivas entre y al
interior de los partidos tradicionales, desde
visiones de corte socialdemócrata con fuerte
intervencionismo estatal hasta otras defensoras del
más puro liberalismo económico.
Pero además de las posturas teóricas existían
diferencias muy fuertes sobre el diagnóstico. Pero
más aún sobre el qué hacer. En la izquierda se
abrieron diferencias significativas sobre el papel
militar, trasversales a las otras diferencias (sobre
la concepción profunda de la sociedad, sobre la
dicotomía juego político-vía armada), pero como
elemento común su convicción en la necesidad de la
renuncia de Bordaberry[2].
También había diferencias fuertes entre los
dirigentes de los partidos tradicionales. El Partido
Nacional estaba dividido. La mayoría (liderado por
Wilson Ferreira Aldunate con el apoyo de Carlos
Julio Pereyra), en una oposición cada vez más fuerte
a Bordaberry, una creciente desconfianza respecto a
las verdaderas intenciones del presidente y la
propuesta como solución de un llamado a nuevas
elecciones. La minoría, que integraba una coalición
de gobierno que dio sustento parlamentario
mayoritario al gobierno, a su vez se componía de dos
alas: una de creciente alejamiento del apoyo a
Bordaberry (encarnado en la Unidad Nacional Blanca
liderada por Washington Beltrán y la parte del
movimiento Herrera-Heber guiada por Mario Heber) y
otra de fuerte sostenimiento de Bordaberry (la
Alianza conducida por Martin R. Echegoyen, que luego
del golpe presidiría el Consejo de Estado, sucedáneo
del Parlamento, y la otra ala del heberismo, guiada
por el ex presidente Alberto Heber).
A partir de los sucesos de febrero, la Lista 15
(guiada por Jorge Batlle, en cuyo staff principal se
encontraba Julio Ma. Sanguinetti) -sin quitar apoyo
parlamentario al gobierno pero abandonando todos los
cargos en éste- comienza a sentir también una
creciente desconfianza sobre hacia dónde se dirige
el presidente Bordaberry. La minoría colorada,
expresada en Amílcar Vasconcellos, en una oposición
durísima
Pero quizás lo más importante: los elencos
políticos no estaban preparados mentalmente, como no
lo están hoy, para encarar caminos fuera del clásico
juego institucional. Rotas las reglas de la
poliarquía, sentado a la mesa un convidado de piedra
–los militares- no les resultaba claro qué camino
tomar, qué se debía hacer. O dicho de otra manera,
cada quien creía que debía tomarse un camino
diferente.
Tampoco existía una relación fluida de todo el
sistema político. Salvo contadas excepciones
personales, no había diálogo entre el Partido
Colorado y el Frente Amplio, ni tampoco buenas migas
al interior del Partido Nacional, ni comunidad de
propósitos en el Frente Amplio. Y en general, los
distintos partidos se miraban todos de reojo.
Si hay un ejercicio de juego político
interesante, como los juegos de guerra que realizan
las fuerzas armadas en cualquier parte del orbe, es
imaginarse una situación como la de aquel entonces,
con el mismo dramatismo en lo colectivo y en lo
personal para los actores, y pensar qué es lo que
hay que hacer. Además, imaginarse eso hoy, con la
ventaja del diario del lunes pero con las incógnitas
de que toda vez que la historia se repite, lo hace
de manera diferente.
[1]
Ver como antecedentes: “El debate que
el país se debe a sí mismo”, “Las causas de
credibilidad en la democracia”, “El
descaecimiento de la fe en la democracia”,
“Militares, política y militarismo” y “1973:
la llegada del militarismo”, El
Observador, domingos 19 y 26 de setiembre y
3, 10 y 17 de octubre de 2010.
[2]
Es el tema de la próxima y última nota de
esta serie de siete: “1973: dudas y
contradicciones en el FA”