
Un 25 de octubre según el calendario juliano (7
de noviembre según el calendario gregoriano) los
bolcheviques bajo la guía de Vladimir Ilich Ulianov
(alias Lenin) tomaron el Palacio de Invierno en la
entonces Petrogrado (antes y ahora San Petersburgo),
sede del gobierno provisional ruso y anteriormente
palacio del Zar. La toma fue precedida por varias
semanas de gran agitación, especialmente de huelgas
y movilizaciones obreras en la entonces capital rusa
y algo menos en la antigua y futura capital, Moscú.
La agitación se basó en la existencia de un
verdadero clima revolucionario, o al menos en un
clima de extremo descontento y desesperación de las
masas, y fue producto de un minucioso plan con
objetivos revolucionarios. Las huelgas y
movilizaciones tuvieron por objeto producir un
cambio de golpe y profundo en la sociedad rusa, con
miras a la instalación del socialismo, no
capitalista.
Quien mira desde lejos el panorama uruguayo, debe
pensar que se viven las semanas previas a la toma
del Palacio de Invierno (cuyo sucedáneo puede ser
Casa de Gobierno, la residencia de la Av. Suárez o
la chacra de Rincón del Cerro): paralizadas las
exportaciones e importaciones por la huelga
aduanera, bloqueado por piquetes la principal zona
franca del país, piquetes hostiles frente al
principal centro comercial de la capital, paros,
huelgas, movilizaciones o protestas de los
funcionarios de la Administración Central, los
funcionarios no docentes de la universidad estatal,
los empleados públicos que revisten como
profesionales universitarios, los escribanos, los
médicos, la construcción, los bancarios públicos,
algunos bancarios privados, los metalúrgicos, los
recolectores de basura, diversos funcionarios
municipales y algún que otro grecmio más.
Si el observador es atento se va a encontrar con
algunas sorpresas: no existe descontento ni mucho
menos desesperación de las masas, sino por el
contrario gran conformidad y esperanza, el país (y
la región) vive una larga etapa de crecimiento y
prosperidad, en medio de un mundo central que se
resquebraja. En algo menos de una década, poco más
de un lustro, se redujo de manera extraordinaria la
pobreza, la indigencia, la marginalidad, la
mortalidad infantil y la mortalidad por enfermedades
en general, aumentaron los salarios y las
jubilaciones, mejoró exponencialmente el consumo,
existe cuasi pleno empleo, se incrementó
notablemente la formalidad labora y no se desató la
inflación. Hay un gobierno no solo de izquierda,
sino dentro de la izquierda de la corriente más
puramente revolucionaria, bajo la conducción de un
ex guerrillero; no hay objetivo alguno de toma del
poder por parte de los huelguistas y movilizadores,
no hay ningún plan estratégico y si se afina tampoco
hay ninguna táctica. Las reivindicaciones son
algunos puntos porcentuales de incremento salarial,
el no sufrir los efectos de las huelgas (es decir,
el no descontar los salarios que transforma el paro
de protesta en jornada de descanso), el pellizcar
algo más de lo existente de los fondos públicos,
buscar trabajar menores horas, pujar con los
empleadores una mayor parte en el reparto de la
torta.
¿Quiénes son los dirigentes que promueven estos
paros y huelgas? Hay algunos opositores a la
izquierda de la izquierda por fuera del partido
oficialista. Todos los demás, la abrumadoras mayoría
de los miembros del Secretariado y de la Mesa
Representativa de la central sindical, del Plenario
Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de
Trabajadores, son militantes activos del Frente
Amplio y de sus sectores más influyentes: Movimiento
de Participación Popular y dentro suyo del
Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros al que
pertenecen el presidente de la República y la
primera senadora del oficialismo, del Partido
Comunista que se sienta en el gabinete y cuenta con
la conducción del gobierno de Montevideo, de los
socialistas que se encolumnan detrás del anterior
presidente Tabaré Vázquez. Pero la movilización más
resonante anunciada, enfocada directamente contra
los pequeños y medianos comerciantes, la conduce
nada menos que gente del sector Articulación,
considerada la fracción sindical oficialista por
excelencia, los incondicionales del gobierno, los
moderados.
El gobierno no está jaqueado por los banqueros,
ni los grandes empresarios, ni los inversores que
siguen ingresando dinero a raudales, ni por los
especuladores financieros, ni por los blancos, ni
por los colorados, ni por los partidos menores, ni
por los productores rurales. Cualquiera que mire
desde lejos con binoculares de poca definición,
observase solo lo social y no lo político, sacaría
una clara consecuencia: Uruguay debe contar con un
gobierno de la más rauda derecha, apoyado por los
sectores económicamente dominantes y enfrentados a
la izquierda y los movimientos populares. Esa podría
ser la ilusión óptica. Como se sabe, puede ser solo
ilusión óptica, pero no es la realidad.
Otro observador, que mirase el cuadro político y
social, podría llegar a la conclusión que esa
izquierda y ese sindicalismo responden a fuerzas no
identificadas que pretenden desestabilizar al
gobierno, hacer fracasar la experiencia de izquierda
y provocar el retorno al gobierno de las fuerzas más
derechistas posibles que pudiesen descubrirse en
algún lado. Al parecer, tampoco esto tiene que ver
con lo deseado y manifestado por los protestatarios.
Tan poco deseado, que hay gente que a la vez
participa en la conducción de sectores políticos
sentados en el gobierno y participa en la conducción
de sindicatos que provocan este fenomenal juego de
paralización.
La simple descripción de los hechos es suficiente
para generar algunas preguntas, producto de la
perplejidad: ¿Existe alguien en algún lugar que
pueda explicar lo que está pasando? ¿Los diversos
motores no coordinados entre sí de estas
movilizaciones, son conscientes de a lo que
objetivamente todo esto puede conducir?