
El Parlamento acaba
de ratificar el tratado constitutivo de UNASUR lo
que se considera un paso hacia la integración
regional, acorde la reorganización política del
mundo en un proceso que lleva ya seis décadas y
apunta a la conformación de grandes bloques de
naciones, en lo que es pionera la Unión Europea.
Cuando se producen determinados procesos en la
historia, como en el caso europeo, al cabo del
tiempo tienden a verse como inevitables. Eso pasa
con la existencia de los estados, con sus límites,
con su conformación y hasta con sus alianzas.
Sin embargo, no
siempre las cosas son ni obvias ni inevitables. Si
hay un caso en el mundo de la falta de obviedad
histórica de su destino es la existencia de la
República Oriental del Uruguay como entidad política
independiente: es un conjunto de accidentes
políticos y de contradicciones de la “raison d’Etat”
de varios países lo que lleva a la creación de un
estado independiente en el territorio de la Banda
Oriental. Conviene precisar: resulta bastante claro
que los pobladores de la Banda Oriental por diversos
motivos desarrollaron tempranamente una identidad
propia, diferenciada de sus vecinos; pero hasta 1828
no existió una sola idea, una sola propuesta, de
constituir un estado independiente en el territorio
oriental. Por lo que se luchó fue autonomía o
federalismo.
La conformación de
bloques de naciones tampoco es el producto de
procesos obvios e inevitables. Es el producto de
específicos procesos de construcción en determinados
periodos, en función de objetivos definidos en los
respectivos tiempos. Lo que a esta altura parece
aceptado en el reordenamiento del mundo es: Uno, que
con mayor o menor velocidad se va hacia la
conformación de grandes bloques de estados. Dos, que
en general esos bloques tienden a buscar continuidad
geográfica o al menos armonía geográfica.
Son muchos los
países que pueden tener diferentes opciones en la
conformación de bloques, muchas de las cuales solo
permanecerán abiertas mientras otros de las mismas
características también dejen las opciones abiertas.
Entonces, para hablar de la conformación de un
bloque regional, interesa mucho el saber de qué
región se está hablando. Y además para qué. No es lo
mismo un proceso que se fije como límite de la
integración una zona de libre comercio, que en el
otro extremo el que considere que las asociaciones
comerciales son un primer paso camino hacia una
asociación política, o más explícitamente de algún
tipo de confederación de estados de nuevo cuño, como
lo ensaya la Unión Europea. Este es un punto de
previo y especial pronunciamiento.
Lo claro es que un
proceso de unión económica y más aún de unión
política, es exclusivo y excluyente de cualquier
otro proceso. Se pueden tener tratados de libre
comercio por doquier, pero solo puede haber una sola
asociación política.
En un principio, los
países iberoamericanos del Sur caminaron hacia dos
proyectos diferentes y complementarios: por un lado
la asociación andina y por otro la asociación del
Sur. Del lado del Sur, el proyecto Mercosur como
objetivo político estratégico parece agotado; lo que
sí revive es un Mercosur restringido al proyecto
comercial o económico. Entonces, en términos
políticos, ¿Unasur es un proyecto adicional a la
Comunidad Andina y al Mercosur o es la matriz hacia
donde ambos deben converger? Las dos opciones son
válidas, pero para llegar a algún puerto, hay que
elegir a cuál se va. En este momento no son
contradictorios, porque uno se mueve en el plano
económico y otro apunta hacia lo político, pero en
el largo plazo será necesario optar.
¿Pero la región es
Sudamérica (con o sin los dos elementos exógenos que
son Guyana y Surinam)? ¿O la región es Iberoamérica?
¿O lo es Latinoamérica y el Caribe unidos, hacia lo
que apunta la recién creada Comunidad de Estados
Latinoamericanos y del Caribe? Por otro lado, hace
30 años que existe la Asociación Latinoamericana de
Integración, cuyo nombre sugiere que se pensó para
hacer desde allí la integración latinoamericana.
ALADI ha quedado reducido al papel de organismo
negociador de comercio y aranceles, y por allí no
pasan los proyectos políticos.
A los efectos de lo
que interesa plantear en este análisis, puede verse
que en primer lugar hay dos opciones: Sudamérica por
un lado o algo mayor por otro, con sus diferentes
variantes que se expresan en la Comunidad
Iberoamericana (donde no está el Caribe) o en la
CELC (donde sí lo está) ¿Cuál es la diferencia
sustancial en términos estratégicos entre lo uno y
lo otro, entre Sudamérica y algo mayor?
Para abordar las preguntas es necesario partir de la
premisa que todo bloque requiere de un liderazgo,
individual o colectivo, guste o no. Esta es una
enseñanza de la realpolitik. Los liderazgos en los
juegos de poder internacional no se eligen
libremente, sino que hay un conjunto de países, un
puñado de países, en condiciones de liderar. Para
poder liderar, un país requiere de algunas
condiciones objetivas, esencialmente requiere de
fuerza y tamaño. Lo que sí se elige es cuál es la
conjunción de países que da origen a un liderazgo
natural. Desaparecida la Argentina como actor de
poder de primera línea, que es la gran novedad en la
ecuación de poder sudamericana y latinoamericana,
aparecen al sur del Rio Bravo dos grandes potencias,
llamadas a ejercer liderazgos: Brasil y México. Un
proyecto sudamericano es un proyecto que se
construye necesariamente bajo el liderazgo de
Brasil. Un proyecto iberoamericano o latinoamericano
supone la existencia de dos líderes naturales,
México y Brasil, con los consiguientes equilibrios y
juegos de acuerdo y competencia que todo biliderazgo
genera. Este es un tema nada menor en el proceso de
integración, en el proceso de elegir cuál es y a
quiénes abarca la región: elegir bajo qué liderazgos
se pretende actuar. Esto es lo que falta en la
discusión.