
Toda democracia
liberal, pluripartidista, con elecciones libres y
competitivas, es decir toda poliarquía, requiere de
un sistema político sólido, basado en partidos con
fuerte adhesión y legitimización de la ciudadanía y
en actores políticos también con significativo
respaldo y credibilidad de la gente. Uno de los
elementos altamente corrosivo de la solidez
democrática es la actitud refractaria de los
electores, que se expresa en el voto en blanco, el
voto deliberadamente nulo o la abstención. En las
pasadas elecciones departamentales del 9 de mayo de
este año, uno de cada nueve
electores radicados en el país tuvo una actitud
refractaria adicional a la normal.
El voto en blanco total, el
voto en blanco parcial, el voto nulo y la abstención
se incrementó en relación a las elecciones
nacionales de octubre de 2009 en 256.490 personas,
que representa el 11,1% del total del electorado
residente en el país, que a esa fecha se puede
estimar en 2.309.305 personas. A su vez, en las
elecciones nacionales la actitud refractaria alcanzó
a 64.188 personas, que equivalió al 2,8% del
electorado del momento. La suma de ambas magnitudes
arroja un área refractaria de 320.678 individuos,
equivalente al 13,9% del electorado residente. En
total, pues, votó en blanco (total o parcialmente),
nulo o se abstuvo una de cada siete personas.
Con anterioridad a mayo, las
encuestas de intención de voto en la hipótesis de
elecciones nacionales, mantenían el bajo nivel
refractario del orden del 2% al 3% del universo. Sin
embargo, luego del detonante de mayo, se produjo una
estampida de los ciudadanos hacia la actitud
refractaria, al punto que la última Encuesta
Nacional Factum correspondiente al mes de noviembre
contabiliza un 10% de ciudadanos que, en la
hipótesis de realización de elecciones el próximo
domingo, votarían en blanco o anulado. Esta cifra es
diferente y adicional a quienes no saben o no
contestan qué votarían; este 10% lo constituyen
personas que no ocultan el voto y que sabe lo que
votarían: a ninguno.
En mayo los partidos políticos
en conjunto perdieron más de un cuarto millón de
votos: la izquierda retrocedió 168 mil votos (167
mil el FA y mil AP), los partidos tradicionales 45
mil (el PC perdió 60 mil, de los cuales el PN
recogió 15 mil) y el PI perdió 39 mil. En buen
romance, nadie ganó y todos perdieron. Unas cuantas
celebraciones fueron producto de festejar que al
otro le fue peor, aunque a uno le haya ido mal, lo
cual desde el punto de vista estratégico del país y
de la democracia significa una importante miopía.
Hay una actitud reticente de los dirigentes de todos
los partidos a percibir los riesgos, como la actitud
triunfalista que todavía hoy se observa en buena
parte de la dirigencia frenteamplista por haber
retenido la mayoría parlamentaria, sin preocuparse
de la pérdida de 20 mil votos contantes y sonantes y
la no ganancia de 33 mil (por el incremento del
total de votantes), lo que arroja un balance
negativo de 53 mil votos. Demasiada pérdida para
tanto triunfalismo.
Otro dato de peso es que hay
vasos comunicantes fluidos entre el electorado
nacionalista y el electorado colorado, que permite
que el descontento hacia un lado se canalice hacia
el otro, o por la positiva, la mayor atracción de
una propuesta extraiga votos del otro partido
tradicional. El electorado del país en su conjunto
percibe que hay un área política representada por el
Frente Amplio y otra área política que son los
partidos tradicionales en conjunto, que no es un
área anti-frenteamplista ni anti-izquierdista, sino
un área que contiene elementos comunes sustantivos
en cuanto a valores de la sociedad. Pero aparece un
muro de piedra, infranqueable, entre el área
tradicional y el área frenteamplista, que lleva a
que los desilusionados de cada área se refugien en
la actitud refractaria. El razonamiento parece ser:
a los otros ya los vengo rechazando y no hay nada
que lo cambie, ahora rechazo a los míos, de donde no
tengo otro camino que irme a las cuchillas (o al
sótano).
Esa actitud refractaria tiene
una potencialidad de bajar al 6%, con la
convocatoria que pueden provocar en los refractarios
las principales figuras, especialmente los nombres
de Tabaré Vázquez y de Pedro Bordaberry, y con menor
impacto en ese segmento las de Luis Alberto Lacalle
y Jorge Larrañaga. Aún así, para la tradición
uruguaya, si se bajase el voto en blanco y nulo al
cinco o seis por ciento, sería llegar a una
duplicación de la conducta refractaria. El tema va
más allá de si algún dirigente está desgastado o no,
o si cada uno tiene o no mucho impacto, porque el
agotamiento de la confiabilidad en las conducciones
políticas es el producto de la acumulación de
descontentos en el largo tiempo.
Dentro de ese descontento es particularmente elevado
el de las capas medias, basamento central en la
construcción de la sociedad uruguaya integrada,
tolerante e igualitaria, en ese largo proceso que va
desde el proyecto de educación popular de José Pedro
Varela hasta algún punto en las postrimerías del
siglo XX. Ha caído de manera extraordinaria la
calidad de la educación escolar, media y superior,
tanto pública como privada, y a nivel escolar y
medio, mucho más todavía la pública que la privada.
Pero además, en medio de la gran bonanza económica,
el país ofrece falencias estructurales que son
producto de una prolongada acumulación negativa que
atraviesa todos los gobiernos y que no aparecen a la
vista propuestas de solución estratégicas, como el
de la pobreza. Lo que se ha reducido sustancialmente
es la pobreza medida en ingreso de los hogares, pero
no en calidad de vida. Porque la calidad de vida
depende de la infraestructura habitacional y de los
servicios conexos, de la vivienda propiamente dicha,
el barrio, el pavimento, las veredas, el
saneamiento, el agua potable. Y la cantidad de gente
que vive en asentamientos no ha bajado.