
El Frente Amplio como gobierno y como fuerza
política tiene que dirimir varias diferencias y
contradicciones para poder afrontar un séptimo año
en la conducción del país. Diferencias en tanto hay
corrientes que piensan de una manera o apuntan a
determinados objetivos, y otras corrientes piensan
de manera diversa y apuntan a objetivos diferentes.
Pero también contradicciones que se dan al interior
de las corrientes y más aún al interior de los
propios individuos. Obviamente lo importante son las
contradicciones y divergencias en términos
históricos o de modelo. Son irrelevantes y
anecdóticas las contradicciones que habitualmente se
le endilgan con una pizca de juego menor y otra
pizca de ingenuidad, como que antes dijo uno cosa y
ahora hace lo contrario. Lo importante es lo que
hace al juego profundo de ideas y valores.
A título de inventario, ya que cada punto merece
un desarrollo específico, cabe señalar –en forma no
exhaustivo, donde quedan temas significativos por el
camino- cinco aspectos. En primer lugar, cuál es el
objetivo histórico que persigue y por dónde pretende
caminar para arribar a esa meta histórica. Si se
busca crear un modelo de socialismo no capitalista o
se pretenden cambios y ajustes al interior del
sistema capitalista. En el primer caso, definir un
socialismo no capitalista es definir lo que no se
quiere, pero no indica nada de lo que se quiere,
porque son sustancialmente distintos los modelos en
un Estado industrial, comercial y proveedor de
servicios que los modelos que tienden a formas
autogestionarias. En el segundo caso, surgen varias
preguntas que comprenden los otros cuatro del
análisis. Pero además es relevante saber si se
considera que el Frente Amplio se mueve dentro del
capitalismo hasta tanto estén dadas las condiciones
de salir de él o si efectivamente el mantenerse en
el sistema capitalista es el objetivo definido.
Sobre esto el mayor problema es psicológico: a
muchos dirigentes y militantes les cae mal aceptar
el capitalismo, y esa aceptación muchas veces se
hace mediante la apelación a una utopía de
sustitución. Por las dudas cabe mencionar que ni la
declaración constitutiva del Frente Amplio ni su
programa pregonan el camino del socialismo ni la
superación o abandono del capitalismo. Sin perjuicio
de ello, la discusión está a la orden del día.
Un segundo tema, fuertemente interrelacionado,
pero a su vez autónomo, es a quién representa y a
quién pretende representar el Frente Amplio en
términos de clase., y además con qué clases pretende
impulsar alianzas. La definición inicial del FA de
1971 así como el gran viraje del Partido Comunista
de Uruguay en su XVI Congreso de 1955, apuntan al
concepto de alianza de clases basada en los
trabajadores asalariados en alianza con los pequeños
y medianos comerciantes, industriales y productores
rurales, vale decir, entre el proletariado, la
pequeña burguesía y el estrato inferior de la
burguesía media nacional. La política seguida por el
gobierno anterior, por el primer gobierno
frenteamplista, objetivamente rompió con esa alianza
y apuntó a unir a una parte significativo de los
sectores asalariados (pero no a los asalariados de
mayor nivel) con los sectores marginales por un lado
y a ambos con el estrato superior de la burguesía
media y con los grandes inversores. El actual
gobierno es claro en la unión de los dos primeros
términos, deja dudas en cuanto a los dos segundos.
Lo claro es que las capas medias aparecen como fuera
del modelo, más allá de lo discursivo, tomando solo
lo fáctico. Pero además el Frente Amplio debió
siempre abordar la discusión entre una concepción
monoclasista obrerista dominante en su militancia y
la concepción pluriclasista de sus definiciones
fundamentales. Ligado indisolublemente con lo
anterior está un tercer tema: si aspira o no a un
cambio de correlación de fuerzas entre los sectores
sociales.
Un cuarto tema refiere a cuál papel asigna al
Estado y cuál al mercado, ya que se mueve de una
punta a otra entre las más alta regulación –en un
aceleración de la línea regulatoria- y por otro lado
proclamaciones extremas de libre mercado, como en
forma unánime votó el Frente Amplio en la llamada
ley de defensa de la competencia. Allí el Frente
Amplio proclamó “la promoción y defensa de la
competencia” como la herramienta para lograr “el
bienestar de los actuales y futuros consumidores”.
La proclamación del ideal de la libre competencia y
la creciente acción normativa regulatoria implican
contradicciones sustanciales no definidas ni en el,
campo político ni en el teórico.
Y finalmente la contradicción entre calidad y
cantidad, que es la contradicción entre apostar a la
desigualdad mediante la superación de los individuos
o apostar a la igualdad con independencia de
diferencias en la formación, la conducta y los
méritos. Porque si bien ambos objetivos son
compatibles en la teoría, no lo son en la acción de
gobierno, en el desarrollo de políticas. Apostar a
la calidad supone llevar adelante políticas que
desigualen a favor de quienes tienen más formación,
realicen mayor esfuerzo, aporten más a la sociedad o
a la humanidad; y eso va fuertemente en contra de la
igualdad. Apostar a la igualdad es nivelar lo más
posible, es ir al estrechamiento de las pirámides
salariales, al otorgamiento de iguales beneficios al
que se capacita y al que no lo hace, al que rinde y
al que no rinde. Ambas metas opuestas aparecen en
los discursos del Frente Amplio, del gobierno, de
los sectores frenteamplistas, de algunos actores
sociales. El tema es que en la praxis se va para un
lado o se va para el otro. Falta claridad en las
políticas de gobierno pero falta aún más un debate
teórico en la izquierda en que procese conclusiones.
En que se diga hacia dónde se pretende ir en este
tema.
La izquierda pues está necesitando de un debate
profundo y sereno.