Menos
legisladores o menor representación
Oscar
A.Bottinelli - diálogo con Emiliano
Cotelo
EMILIANO COTELO
En estos días, entidades rurales encabezadas
por la Federación Rural han iniciado la
recolección de firmas para reducir el
número de bancas legislativas a la mitad. La
iniciativa supone un plebiscito constitucional en
mayo, con efecto retroactivo. Sobre este punto, la
retroactividad, ya se ha pronunciado negativamente
la Corte Electoral: no puede anularse el resultado
de las elecciones parlamentarias de octubre por un
plebiscito posterior. Pero subsiste la
discusión sobre el tema de fondo. Los
argumentos de los impulsores de la iniciativa para
reducir el número de parlamentarios son
básicamente dos: el presupuesto del Poder
Legislativo, que consideran alto, y el nivel de
inasistencia de los legisladores.
Este es el tema que nos propone el
politólogo Oscar A. Bottinelli, director de
Factum, para su análisis político de
hoy: los efectos de la reforma propuesta,
¿menos legisladores o menor
representación?
OSCAR A. BOTTINELLI:
El tema es muy vasto, de modo que vamos a acotarlo
un poco. En primer lugar, en esta iniciativa
aparece una visión que yo diría un
poco simplista, por la que se establece una
relación directa de causa a efecto entre el
número de legisladores y el presupuesto. Y
ya algo que hay explicar. Hay gastos fijos del
Parlamento: un buen servicio de información
legislativa (computarizado de leyes, antecedentes,
datos estadísticos, etcétera) es el
mismo para un solo legislador, tipo un Arconte,
como para una asamblea multitudinaria de 5.000. A
lo sumo, podrá incrementarse por tener
más terminales de computadoras, pero la base
de datos cuesta lo mismo.
EC - Un solo ejemplo de muchos que se
podría citar.
OAB - Se puede mencionar muchos. Entre otras
cosas, salvo que se acompañe también
con el cierre de la sede del Poder Legislativo, los
gastos de limpieza y conservación no van a
cambiar nada.
Pero además hay un dato fundamental:
este número de legisladores es invariable
desde 1934, y el presupuesto del Poder Legislativo
ha estado en la cuarta o quinta parte del actual,
en términos constantes. Por lo tanto, da la
impresión de que el presupuesto es
totalmente autónomo del número de
legisladores. Más aún: el Uruguay
tuvo 123 diputados, y el presupuesto fue
sensiblemente inferior al actual. También
hay que considerar si no tendría que ver con
que las Cámaras de principios de siglo, que
se reunían en el Cabildo, frente a la Plaza
Matriz, se reunían dos veces por semana,
cuatro horas, prácticamente no funcionaban
las comisiones (que se reunían dos veces por
mes y no todas) y el Parlamento funcionaba tres
meses al año.
Entonces, parecería que es todo un
tema de análisis cuál debería
ser el presupuesto del Parlamento, si es alto o no.
Caben todas las posiciones, y yo diría que
predomina la idea de que es un poco alto; pero ese
es un debate en sí mismo.
El segundo argumento es la inasistencia de
los legisladores.
EC - La alta inasistencia. Tomaron como
ejemplo, incluso, lo que ocurrió cuando la
primera interpelación al ministro de
Ganadería, cuando en sala estaban presentes
más o menos la mitad de los
diputados.
OAB - Lo primero que hay que ver es
cuándo las inasistencias son faltas a las
reuniones y cuándo son actos
políticos. En un régimen en que juega
el quorum y sólo se puede votar a favor o en
contra, la inasistencia es también un arma
política. Entonces, hay que distinguir
cuándo es lo uno y cuándo es lo otro.
Una interpelación me parece el ejemplo menos
claro para analizar si la inasistencia es una falta
o no: en una interpelación, la inasistencia
es siempre un acto político.
Pero lo más importante es si la
calificación de los legisladores se hace en
función de la asistencia, si lo importante
en los legisladores asistan a las sesiones
plenarias de la Cámara. Se diría
entonces: si lo más importante es que
asistan, que se haga público
periódicamente quiénes asisten, y
esos tendrán asegurada la reelección.
Pero si alguien cree eso, va a tener un serio
problema. En cada legislatura se viene renovando el
25% de los diputados, y el promedio de las
reelecciones está en los que tienen el
promedio de las asistencias. De los que tienen
pocas faltas, es mayor la cantidad de no reelectos
en ese 25%.
Se puede decir que el índice de
asistencia no es un indicador de producción
legislativa, y es verdad. Primero, porque como
menos trabajan las Cámaras es en
sesión plenaria, y medir las asistencias es
una visión simplista que se tiene desde
afuera de la función legislativa. Lo
más importante es el trabajo en comisiones,
y además el trabajo que cada legislador hace
por sí: elaborar proyectos, estudiar
proyectos, intervenir en los debates, hacer
informes de comisión
(hacer un informe
en serio le lleva a un legislador varios
días escribiendo en su casa), reunirse con
asesores, recibir delegaciones de industriales,
comerciantes, trabajadores, productores rurales...
Eso es parte del trabajo legislativo.
Y si uno hiciera una hipotética
calificación, que es muy difícil
hacer ("A ojo, me parece que los mejores
legisladores son estos"), que deberían tener
asegurada la reelección, tampoco. Uno
diría que en el mejor de los casos la mitad
de los que pueden considerarse como mejores
legisladores tienen asegurada la
reelección.
Son muchos los parámetros por los que
la gente evalúa a los parlamentarios. Una
encuesta reciente que hicimos en un departamento
del interior nos dio un resultado interesante.
Preguntamos qué prefieren de un diputado de
su departamento: que asisten a las sesiones y se
pasen en el Palacio Legislativo, no falten nunca,
tengan muchas intervenciones, o (estas cosas se
hacen siempre en términos
dicotómicos, lo uno o lo otro, que es la
forma de graficar) que estén permanentemente
recorriendo el departamento, visitando a la gente,
dialogando con ella y atendiendo los problemas del
departamento y de su gente, la respuesta fue esta
última. Es decir que los legisladores que no
faltan a la Cámara tienen mala
opinión, o una situación
difícil en su departamento, porque la gente
dice: "Acá no se le ve".
El tema, entonces, es muchísimo
más complicado que esa relación
directa entre asistencia y eficiencia, y mucho
más entre presupuesto y número de
legisladores. La impresión es que el tema
del presupuesto tiene muchos encares, y Uruguay
debería dar un debate sobre el presupuesto
del Poder Legislativo, sobre sus formas de
aprobación, sobre los gastos que tiene,
incluso sobre si está bien o mal aprovechada
la estructura del Poder Legislativo. Pero da la
impresión de que nada tiene que ver, o muy
poco, con el planteo de reducir el número de
legisladores. En cambio, esa reducción
afecta otra cosa, a la que aludimos en el
título: reducir el número es reducir
la amplitud de la representatividad
política.
EC - Vamos entonces a ese otro
efecto.
OAB - Hay dos aspectos: el cuantitativo y el
cualitativo. Lo cuantitativo es porque no es lo
mismo tener un diputado que dos, o 15 que 30. Y lo
cualitativo es que un sector esté o no en el
Parlamento. Es mucho más importante la
diferencia entre cero y uno que entre uno y dos:
cero es exclusión; no estar.
Hay un principio, en el que yo diría
que existe una opinión predominante entre
los académicos en el mundo, según el
cual lo más importante para asegurar una
amplia representación es la
proporcionalidad. Con esto no estoy diciendo que
sea el mejor sistema, que es un gran debate pero
que justamente parte de ejes distintos: los que
consideran que puede haber mayor eficiencia
gubernativa con mayorías monolíticas,
que sostienen los sistemas mayoritarios, no
proporcionales, y consideran positivo que se
reduzca la representación política.
Quienes consideran que lo más importante es
una amplia representación política,
que el Parlamento sea un espejo del país,
apuntan a la proporcionalidad. El eje del debate es
ese.
Ahora bien: la proporcionalidad está
directamente relacionada con la cantidad de cargos
en disputa. Por ejemplo: las Juntas Electorales son
proporcionales; sin embargo la de Montevideo tiene
tres miembros del Frente Amplio, uno del Partido
Colorado y uno del Partido Nacional, aunque la
relación del Frente con el Partido Colorado
y con el Partido Nacional fue de dos a uno. El
problema es que en cinco cargos, las posibilidades
son tres, uno y uno; o dos, dos y uno. Cuantos
menos cargos hay, más forzada es la
adjudicación y siempre sale algún
disparate matemático por el medio. En
cambio, con 30 bancas la proporcionalidad es mayor,
y con 99 ni que hablar. Cuanto más se
reduzca, menos proporcional será el
Parlamento.
Si hablamos de la Cámara de Senadores,
analicemos qué hubiera pasado con los
resultados de la elección de 1994. Aclaremos
antes que los efectos no serían los mismos
si la reducción fuera a 15 o a 12 senadores.
La propuesta no queda clara, porque el Senado se
compone de 30 miembros más el Vicepresidente
de la República, de modo que según se
mire quedaría más de la mitad o menos
de la mitad.
Primero, el Nuevo Espacio hubiera quedado
fuera del Senado. Si se considera que es positivo
que haya menos partidos, perfecto. Pero hay que
poner el debate donde está: no es por
reducir gastos sino porque se quiere que haya menos
partidos. ¡Pavada de diferencia que en el
Senado, que es el ámbito más fuerte
de representación política, el que
más pesa en el país, haya tres
partidos y no cuatro!
¿Qué hubiera pasado dentro de los
partidos políticos? En el Partido Nacional
desaparecían: la lista herrerista que
encabezó Ignacio de Posadas (cuya banca
ocupa hoy Guillermo García Costa), y
también el Movimiento Nacional de Rocha. El
Partido Nacional hubiera quedado con sólo
dos bloques: el Herrerismo y Manos a la Obra. En el
Frente Amplio, no tendrían
representación la 1001 ni el Movimiento de
Participación Popular. Y en el Partido
Colorado, si la reducción fuera a 15
senadores no habría otro cambio que una
reducción en la
representación.
Pero si se redujera a 12 bancas,
también desaparecerían la Vertiente
Artiguista y la Lista 15: Jorge Batlle hubiera
quedado fuera del Senado, lo cual (visto hoy) no
sería un hecho nada menor. Es decir que el
efecto no es lineal ni siquiera
ideológicamente. Una reducción del
número de bancas en el Senado, según
los votos de 1994, hubiera provocado un profundo
efecto político. Después podemos
hacer el mismo símil con los resultados del
31 de octubre, pero estamos viendo, con los
resultados de 1994, sin cambiar uno solo de los
votos emitidos, cómo la reducción
propuesta cambiaría fuertemente los efectos
políticos.
EC - ¿Qué ocurriría si hoy
se aplicara la reducción a la Cámara
de Diputados, con los resultados de 1994?
OAB - Remarco lo que decías: con los
resultados de 1994, sin cambiar un solo voto. Lo
que cambia es la adjudicación de las
bancas.
Reduciendo las bancas a 50, eliminando el
mínimo de dos diputados por departamento y
bajándolo a uno, nos queda que, de los 19
departamentos, 14 tendrían una sola banca. Y
tener una banca en lugar de dos no es lo mismo que
tener dos en lugar de tres: una banca es una
diferencia cualitativa en comparación con
dos, tres o cuatro. Porque en ese departamento,
toda la representación queda reducida a un
solo partido.
EC - Un partido asumiría la
representación de todo ese departamento.
¿Y no habría más remedio que
bajar el mínimo de dos a uno?
OAB - Si no se bajara de dos a uno
llegaríamos a otra cosa: en una
Cámara de 50 miembros, los departamentos del
interior puro tendrían 34, y
quedarían sólo 16 para Montevideo y
Canelones. Eso sería más propio de un
país federal, donde un voto en Flores
valdría 10 veces el voto en
Montevideo.
EC - Sigamos suponiendo, entonces, que se
baja el mínimo por departamento de dos
diputados a uno.
OAB - Bien. El primer efecto es el que
recién dijimos: 14 departamentos con una
sola banca.
De estos 14 en que habría monopolio de
la representación, con los resultados de
1994 tendríamos nueve blancos (Maldonado,
Treinta y Tres, Cerro Largo, Soriano, San
José, Flores, Durazno, Lavalleja y
Tacuarembó) y cinco colorados (Rocha,
Rivera, Artigas, Río Negro y
Florida).
Y de estos mismos 14, en los restantes cinco
departamentos se daría que tres de ellos
tendrían dos bancas en lugar de tres (Salto,
Paysandú y Colonia), y en los tres las dos
bancas serían una para el partido ganador
(en Salto el Partido Colorado, en Paysandú y
Colonia el Partido Nacional) y la otra banca
sería del tercero en votos, el Frente
Amplio. La combinación de reducir de 99 a 50
bancas, más la reducción del
mínimo por departamento, más el
tercer escrutinio más la proporcionalidad
pura a nivel nacional, todo un conjunto de
elementos muy complicados que aseguran una serie de
elementos de proporcionalidad política,
llevarían a que en estos tres departamentos
el segundo partido quedara sin
representación. Y en Canelones, donde hubo
cierta paridad entre los tres partidos -con una
leve ventaja del Partido Colorado- quedarían
tres diputados colorados, dos del Frente Amplio
(que fue el tercero en votos), uno blanco (que fue
el segundo partido en votos), más uno del
Nuevo Espacio (que fue cuarto). Montevideo
sí quedaría con proporcionalidad: 11
del Frente Amplio, siete colorados, cuatro blancos
y uno del Nuevo Espacio.
Lo que se observa entonces es que el segundo
partido en cada departamento, salvo en Montevideo
(pero sí en departamentos con alta
votación como Canelones, Salto,
Paysandú, Colonia), queda
sistemáticamente excluido o relegado en
relación al tercer partido.
Es decir que es un sistema que genera
múltiples elementos de distorsión:
representación monopólica de un
partido en 14 departamentos, exclusión del
segundo partido en 17 de los 19 departamentos, y
una representación más o menos
proporcional exclusivamente en Montevideo.
Estos son los efectos de terremoto,
sísmicos, que supone la reforma
constitucional propuesta. ¿Por qué
estos efectos tan importantes? Porque no se puede
tocar un elemento de un complejísimo sistema
electoral sin medir todos los otros engranajes que
componen ese sistema. No es tan simple la cosa, y
este sería el efecto de reducir a la mitad
el número de bancas legislativas
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