El pasado
redivivo
Oscar
A.Bottinelli - diálogo con Emiliano
Cotelo
EMILIANO COTELO:
Hoy el politólogo Oscar
Bottinelli, director de Factum, nos propone como
título de su análisis "El pasado
redivivo". Tomamos como punto de partida el
discurso del presidente Jorge Batlle el 1º de
marzo.
OSCAR A. BOTTINELLI:
El hecho de que los análisis
políticos estén algo abandonados
tiene que ver con esta situación muy
especial del país, en que el comienzo de un
gobierno, con toda la agitación que supone,
que siempre genera hechos fuertes -normalmente en
el plano económico pero esta vez ha sido en
otros planos más políticos o
societales- se ve mezclado con una
elección.
EC - Esa era una de las cosas que
llamaba la atención de la reforma
constitucional.
OAB - Nuestra percepción es que
la ciudadanía está mucho más
pendiente de estos temas que de la elección
municipal, aunque hay departamentos donde la
elección es muy reñida y
además los candidatos están
ahí, a la vista.
El 1º de marzo el presidente de la
República oficializa el planteo de un tema.
En el momento de asumir, en uno de los puntos
centrales de su discurso, ubica el "sellar la paz
definitiva". Queda una duda sobre qué quiso
decir con "sellar la paz definitiva": si despejar
diciendo que acá queda un único tema
pendiente -qué pasó con los
desaparecidos, tanto adultos como niños- y
una vez que avancemos en el esclarecimiento se
sella la paz, una paz que no se firma, que es del
espíritu; o si pretendió reabrir la
discusión de todo el pasado. No importa
mucho qué es lo que intentó hacer el
presidente de la República. Lo que importa
es que el pasado empieza a reabrirse. De la
discusión sobre qué se hace,
qué se puede llegar a hacer, qué
voluntades hay o no sobre el esclarecimiento del
destino final de los desaparecidos, y en el caso
particular de los niños, quiénes son
y dónde están, ya se empezó a
discutir -quizás la manifestación del
general Fernández fue un detonante del
tema-, a abrir el pasado y analizar los temas del
perdón o no perdón. Y además,
hay que analizar qué quiere decir
perdón; el otro día hubo unas muy
interesantes reflexiones del ex senador Ignacio de
Posadas a propósito del tema perdón.
Lo cierto es que se está reabriendo el
pasado, que hay que hablar de qué
pasó con Uruguay y cómo se encara
este pasado inmediato.
EC - O no tan inmediato. ¿De qué pasado
estamos hablando?
OAB - En principio, de los 12 años del
régimen militar. Pero los procesos
políticos no nacen de un repollo sino de
procesos históricos y sociales, y el pasado
va un poco más allá. Cuando se reabre
la institucionalidad, a fines de 1984 y comienzos
de 1985, parece que Uruguay opta por lo que podemos
llamar "el tiempo detenido".
EC - ¿Qué es eso?
OAB - Hubo un intervalo autoritario; un país
democrático, civilizado, pacífico,
tolerante, un buen día abre un
paréntesis autoritario que dura 12
años, que termina. Y se restaura ese pasado:
la misma Constitución, los mismos sistemas
políticos, el mismo sistema electoral, los
mismos partidos, los mismos liderazgos. Apenas un
cambio de peso, de rol, de los actores principales.
Está esa idea de que el tiempo
continuó al segundo siguiente de la
interrupción institucional, como en esas
películas que congelan una imagen que luego
continúa.
EC - Hubo algunos ejemplos hasta extremos en ese
sentido, ¿no?
OAB - El ejemplo extremo fue la Universidad de la
República. Uno se imagina esas escenas de
los mismos personajes, los mismos decanos -todos
menos uno-, el mismo rector, sentados en sus mismos
despachos -quizás con algo menos de pelo y
más canas-: 12 años después
continuaba la marcha del reloj, no había
habido más que un profundo silencio.
El debate de ese pasado estuvo básicamente
centrado en un solo tema -muy importante, muy
doloroso para el país-: la violación
de los derechos humanos, que se debate
muchísimo en los años 1984-1985 y
continúa, mezclado con debates laterales que
hacen al tema, hasta el mismo referéndum del
amarillo y el verde, sobre la Ley de Caducidad de
la Pretensión Punitiva del Estado, el 16 de
abril de 1989. Luego el tema queda cerrado, tapado,
oculto, silenciado.
EC - No desaparece del todo.
OAB - Queda como un tema presionado, a veces por
actores políticos o más bien por
organizaciones sociales, directamente vinculadas a
las víctimas, que mueven el tema, pero como
un tema más, no como un tema central. Hasta
este año el tema no había tenido la
centralidad que tiene hoy.
EC - Quizás un destello de debate a
propósito del pasado se dio a
propósito de los 25 años del golpe de
Estado, en el año 1998.
OAB - Se dio algo que yo calificaría como
muy leve. Estos días hemos estado repasando
lo que hubo en el año 1998 -nosotros hicimos
aquí un análisis-; fue algo fugaz, no
se caló hondo. En el fondo hay un gran
"debe" de todas las investigaciones sociales, y lo
decíamos en aquel momento: la
investigación histórica, la
sociológica, la politológica, primero
para saber qué pasó durante el golpe,
de lo que se ha escrito bastante, todavía
sobre todo más en el área testimonial
que en la de investigación profunda, aunque
hay algunos trabajos más o menos puntuales
de algún aspecto del período. Sobre
todo importa saber cómo se llegó a
esa situación, cómo se llegó a
que un buen día se interrumpieran las
instituciones. En especial, cuando analizamos
determinados hechos. Algunos pueden haber ocurrido
después del 27 de junio de 1973, cuando
formalmente se dio el golpe de Estado. En otros
casos el Estado actuó en forma represiva,
acusada de violar los derechos humanos, en el
período constitucional, o al menos antes de
la interrupción institucional. Y hubo otros
actos que provinieron de un ángulo no
estatal y afectaron vidas, que ocurrieron
también en ese período.
Es decir que no ocurrió que, de repente,
alguien mesiánico salió,
sorprendió a todo el mundo e instauró
un golpe de Estado. Hubo un proceso hacia ese golpe
de Estado. Eso es también lo que Uruguay ha
enterrado: cómo fue que el país fue
perdiendo la tolerancia, la convivencia civilizada,
el funcionamiento político. Ningún
golpe de Estado se da con toda la opinión
pública en contra; algo va ocurriendo para
llegar a esa situación.
EC - Tú decías que hay un debe en las
investigaciones sociales acerca del pasado.
OAB - Incluso hay un debe en la reflexión
política, no sólo en las
investigaciones. Hay que ir bastante atrás.
Tampoco hay estudios de opinión
pública de la época que sean serios,
confiables y consistentes, entonces hay que
referirse a percepciones, algunas de ellas del
recuerdo o de actores que vivieron la época
de determinada manera.
EC - El primer problema es a qué fecha nos
remontamos para buscar esas percepciones.
OAB - El tema es cuándo se puede empezar a
estudiar que Uruguay pierde fe en ese destino o
esas formas de vida. Uno rastrea que entre 1955 y
1958 Uruguay empieza a generar
insatisfacción. Uno mira la prensa de la
época y encuentra un país
conflictuado, en el que el debate político
sube a un tono extremadamente duro y que tiene como
efecto que, por primera vez en un Estado moderno,
en elecciones libres y competitivas, pierda el
gobierno el Partido Colorado y lo gane el Partido
Nacional, que gobernará los dos
períodos siguientes (que en aquel momento
eran más cortos y totalizan ocho
años). En ese período, en el comienzo
de los años 60, empieza a percibirse que en
el país los valores de la democracia
pluralista, del sistema democrático-liberal,
empiezan a perder lentamente adhesiones desde
muchos lados. Si observamos prensa de la
época vemos que es entonces cuando se
empieza a hablar de que alguien acusa a otro de un
intento de un golpe de Estado. En la década
anterior no se hablaba de eso.
Empieza la búsqueda de militares en la
política. El primer caso es en 1962, cuando
el sector anti-Luis Batlle, minoritario en el
Partido Colorado, busca refortalecerse con Oscar
Gestido, un general muy civilista. Pero no era un
hombre político típico y no
había habido en ese nivel de candidaturas
ningún militar desde Alfredo Baldomir;
estamos hablando de opciones de primera
línea, no de candidaturas marginales. Este
es uno de esos pequeños síntomas.
Alguno podrá decir que fue un caso
excepcional. Sí: fue excepcional Gestido,
fue excepcional Seregni, fue excepcional
Aguerrondo, pero cuando quisimos acordar, en la
década que fue de 1962 a 1971, tuvimos
varias candidaturas militares, incluyendo la de la
izquierda, o esa centroizquierda-izquierda que
busca romper el bipartidismo tradicional y opta por
un general que la represente.
EC - Que además no venía solo: estaba
acompañado por un grupo de militares de
izquierda.
OAB - Por supuesto, vino acompañado por un
grupo de militares. Del otro lado también
encontramos -sobre todo a partir de lo que
implicó la Revolución Cubana como
gran fenómeno removedor desde el punto de
vista ideológico- la relativización
que va teniendo el concepto de democracia liberal,
de democracia política, a la que se
comenzó a ver como una forma de democracia
limitada, que permitía determinadas
libertades pero que suponía determinadas
formas de acotamiento de democracias más
plenas, más puras o más
auténticas. Más bien era un ejercicio
de elecciones que no representaba realmente la
voluntad de pueblo. Esto no fue común a toda
la izquierda, pero fue un discurso asumido por
algunos plenamente y por otros en forma parcial en
algún momento.
En ese período también tuvimos un
descaecimiento -que no podemos probar, no hay
estudios de opinión, pero hubo una
percepción dominante en los años 60
al respecto- del sistema político, que fue
perdiendo cada vez más peso y prestigio.
Quizás esto estuvo asociado -habría
que investigarlo- a que el país cada vez
daba menos soluciones a las inquietudes de la
gente, había terminado la prosperidad de los
años 40 y primera mitad de los 50 y se
percibía que se vivía cada vez peor.
Hay que ver cuánto era esa
percepción. A veces uno ve cifras de esa
época que no aparecen tan dramáticas
como la visión que se tiene de lo que
ocurrió -lo que importa es la visión
que tiene la gente, no si las cifras coinciden o
no; un país puede estar cayendo poco y la
gente puede no admitir esa pequeña
caída, o al revés, que la
caída sea mucho mayor en indicadores no
medibles-; lo cierto es que había una
percepción de caída del nivel de
vida.
Debido al sistema político por un lado y al
régimen institucional por otro, a la
existencia del colegiado, Uruguay fue quedando
fotografiado cada vez más como un
país sin autoridad. No había un
presidente de la República visible;
había un presidente del Consejo que cambiaba
todos los años, mayorías en el
Consejo de Gobierno que a veces no actuaban
sólidamente... El segundo colegiado blanco
-el último de los cuatro colegiados- tuvo
sin duda muchos problemas internos; muchas veces la
mayoría aparecía dividida, con
algunos rumbos oscilantes. Y a todo esto se
sumó la idea de una dirigencia
política que no se calificaba de corrompida
sino de privilegiada.
Había dos grandes elementos que se
señalaban como el símbolo del
privilegio. Uno era una ley que rigió desde
febrero de 1955 hasta la entrada en vigencia de la
Constitución de 1967, la ley 12.183,
conocida como la "ley de autos baratos" -en una
época en Uruguay los autos eran
extraordinariamente caros, un auto estadounidense
cero kilómetro equivalía al precio de
un apartamento de tres dormitorios en Pocitos; es
como si hoy un auto de los que hoy valen 20 mil
dólares valiera 100 mil o 120 mil
dólares-, por la que los legisladores
tenían derecho a importar autos en las
mismas condiciones que los diplomáticos, a
un precio que equivalía a la tercera o
cuarta parte del valor de mercado. No se hablaba de
los sueldos, que en general eran bastante malos,
sobre todo porque en un período de
inflación los sueldos se fijaban altos,
quedaban congelados y ya a mitad del período
eran bastante insuficientes.
El segundo elemento paradigmático fue lo que
se llamó el 383, un artículo de una
ley presupuestal que establecía un
régimen de ajuste automático de las
pasividades de los legisladores en relación
al sueldo en actividad.
Estos dos elementos fueron los que quedaron
más centrados. Luego comenzaron ideas acerca
de algún tipo de actitudes que podían
suponer actos de corruptela o
corrupción.
Pero por otro lado los años 60
podrían llegar a ser vistos como los
años en que el clientelismo llegó a
su máximo nivel: hubo un aumento muy grande
del número de funcionarios públicos,
una distribución política cuotificada
de los cargos de función pública a
nivel nacional, municipal y de entes
autónomos, en un Estado muy ineficiente; la
legislación relativa a las jubilaciones era
muy generosa para concederlas y muy estricta en su
práctica, había un gran embudo que
sólo se podía atravesar mediante el
favor político, el llamado "pronto
despacho", que permitía jubilarse. Se
tardaba años para obtener un teléfono
y la gran mayoría lo obtenía a
través de un favor político; luego
había cosas menores, como por ejemplo la
concesión de las agencias de quinielas.
EC - ¿Qué pasaba, en ese contexto, con
el comportamiento electoral de los uruguayos?
OAB - Pasaron dos cosas. Primero, se
canalizó contra una institución y se
promovió una reforma para terminar con el
régimen colegiado, si no había
Presidencia el país iba al caos. Así
vino la reforma de 1966, que apuntó a
eliminar privilegios -la ley de autos baratos fue
indirectamente derogada por una disposición
constitucional-, a eliminar el tres y dos en los
entes autónomos -tres miembros por la
mayoría y dos por la minoría, que
simbolizaba la cuotificación de los empleos-
y a otorgar una Presidencia relativamente fuerte,
como lo fue la de la Constitución de 1967 en
relación a los regímenes anteriores.
Pero lo importante es que los partidos
tradicionales seguían en el entorno del 90%
y por lo menos hasta 1966-1971 no se produjo
cambios significativos a su interior.
Inicialmente, el operativo Gestido fracasó,
no tuvo un resultado electoral diferente al de las
fuerzas que lo apoyaban; cambió cuatro
años después, cuando la reforma
constitucional. Inicialmente también en el
Partido Nacional la situación
apareció congelada y cambió realmente
en 1971, con la irrupción de Wilson Ferreira
Aldunate. Hubo un cambio menor en 1966, pero el
cambio real se produjo en 1971. Es decir que
tardó mucho en producirse algún
cambio que sí apareció en 1971, con
el auge del pachequismo en el Partido Colorado, la
irrupción del wilsonismo en el Partido
Nacional y la emergencia del Frente Amplio, que al
obtener el 18% rompió ese bipartidismo
tradicional. Por primera vez las colectividades
tradicionales en Uruguay bajan del 90% y se
sitúan apenas por encima del 80%.
EC - ¿Tú estás introduciendo
esas explicaciones para ir en busca de las
explicaciones para el surgimiento de la
guerrilla?
OAB - No, las daba para mostrar cómo a veces
un país puede ir generando insatisfacciones
sin que se encuentre elementos objetivos claros,
con respecto a los que se pueda decir "acá
está la insatisfacción". La gente
está cambiando el voto; cambian los
partidos, cambian los liderazgos, cambian las
fracciones. La insatisfacción puede ir por
lugares que no se manifiestan.
Observamos que empieza a haber fracasos de
experiencias alternativas como aperturas de nuevos
caminos. La vieja Unión Cívica
deviene en Partido Demócrata Cristiano y en
los años 1962 y 1966 obtiene exactamente el
mismo nivel de respaldo electoral y de
representación política; incluso se
podría decir que ese nivel disminuyó
hacia 1966 al perder la representación en el
Senado. Fracasa la experiencia de la Unión
Popular y el Fidel (Frente Izquierda de
Liberación) sumadas. Es decir, el Fidel es
exitoso -es el surgimiento de la 1001- en la medida
en que crece, pero absorbe buena parte del
electorado que antes apoyaba al Partido Socialista
y que no se expresó en la Unión
Popular, pero la suma de las izquierdas en la
votación de 1962 es la misma que en 1958 y
1966. Es decir que tampoco esas experiencias dan
resultado inmediatamente.
Acá aparece, todavía durante el
régimen colegiado, la guerrilla, la
concepción de que hay un sistema que debe
ser desmontado, que ese sistema no tiene que ver
con estructuras o ingenierías
constitucionales ni electorales, sino que es un
sistema dominante que sólo puede ser
cambiado a través de las armas por una
organización que está representando
los intereses del pueblo. Desde esa visión
comienza la acción guerrillera que
también, desde el punto de vista
fáctico, es el primer desafío a la
persistencia de ese sistema político liberal
o poliárquico, para definirlo en
términos más
politológicos.
Lo cierto es que desde los distintos ángulos
la democracia política -o la democracia
liberal o institucional- en Uruguay va creciendo la
idea de las elecciones -muy fuerte desde algunas
visiones intelectuales y de izquierda, pero
también desde otros ángulos- vistas
como una mera máquina de captación de
votos de actores políticos y no como un
ejercicio de representación. Hay una
película de aquella época que
presenta las elecciones de la forma más
caricaturesca, como es una murga -recordemos la
presentación de una murga haciendo
propaganda por la 1001-, o de la captación
clientelística a través de personajes
como "Nano" Pérez de Cerro Largo y Amanda
Huertas Font, una dirigente política
colorada -de bajo nivel político, en la
medida en que mucho después de la
película recién ingresó
durante un período a la Cámara de
Diputados-, que fueron tomados como elementos
paradigmáticos: "esto son las
elecciones".
EC - Tú estás apuntando los temas,
las cuestiones, cuya discusión está
pendiente, de ese pasado que ahora ha vuelto sobre
la mesa a partir de la iniciativa del presidente
Batlle de sellar definitivamente la paz entre los
uruguayos.
OAB - Estaba reflexionando, tratando de ver el
pasado en su dimensión. Lo primero es
recordar cómo el país fue perdiendo
fe en muchas cosas. Uno puede preguntar cómo
se puede decir que se perdió la fe en la
democracia. Si antes de mencionar la democracia uno
se para, pone la mano en el corazón y la
dice con mayúscula, uno está acusando
a alguien de un pecado capital, pero la realidad es
que por distintas razones se fue perdiendo fe en
cosas que, al perder la fe, dejan de ser sagradas.
Si uno dice que no confía más en los
políticos, que esto no es una democracia,
que no confía más en los partidos,
que las elecciones son una farsa, y otros dicen que
lo que importa es el sistema, que es el pueblo el
que tiene que acceder porque está dominado,
desde los distintos ángulos se va llegando a
que el nombre de esa institución ya no tenga
prestigio, ese sistema tiene poca gente que lo
termine sosteniendo. Esto lleva a distintas
prácticas. Por un lado, a considerar que las
vías institucionales son una de las
vías posibles, y no la única, para
obtener determinados fines, tesis que tuvo mucha
fuerza, sobre todo en la izquierda. Y por otro lado
está la idea de que los sistemas
democráticos son muy buenos pero que
necesitan quien los corrija, los tutele, los cure
de enfermedades, teoría ésta que
avaló buena parte del golpe militar, fue la
teoría que dominó durante todo el
período autoritario.
Recordemos que hubo otra teoría, la que
encarnó el presidente Bordaberry y le
costó el cargo, que no tenía una
concepción correctiva de la democracia sino
una concepción de cambio radical del
sistema, de tipo más corporativo. Es
también la teoría de que la
Constitución puede interpretarse
flexiblemente en la medida en que se vive
situaciones extraordinarias que conllevan la
restricción de las libertades a niveles muy
altos a los efectos del mantenimiento del orden.
Esto llevó, primero, a que Uruguay empezara
a ensayar las medidas prontas de seguridad, que se
habían aplicado una vez en el año
1951 -me estoy refiriendo al último medio
siglo; también habían sido aplicadas
en 1904-, luego fueron utilizadas al término
del primer gobierno blanco, el segundo gobierno
blanco las aplicó en varias oportunidades,
durante períodos más largos.
Uruguay empezó un estatuto de
excepción -no estoy juzgando si estuvo bien
o mal, estoy diciendo cómo lo que es un
estatuto de excepción se aplica cada vez con
más frecuencia y por más tiempo-
hasta que llegamos al 13 de junio de 1968, cuando
Pacheco instauró un sistema de medidas
prontas de seguridad del que en realidad no se
salió nunca hasta el golpe de Estado,
oportunidad en que se salió de todo el
sistema constitucional. Hubo pequeñas
salidas de las medidas prontas de seguridad, se
salía de unas y se entraba en otras, en
algún período fueron sustituidas por
Ley de Seguridad del Estado, pero en gran medida la
excepcionalidad no tuvo más interrupciones.
Eso también implicó una visión
para quienes lo aplicaron que tuvo su justificativo
-cada parte tuvo justificativos coherentes para su
posición, que respondían a una
visión del país, de la historia, del
mundo y de las sociedades- y llevó a que
también ese esquema institucional liberal
tampoco funcionara. Es decir que la forma de
aplicar las medidas institucionales también
implicó interpretaciones extremas de la
Constitución desde el punto de vista
restrictivo.
Entonces llegamos a un país donde empiezan a
ocurrir muchas cosas: muertes, secuestros,
torturas, prisiones, persecuciones por razones
políticas e ideológicas, amenazas de
secuestros y atentados. De ese período
tenemos muchas visiones distintas. Una es la que ha
sido llamada la visión de los demonios: un
país entre las fuerzas armadas de un lado y
una guerrilla de otro, que protagonizaron una
guerra con todos los efectos de una
situación bélica y según la
cual todo lo que Uruguay tiene que ver de su pasado
son los efectos de una guerra. Esta visión
centra mucho el tema en qué hacen los
militares y qué hacen los tupamaros;
éste pide perdón, este otro pide o no
perdón...
Hay otra visión más abarcativa -sin
duda es la que está en las declaraciones del
general Fernández-, que también
considera que hubo una guerra, pero ya en
términos ideológicos: de un lado las
Fuerzas Armadas y del otro una conspiración
universal, más o menos ubicada en el
marxismo, pero que en algún momento abarca
mucho más allá del marxismo, es una
especie de guerra permanente que subsiste hasta
hoy. Por los hechos posteriores parecería
que ésta es una visión muy
restringida, muy poco representativa, pero es una
visión del pasado cuya existencia no se
puede desdeñar.
Luego están las distintas visiones sobre las
deudas pendientes -si se llama así todo lo
que implica las violaciones de derechos humanos-,
hay quienes consideran que hubo dos bandos y ambos
sufrieron, y quienes dicen que no es tan
así, que hubo gente que estuvo presa por
realizar actos que eran delitos en régimen
constitucional y otra que no cometió
ningún tipo de delito sino que sus actos
fueron considerados tales por el régimen
autoritario y entran dentro de los llamados delitos
de opinión y separan las aguas entre unos y
otros.
Luego tenemos el tema de que por qué en
Uruguay en determinado momento empieza a haber
gente detenida y muerta, y por qué luego hay
desaparecidos. Cuando digo muertos me refiero a
gente que muere y cuyo cuerpo es entregado.
¿Por qué se produce ese hecho? ¿Se
produce acá o no, dónde se produce?
Quedan todas las dudas y denuncias que hay de un
lado y otro.
Luego está el tema final referido a
qué amnistió el país y
qué no amnistió. No olvidemos que la
amnistía es algo diferente al perdón;
viene de "amnesis", que significa olvidar.
Jurídicamente, amnistiar es extinguir. En
cuanto a los presos políticos, la gente que
estuvo detenida bajo el régimen militar, que
haya o no cometido delitos desde el punto de vista
de la institucionalidad anterior al 27 de junio de
1973, fue toda amnistiada, excepto los que fueron
considerados culpables -o fueron acusados y
después refrendados por un Tribunal de
Apelaciones no militar-, que no fueron amnistiados,
sino que se por cada día que estuvieron
presos se les computó tres y quedaron todos
con penas cumplidas. Ahí no hubo
amnistía.
Luego viene una discusión acerca de
qué pasó con los responsables de
violaciones de derechos humanos, militares o
funcionarios policiales, amparados por la Ley de
Caducidad de la Pretensión Punitiva del
Estado. ¿Fue una amnistía? ¿Hubo
un olvido desde ese punto de vista o -ésta
es la tesis del wilsonismo- es caducidad, o sea que
el Estado no ejerce la pretensión punitiva,
de penar, sin generar la amnistía en tanto
olvido? Estas cosas pueden parecer exquisiteces
jurídicas, pero quizás no lo sean.
Quizás haya que entrar a analizar si se
puede decir que las tres situaciones son
equiparables en términos sociales y
políticos o si no lo son y por qué se
hizo esta distinción entre estas tres
situaciones.
En otra oportunidad vamos a ir al período
autoritario, sus efectos y las distintas visiones
sobre ello.
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