El uso y el mal uso de las encuestas
Oscar A.
Bottinelli.
Versión no corregida por
el expositor
JOSÉ IRAZÁBAL:
Este 2009 que empieza es el año verdaderamente electoral, el
cual estará absorbido por las campañas hacia el 28 de junio
y luego hacia octubre y noviembre.
Una vedette de estas campañas son, por supuesto, las
encuestas. El politólogo Oscar A. Bottinelli, director de
Factum, dedica este primer espacio del año a analizar
justamente a este protagonista, bajo el título: “El uso y el
mal uso de las encuestas”.
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OSCAR A. BOTTINELLI:
Hoy empezamos el año desde el punto de vista de la
comunicación a través de En Perspectiva. Es un año que va a
estar, en lo político, centrado en las campañas electorales,
y uno de los elementos que se ha transformado en protagónico
en las campañas electorales ha sido las encuestas: el uso y
el mal uso de las encuestas.
¿Qué son las encuestas? Las encuestas de opinión pública son
un instrumento científico, esto es lo primero que hay que
tener en claro. No existen por sí solas, no se ven a simple
vista, no son un árbol del paisaje, sino que son una
medición científica, con un instrumento científico, con el
objetivo de medir los comportamientos, juicios, actitudes y
valores de la sociedad, es decir de esa misma opinión
pública.
Para que una encuesta sea científicamente hecha y de alta
calidad es muy importante atenerse a varios elementos. Uno:
la muestra, es decir, cómo se selecciona, cómo se llega
hasta el individuo. Este es un proceso científico muy
importante que requiere tener muy buena información de
calidad, en este caso información socio-demográfica e
información político-electoral, para hacer muestras que
resulten claramente representativas.
Un segundo tema es el cuestionario, que está constituido por
la pregunta o las preguntas relacionadas al tema que se va a
difundir y la sucesión de preguntas. La sucesión de
preguntas puede sesgar, una puede contaminar las respuestas
de otras.
Tercero: el proceso de datos, que es en última instancia
compatibilizar la muestra real con la muestra ideal. La
muestra real, los individuos que realmente fueron
seleccionados, nunca van a quedar perfectamente en
distribución, por ejemplo de edad y de sexo, a lo que es la
muestra ideal del país y eso requiere tener procesos
científicos de ajuste.
En cuarto término: cómo se presentan los datos y cómo se
interpretan los mismos.
Y en quinto lugar, para una encuesta es importante la
calidad de los encuestadores. No cualquiera puede encuestar,
el encuestador tiene que ser una persona formada. En el caso
nuestro –Factum–, empleamos estudiantes avanzados o
profesionales en ciencias sociales o disciplinas afines como
sicología y ciencias de la comunicación. Y además es
importantísima la empatía que se logra entre encuestador y
encuestado, donde influye la presentación de la persona, el
manejo del idioma, si tiene acentos particulares, el grado
de naturalidad de la actitud con que encara la entrevista.
Cómo se presentan también es un tema clave. Los códigos
internacionales de ética; básicamente hay un gran código
compartido por la Organización Mundial de Empresas de
Investigación de Mercado y la Wapor (la Asociación Mundial
de Investigadores de Opinión Pública), que tienen un código
general de ética para la difusión de cualquier tipo de
encuestas y a su vez un código más riguroso especial para la
difusión de encuestas político-electorales, lo que se le
llama “opinion polls”.
Es necesario definir cuál es el universo con una descripción
detallada de los lugares de relevamiento. Tiene que decirse
cuál es la metodología de la muestra, cuál es la metodología
del relevamiento, la cantidad de casos, la fecha en que se
hizo el relevamiento, la recopilación de datos, cuál es el
máximo margen de error para un determinado nivel de
confianza. Y una cosa fundamental, que rara vez en Uruguay
se cumple: cuál es la o las preguntas. Acá hay empresas de
primera línea que difunden datos y jamás ponen cuál es la
pregunta. Los datos que se publican son las respuestas a
preguntas; si no está la pregunta, el dato en realidad
carece de valor científico, esta es una falla muy habitual
en Uruguay.
Tenemos qué son y cómo se presentan, pero vamos a ver para
qué sirven las encuestas. Las encuestas bien usadas sirven
para dos grandes cosas: una, que es lo que ocurre cuando
difundimos las encuestas a través de medios de comunicación
-lo que hacemos aquí en En Perspectiva-, es para que la
sociedad se vea reflejada a sí misma. Es decir, la gente a
través de una encuesta se ve al espejo. Ve el conjunto de la
sociedad, qué es lo que piensa, cuáles son sus valores,
cuáles son sus juicios, cuáles son sus posibles actitudes.
Esa es una labor que se cumple con la difusión de las
encuestas.
La otra, es una guía para los actores políticos o actores
sociales, para que puedan ver cómo es la opinión pública,
verla mucho más al microscopio, ver por diferentes tramos de
edad, por sexo, los diferentes niveles educativos, los
diferentes niveles socio-económicos, según la ocupación de
la gente, los tramos etarios –distintas formas de ver los
tramos etarios-, para ver fortalezas y debilidades de sí
mismos, fortalezas y debilidades de los contrarios, cómo se
debe operar; para ver cuando se adopta un tema si la opinión
pública lo recibe bien o mal.
Y frente a esto el actor político puede hacer muchas cosas;
puede decir: “al diablo, la mayoría del país está en contra
de lo que yo pienso y por eso no voy a cambiar de manera de
pensar, lo que tendré es que redoblar el esfuerzo para ver
si convenzo a la gente”. Y hay otro que dice: “este tema no
es tan importante, no es de principios, y me sirve lo que
dice la gente para cambiar las prioridades”. Si estamos
hablando del aborto, ningún dirigente político cambia su
punto de vista porque la gente esté a favor o en contra. Si
estamos hablando sobre si es más importante poner semáforos
o pavimentar calles, un gobernante municipal cambia las
prioridades, porque no es un tema de principios, y le
orienta sobre la predisposición de la sociedad.
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Ahora hablemos del mal uso. En las campañas electorales es
común el uso indebido de las encuestas. Ocurre cuando la
encuesta, en lugar de usarse para que la sociedad se vea al
espejo o para que los actores sepan cómo operar, se usa como
propaganda. Ya no es entonces “miren la realidad es esta”,
sino “con esto demuestro que a mí me va mejor y que al
contrario le va peor”.
En general, en esto hay un problema, y es que en Uruguay a
los medios de comunicación les está faltando mucho rigor en
la difusión de encuestas. Y Uruguay debería ir, como ha ido
toda Europa, hacia exigencias legales para la difusión de
encuestas, no para limitar la difusión, sino para garantizar
que el público recibe un producto genuino y no se le venda
“gato por liebre”, para decirlo en términos vulgares.
¿De qué cosas hay que cuidarse? Primero: no es lo mismo
cuando el instituto, consultora, o empresa que hace una
encuesta la difunde bajo su responsabilidad, con su cara,
con su voz o con su firma, a cuando parece una filtración, a
cuando alguien dice que una empresa hizo una encuesta que da
tal cosa. Aunque se presente la fotocopia del estudio no se
sabe si esa fotocopia es de todo el estudio, si no falta
nada, si se hizo para difundir o se hizo para estudiar
escenarios hipotéticos.
Las filtraciones son un peligro al cual hay muchos actores
políticos muy adictos. Los institutos o empresas tenemos
posturas diferentes sobre ellas. Hay empresas que facilitan
que se filtren los datos y hay algunas -como el caso de
Factum- que estamos en el extremo opuesto; le hacemos la
guerra y levantamos los techos cada vez que alguien filtra
indebidamente un dato nuestro, son conductas todas válidas
pero diferentes.
Segundo: el tema de las empresas dudosas, empresas que no se
conocen los responsables o no tienen credenciales, y ni
hablar cuando son empresas inexistentes. En Uruguay tuvimos
dos casos: uno se llamaba Doxa, que salía en un diario y lo
único que había era una dirección de correo electrónico, no
se sabía más nada que eso.
Y otra, que fue un juego un poco sucio. Se llamaba Equipos
Consultores Celade; usaba las dos primeras palabras del
nombre de una prestigiosa encuestadora de plaza -es decir se
estaba engañando- y Celade, que era parecido a un
prestigioso instituto de investigación. No había ninguna
empresa con este nombre y se divulgaban datos al revés de
todos los demás para demostrar que a quien en todas las
encuestas daban perdiendo aparecía ganando.
O lo que pasó hacia mediados de diciembre, próximo al
Congreso del Frente Amplio, cuando aparece una encuesta
argentina. Era muy confuso cómo se hizo la encuesta, lo que
se pudo averiguar por ahí es que se llamó a algunos hogares
de Montevideo, a algunas capitales del interior, no a otras
ciudades del interior, que no hubo muestra de hogares, que
fueron números telefónicos al azar, encuestados desde Buenos
Aires, por encuestadores con voz y acento argentino, no se
conocen las preguntas que se hicieron, pero sí que
obtuvieron un 24% de gente que no contestaba –lo que ya era
un disparate- y no se sabe los que rechazaron la encuesta. Y
esto se usa el día antes del Congreso para dar un escenario
exactamente al revés del que daban las encuestas serias en
el Uruguay; esto es el colmo de las manipulaciones.
Acá debería haber una conducta más rigurosa en los medios de
comunicación, que no deberían estar difundiendo cualquier
cosa sin saber la calidad que tiene. Pero también tiene que
haber una actitud del público, que es saber cuándo está
frente a una encuesta seria, donde la empresa o instituto
responsable está dando la cara y lo está divulgando, y
cuándo está frente a filtraciones que no sabe qué calidad
tienen, o cuando ya está frente a cosas que no tiene idea ni
siquiera del origen.
Hay que tener mucho cuidado con este juego que muchas veces
tiende a confundir, a tratar de ensuciar la cancha, a que la
realidad resulte ocultada mediante la presentación de
elementos que no son correctos.
Las encuestas son un elemento imprescindible en el mundo
moderno, son imprescindibles en las campañas electorales. Es
muy positivo que la gente pueda tener un reflejo de lo que
es la propia sociedad que integra, pero es bueno precaverse
también del mal uso de las encuestas que ha venido siendo
creciente en Uruguay en los últimos tiempos.
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