EMILIANO COTELO:
Hace 20 años Uruguay
vivió una intensa
campaña electoral
que terminó con dos
hechos históricos:
la primera y única
elección popular de
un presidente de la
República del
Partido Nacional y
la primera elección
de un frenteamplista
a un cargo de
gobierno.
Una elección de esas
características hizo
que aquí, de hecho,
hubiera sordina
hacia lo que
resonaba en el mundo
entero, el proceso
que se asocia con la
caída del muro de
Berlín.
Hoy, el politólogo
Oscar A. Bottinelli,
director de Factum,
trae aquel entorno
para referirse a la
relación entre la
situación mundial en
medio de una campaña
electoral uruguaya.
El título que nos
ofrece para su
análisis: “La
segunda caída del
muro de Berlín”.
***
EC – Oscar, vamos a
ubicarnos en el año
1989.
OSCAR A. BOTTINELLI:
Exacto. Además,
ocurre normalmente,
y nos pasa en la
vida cotidiana, que
lo profundo queda
oculto por lo
inmediato y lo
urgente. Muchas
veces dejamos de
lado lo principal
para ver lo que está
al alcance de la
mano.
En 1989 hubo una
elección histórica.
Recordemos que el
Partido Colorado
(PC) empezaba el año
con la idea de que
no tenía riesgos en
su elección,
sobreviene la
confrontación por la
candidatura
presidencial del
Batllismo Unido,
Batlle-Tarigo, que
en definitiva fue el
primer episodio, que
duró muchísimos
años, de
confrontación dura
entre Batlle y
Sanguinetti. El
Partido Nacional (PN)
vivía el reacomodo
de la muerte -en el
año anterior- de
Wilson Ferreira
Aldunate. El Frente
Amplio (FA) sufría
una ruptura en
términos de respaldo
electoral de los
grupos que quedaban
de un lado y otro
por mitades; lo que
se iba del FA
representaba la
mitad del electorado
en relación a lo que
quedaba; era el año
de la aparición de
Tabaré Vázquez y el
triunfo de Lacalle,
cuando hoy se piensa
que el PN es un
partido que tiene
chances de ganar, lo
tuvo ya en varias
elecciones. Pensar
que fue la única vez
en la historia del
Uruguay que fue
elegido un
presidente de la
República del PN por
voto popular es
necesario marcarlo
para ver la
dimensión histórica
que tuvo eso.
En medio de esta
campaña electoral
con tantos
acontecimientos
novedosos hubo
hechos históricos.
La caída del muro de
Berlín, o más
exactamente el
proceso que
desemboca en la
caída del muro de
Berlín en la noche
del 9 al 10 de
noviembre,
prácticamente quedó
en la sordina en
este país.
Pero quizás más
importante que la
caída del muro de
Berlín fueron las
elecciones polacas
del 4 y el 18 de
junio en que la
oposición -el
Solidaridad- obtuvo
en el Senado 99 de
100 escaños.
EC – Un resultado
impresionante.
OB – Claro, ahí tuvo
que ver un poco el
sistema electoral,
no es que ganaron 99
a 1 en porcentaje de
votos pero arrasó en
la elección
senatorial. Ahí
quizás es el
comienzo más visible
de este proceso del
que se toma el muro
de Berlín como el
hecho más detonante
y que luego
culminará con la
caída del socialismo
real, con la
disolución del
todopoderoso Partido
Comunista de la
Unión Soviética el
23 de agosto del 91
y en la Navidad de
ese año ya el fin de
la Unión Soviética.
Pero resulta que a
pocos días de la
caída del muro de
Berlín, una cosa que
sorprendió a muchos
en el mundo –por lo
menos a los que
ponen el foco en
Uruguay- es el éxito
espectacular de la
1001 y del Partido
Comunista; cuando en
el mundo había un
crack del comunismo,
en Uruguay tenía el
Partido Comunista
tenía la votación
más espectacular de
su historia y se
transformaba en la
fuerza dominante del
FA. Pero además,
analizando los
grupos por separado
era la segunda
fuerza política del
Uruguay.
EC – Y
simultáneamente el
FA como tal accedía
por primera vez a un
cargo ejecutivo: el
cargo de intendente
de Montevideo.
OB – Exacto, el
gobierno del
departamento de
Montevideo.
Ahora bien, lo
importante es cómo
fue que se recibió
la caída del
socialismo real por
parte de sus
admiradores o de los
sostenedores de la
idea. Fue un
fenomenal impacto
emocional, esto se
vio fundamentalmente
a partir del 90.
Inmediatamente
quebró en sus
convicciones a
muchísima gente y no
sólo gente comunista
o simpatizante del
Partido Comunista,
hubo un fuerte
quiebre ideológico
en la izquierda, un
cierto autismo de
otros que decían:
“nosotros nunca
adherimos a ese
régimen”, como que
el tema no le
pasaba. En otros
hubo una actitud de
aumento de
crispación contra el
capitalismo. Pero
fue algo que impactó
muy fuerte
emocionalmente.
EC – ¿Y por qué
ahora tú hablas de
la segunda caída del
muro de Berlín?
OB – Primero
conviene ver en qué
está el Uruguay. Por
ahora, en este país
lo que se observa a
nivel de sociedad de
opinión pública es
que se está mirando
la crisis
internacional por la
pantalla de la
televisión. Se está
más asustado por la
sequía y sus efectos
que por la crisis.
Los políticos o
economistas que
advierten sobre los
impactos que puede
tener en Uruguay
tienen que insistir
permanentemente:
“atiendan que existe
este problema”. No
está cotidianamente
en la calle como sí
está –obviamente- en
Europa, en Estados
Unidos, o ahora en
Argentina. Quizás lo
que más le llega a
la gente son las
dificultades que
está viendo en
familiares y amigos
que retornan de
España en esta
vuelta de la flecha
que se está
produciendo. Pero lo
que acapara la
atención de la gente
es quién gana. ¿Qué
pasa con Astori,
Mujica y Carámbula?,
¿gana Lacalle o
Larrañaga?, ¿qué
pasa con los
colorados? La crisis
internacional es
algo como:
“atiendan, miren lo
que está pasando en
el mundo”.
EC – ¿Lo de la
crisis internacional
es lo que nos
termina llevando al
título del análisis
de hoy?
OB – Exacto. El
multimillonario y
mega especulador
–como dicen algunos–
George Soros, un
hombre muy escuchado
por los líderes
mundiales, dijo hace
pocos días: “La
actual crisis
económica se remonta
a la desregulación
financiera de los
años 80, e indica el
fin de un modelo de
libre mercado que ha
predominado desde
entonces en los
países capitalistas.
Los reguladores son
en parte -hablando
de los años 80-
culpables porque
abrogaron sus
responsabilidades”.
Dice que “la
filosofía del
fundamentalismo de
un mercado se
encuentra ahora en
un entredicho porque
los mercados
financieros han
demostrado ser
ineficaces y dejarse
influir por
intenciones
tendenciosas en
lugar de guiarse por
toda la información
disponible”.
La frase resume un
concepto de un
multimillonario
sobre lo que se ve
todos los días, la
discusión que hay en
Estados Unidos o en
el Reino Unido sobre
la nacionalización
de los grandes
bancos,
nacionalización
parcial,
nacionalización
mayoritaria,
nacionalización
total, o fuerte
intervención en -por
ejemplo en Estados
Unidos- en las
gigantes del
automóvil. Esto es
un golpe muy fuerte
a los sustentadores
de la filosofía del
libre mercado y a
los rígidamente
contrarios a la
regulación y al
intervencionismo
estatal.
Esta discusión
ideológica se está
viendo muy fuerte en
Europa, también se
está viendo en
Estados Unidos, pero
en Europa es más
fuerte porque ahí la
controversia
-derecha/izquierda-
es más nítida, más
clara. Empiezan a
resonar conceptos
como nacionalizar la
banca, de lo cual
hace años que el FA
dejó de hablar; más
bien los sectores
radicales quedaron
identificados porque
decían: “siguen
hablando de estos
temas”, quedaban
como temas de
carácter histórico o
ideas de modelo.
Sorprende que ahora
el tema esté
apareciendo en la
primera plana del
mundo.
EC – Sí, se trata de
proyectos o
intenciones de
nacionalizar la
banca de manera
temporal, no se
habla de soluciones
definitivas de
nacionalización,
pero de todos modos
es suficientemente
removedor.
OB – Claro, aunque
sea temporal lo
cierto es que la
banca pasa a manos
del Estado lo cual
se consideraba que
afectaba el juego
del libre mercado.
Por lo tanto, desde
el punto de vista de
la concepción hay
una afectación muy
fuerte a las
concepciones más
fundamentales del
libre mercado así
como hace veinte
años hubo una
afectación muy
fuerte de la
concepción del papel
del Estado, de la
que realmente hay
que hablaren dos
partes: nosotros nos
referimos al muro de
Berlín pero también
hay que hablar de lo
que fue la
afectación de las
concepciones
estatistas desde el
ángulo de los
estados de bienestar
-los “welfare states”-,
de los modelos más
asociados tanto a la
socialdemocracia
como a la economía
social de mercado
impulsada por el
social-cristianismo,
sobre todo en
Europa, donde ese
rol del Estado fue
cuestionado y
empezaron las
desestatizaciones en
los países que
habían adherido a
ese concepto del
Estado. En este
momento, aunque sea
una medida de
emergencia es un
quiebre ideológico
fundamental.
Ahora, mitigando el
título, ¿cuál es la
diferencia
importante con lo
ocurrido hace veinte
años? Los libre-mercadistas
extremos no
manifiestan por
ahora ningún
derrumbe en sus
convicciones, en
gran medida porque
están diciendo
“bueno, esto es una
cosa pasajera y una
emergencia”.
Recordemos que
también cuando
empieza la crisis de
los estados de
bienestar o del
socialismo real se
decía: “bueno, esto
es pasajero, las
ideas fundamentales
no van a quedar en
entredicho”; dos
años después
quedaron en
entredicho.
Lo que sí es igual a
la campaña electoral
de hace veinte años
es que está
discusión
fuertemente
ideológica no ha
siquiera rozado la
campaña electoral,
no se ve a los
grandes dirigentes
políticos estar
discutiendo sobre
este tema como no
fue rozada siquiera
-hace veinte años-
la caída del muro de
Berlín, de la cual
casi no se habló en
la campaña
electoral.
En el juego de las
ideologías el mundo
siente un golpe tan
fuerte como el de
hace veinte años
pero con una
diferencia
fundamental que se
da en el terreno
político: la caída
del socialismo real
o del comunismo
arrastró a un modelo
político. La caída
del mercado libre no
hace mella en el
sistema político en
que se movía, el que
goza de muy buena
salud. Acá hay una
diferenciación muy
fuerte de lo que es
la concepción de lo
económico en el
mundo, en la
sociedad y en lo
político, de la
concepción del
sistema político
como tal; acá uno es
el que está afectado
y el político el que
no.
Y tampoco cambió el
esquema de poder ni
el esquema de
confrontación en el
mundo, que hace
veinte años cambió
radicalmente: dejó
de existir el mundo
bipolar tal cual se
conoció desde la
Segunda Guerra
Mundial para dar
lugar al actual.
Esta crisis
económica no va a
crear afectaciones
sobre los esquemas
de poder en el
mundo, y esa es la
otra gran
diferencia.
Pero lo que sí sigue
siendo parecido es
que estamos
asistiendo a una
crisis de una
envergadura
fenomenal, tanto o
mayor -desde el
punto de vista
económico- que la de
los años 30, y al
Uruguay en su
campaña electoral le
cuesta oír los
sonidos que llegan
del mundo.