Existe
una
relativa
separación
entre
los
actores
políticos
y la
gente.
No
una
separación
extrema,
ya
que
Uruguay
está
muy
lejos
del
“que
se
vayan
todos”,
que
fue
dominante
en
la
Argentina
de
comienzos
de
este
siglo.
Pero
tampoco
una
conformidad
total.
El
dato
más
elocuente
fueron
los
“gritos
del
silencio”
del
pasado
9 de
mayo,
cuando
las
elecciones
departamentales,
cuando
uno
de
cada
nueve
electores
radicados
en
el
país
tuvo
una
actitud
refractaria
y
todos
los
partidos
en
su
conjunto
sufrieron
una
pérdida
de
más
de
un
cuarto
de
millón
de
votos,
exactamente
256.490.
El
Frente
Amplio
perdió
167
mis
votos,
el
Partido
Colorado
casi
60
mil,
los
dos
partidos
menores
casi
40
mil
y el
Partido
Nacional,
en
medio
de
esa
debacle,
apenas
captó
14
mil,
pero
debió
sufrir
la
pérdida
de
47
mil
adhesiones
en
Montevideo
y
Canelones.
Estos
son
datos
contundentes,
que
surgen
de
las
urnas,
de
los
votos
contantes
y
sonantes,
y a
los
que
no
se
puede
descalificar
con
aquello
tan
manido
de
“las
encuestas
se
equivocan”,
porque
no
son
encuestas,
sino
datos
que
surgen
del
cómputo
de
los
votos
y de
la
comparación
de
los
votos
entre
sí.
En
otras
palabras,
están
más
allá
de
toda
discusión
y de
todo
cuestionamiento.
¿Cuál
es
la
adhesión
electoral
macro
a
los
partidos
políticos?
Mucho
menor
de
la
que
creen
sus
dirigentes:
Frente
Amplio,
40,6%;
Partido
Nacional,
29,0%;
Partido
Colorado,
14,4%;
Partido
Independiente,
0,8%;
Asamblea
Popular,
0,6%.
Total
de
adhesión
a
los
partidos
políticos:
86,1%
del
total
del
electorado
residente
en
el
país.
Hay
pues
un
13,9%
que
no
adhiere
a
ningún
partido,
y en
algún
momento
deja
de
votar,
o lo
hace
en
blanco
o
busca
anular
el
voto.
En
otras
palabras,
ni
el
Frente
Amplio
tiene
el
respaldo
del
48%,
ni
el
Partido
Colorado
del
17%,
ni
el
Partido
Independiente
supera
el
2%.
Más
o
menos
el
Partido
Nacional
está
en
lo
que
estuvo
en
octubre,
pero
sin
capacidad
alguna
de
quitarle
votos
a
los
demás.
Este
fenómeno
de
crecimiento
del
descreimiento
en
la
política,
los
políticos
y
los
partidos
tiene
como
elemento
central
la
disconformidad
con
la
forma
en
que
actúan
los
actores
políticos,
con
las
formas
de
hacer
política.
En
esa
disconformidad
cabe
poner
el
acento
en
varios
elementos:
Uno.
La
política
vista
como
una
lucha
por
el
logro
personal.
El
político
no
como
referente,
intérprete
o
intermediario
entre
la
gente
y el
poder,
sino
como
un
hombre
que
busca
sus
objetivos
individuales,
ya
fueren
económicos,
de
poder
o de
prestigio.
Dos.
Altamente
relacionado
con
lo
anterior,
la
distribución
de
los
cargos
del
Estado
como
premios
en
función
de
votos
obtenidos
o de
aportes
a
las
campañas
electorales,
con
relativa
independencia
(y
en
algunos
casos
con
total
independencia)
de
las
condiciones
para
el
cargo,
la
capacidad
personal
o
técnica,
o el
conocimiento
de
la
materia.
El
actual
proceso
de
distribución
de
los
cargos
principales
del
sector
público
manifiesta
que
en
líneas
generales
se
ha
mantenido
y
hasta
exacerbado
ese
comportamiento
que
provoca
la
oposición
de
la
ciudadanía.
Inclusive
sectores
que
han
surgido
o
crecido
en
el
discurso
hacia
nuevas
formas
de
hacer
política,
en
esta
materia
han
demostrado
caminar
por
los
mismos
caminos
que
trillan
los
demás
sectores
políticos.
Casi
nadie,
o
muy
pero
muy
pocos,
pueden
tirar
la
primera
piedra.
Tres.
La
política
como
escenario
donde
cada
uno
busca
y
rebusca
qué
puede
endilgarle
al
otro,
como
se
observa
en
el
debate
parlamentario
sobre
la
tragedia
de
la
cárcel
de
Rocha.
Ese
debate
va
exactamente
por
el
camino
opuesto
al
que
reclama
la
sociedad,
que
es
el
camino
del
cruce
de
ideas,
proyectos,
propuestas
y
hasta
contraposición
de
valores.
Pero
no
por
el
juego
de
la
culpa
es
tuya,
del
“no,
fue
tuya
primero”,
“no,
yo
no,
tú”.
A
ello
cabe
sumar
otro
tema.
La
gente
quiere
que
se
la
convoque,
que
se
exalten
proyectos,
que
se
la
haga
soñar.
Pero
luego
aspira
a
que
algo
de
eso
se
aterrice,
se
traduzca
en
medidas
concretas
de
gobierno,
en
planes
sensatos.
No
quiere
que
por
los
meses
de
los
meses
se
hable
de
lo
que
no
funciona
bien
y
cómo
deberían
funcionar
bien,
si
no
se
ejecutan
las
cosas
para
que
funcionen
como
creen
que
se
deben
funcionar.
La
gente
quiere
que
no
se
despilfarre
dinero,
pero
tampoco
que
las
cosas
no
se
hagan
para
no
gastar,
porque
entonces
el
despilfarro
es
mayor.
La
conducta
de
que
nadie
se
mueve
porque
enseguida
viene
el
grito
de
“qué
mal
eso”,
lleva
al
sistema
político
a la
parálisis.
¿Qué
es
lo
que
ha
demostrado
la
gente
que
quiere
de
los
elencos
políticos?
Lo
demostrado
entre
la
finalización
del
balotaje
y
unos
días
atrás,
quizás
un
par
de
semanas
atrás:
Uno.
Voluntad
de
entendimiento
Dos.
Actuar
en
la
búsqueda
de
comprender
el
uno
al
otro,
que
comprender
no
quiere
decir
pensar
igual,
sino
quiere
decir
encontrar
los
puntos
en
común,
ver
efectivamente
dónde
están
y
por
qué
los
puntos
de
discrepancia,
y
entender
que
la
discrepancia
puede
ser
– y
debe
ser
–
producto
de
la
diferencia
en
los
valores
y en
la
concepción
de
la
sociedad
Tres.
Privilegiar
los
entendimientos
sobre
los
disensos,
salvo
cuando
estos
disensos
fueren
producto
de
confrontación
de
valores
muy
profundos
y
muy
arraigados.
Cuatro.
No
actuar
inspirados
por
el
presunto
rédito
electoral,
que
no
es
un
rédito
real
sino
un
espejismo
que
mueve
a
muchos
actores
políticos
y
está
lejos,
muy
lejos
de
cualquier
rédito.
Los
síntomas
demostrados
en
estos
días
son
preocupantes:
falta
de
aterrizaje
del
gobierno,
pegar
el
grito
para
que
no
se
gaste
nada
no
sea
cosa
que
la
gente
conozca
al
país,
buscar
quién
le
tira
a
quién
la
culpa
por
unos
cuantos
muertos.
Como
los
actores
que
actuaron
a
gusto
de
la
gente
de
diciembre
a
junio
son
los
mismos
que
actúan
en
julio,
entonces
quiere
decir
que
pueden
volver
a
actuar
como
lo
hicieron,
y
con
ello
robustecer
el
apoyo
ciudadano
al
sistema
político.
Porque
no
hay
democracia
sólida
sin
sistema
político
sólido,
y no
hay
sistema
político
sólido
sin
confianza
de
la
gente.