Cinco
años
parece
mucho
tiempo,
como
que
son
60
meses
o
1826
días.
Pero
en
realidad
el
tiempo
útil
de
gobierno
es
mucho
menor.
Para
empezar
hay
que
descontar
el
último
año
centrado
en
la
campaña
electoral;
y
también
el
año
anterior,
en
el
que
no
hay
espacio
para
impulsar
nuevas
iniciativas,
sino
tan
solo
para
avanzar
y
concluir
lo
ya
iniciado.
El
tiempo
del
desarrollo
de
proyectos
se
reduce
a
los
tres
primeros
años,
de
calendario
civil,
que
en
buen
romance
significan
34
meses,
periodo
que
la
literatura
política
ha
consagrado
como
“los
mil
días”.
Ese
es
el
tiempo
total
de
gobierno,
el
tiempo
para
trazar
objetivos,
diseñar
proyectos,
evaluar
viabilidades,
poner
en
marcha
las
iniciativas
y
avanzar
lo
suficiente
como
para
que
pudiere
esperarse
no
se
detuviesen.
En
ese
juego
de
los
números
mágicos,
hay
otros
dos
consagrados
en
la
literatura
política:
“los
primeros
cien
días”,
que
es
el
tiempo
para
impulsar
todos
los
proyectos
madre
de
un
gobierno,
y
“los
primeros
trescientos
días”,
que
marcan
el
final
para
pensar
proyectos
y
formular
iniciativas.
Lo
que
en
ese
momento
no
comenzó,
ya
quedó
fuera.
Los
partidos
políticos,
todos
ellos,
cuentan
con
importantes
y
numerosas
“comisiones
de
Programa”,
además
de
similares
entidades
en
al
menos
todos
los
sectores
importantes.
Además
existen
muchas
fundaciones
y
centros
de
estudio
paralelos
a
los
partidos,
sectores
y
candidaturas,
que
se
supone
ofician
de
“think
tank”,
es
decir,
de
núcleos
de
elaboración
de
pensamiento,
proyectos,
propósitos
y
objetivos.
Durante
las
campañas
electorales,
es
decir,
a lo
largo
del
tiempo
que
va
desde
el
lanzamiento
de
las
candidaturas
hasta
las
elecciones,
esos
productos
de
comisiones
de
programa
y
centros
de
estudio
se
transforman
en
libros
y
folletos,
y
son
la
base
de
seminarios,
conferencias,
mesas
redondas,
presentaciones
en
medios
de
comunicación.
Todo
indica
que
cuando
un
gobierno
es
electo
afina
ese
programa,
y a
partir
del
1°
de
marzo
comienza
su
puesta
en
práctica.
Se
supone
que
cuando
la
ciudadanía
vota
un
cambio
de
partidos
apuesta
a
que
haya
en
mayor
o
menor
grado
un
cambio
de
programa,
y
que
cuando
reelige
al
mismo
partido
apuesta
a
que
también
en
mayor
o
menor
grado
se
continúe
el
programa,
los
proyectos,
los
objetivos
y la
obra
del
gobierno
anterior.
La
enorme
ventaja
que
lleva
un
partido
reelegido
sobre
uno
alternativo,
es
que
aquél
cuenta
con
las
ventajas
de
los
aciertos
y
los
errores
del
periodo
anterior,
y
cuenta
con
todos
los
estudios
y
ensayos
de
sus
predecesores.
Aquí
termina
la
teoría
y
comienza
la
observación
práctica.
Desde
la
restauración
institucional
se
han
instalado
en
el
país
seis
gobiernos,
dos
de
los
cuales
han
sido
continuidad
del
mismo
partido[i].
Si a
un
observador
lejano
se
le
plantea
el
ejercicio
de
detectar
cuándo
en
los
seis
gobiernos
hubo
continuidad
de
partido
y
cuándo
ruptura,
tendrá
un
serio
problema.
La
gran
mayoría
de
los
gobiernos,
cuatro
de
los
cinco
(para
excluir
al
primero,
que
por
esencia
era
rupturista,
al
suceder
a un
gobierno
militar),
se
han
visto
a sí
mismos
como
refundacionales,
como
cambio
y
ruptura.
Tan
solo
uno
puede
verse
como
esencialmente
continuador,
y
precisamente
no
por
ser
del
mismo
partido
de
su
antecesor.
Un
fenómeno
dominante
en
el
actual
gobierno,
perceptible
en
varios
gobiernos
anteriores,
es
que
asumen
el
poder
con
grandes
ideas
fuerzas,
pero
las
mismas
no
van
siempre
acompañas
de
proyectos
concretos,
de
planes
de
realización,
de
estudios
de
viabilidad,
ni
mucho
menos
de
análisis
de
fuerzas,
de
factores
propiciatorios
y de
factores
refractarios.
Y
que
mucho
de
lo
que
deja
el
gobierno
anterior
queda
rápidamente
de
lado.
Así
surge
al
desnudo,
en
éste
y en
otros
gobiernos,
que
las
comisiones
de
programa
elaboran
fundamentalmente
catálogos
de
buenos
propósitos,
no
verdaderos
programas,
lo
mismo
que
los
centros
de
estudio.
Es
recién
en
el
gobierno
cuando
el
objetivo
genérico
se
transforma
en
objetivos
concretos,
y se
trazan
los
planes,
programas,
estudios
de
viabilidad
y
cronogramas.
Ocurre
entonces
que
el
tiempo
que
debió
destinarse
antes,
durante
la
lucha
por
el
poder,
se
consume
en
el
propio
gobierno,
que
los
“primeros
cien
días”
son
días
de
estudio,
diagnóstico
y
planificación,
que
el
primer
año
se
consume
en
parar
al
gobierno
en
la
cancha,
y
así
el
tiempo
útil
de
gobierno,
de
por
sí
estrecho,
resulta
todavía
más
reducido
de
lo
necesario.
Los
tiempos
de
bonanza
económica
sirven
para
ocultar
estos
fenómenos,
mientras
que
los
tiempos
de
crisis
los
presentan
en
carne
viva
y
agigantan.
Ahora
bien,
lo
que
no
se
hizo
antes
ahora
ya
es
tarde,
y lo
más
que
puede
hacer
el
gobierno
es
acelerar
los
tiempos
para
recuperar
lo
más
perdido,
para
resistir
todo
lo
posible
el
achicamiento
del
tiempo
útil
de
gobierno.
Lo
importante
en
términos
estratégicos
es
que
alguien
tome
nota
de
que
el
país
necesita
partidos
fuertes,
organizados,
que
por
sí
solos
o a
través
de
centros
de
estudios,
de
“think
tank”,
elaboren
los
proyectos
concretos
que
posibiliten
comenzar
a
gobernar
en
el
minuto
siguiente
a la
promesa
del
mando.
La
otra
lección
importante
surge
del
discurso
del
presidente
Mujica
ante
la
Asamblea
General:
ver
los
tiempos
como
un
largo
y
único
proceso
de
continuidad,
más
allá
de
hombres
y de
partidos,
donde
lo
proyectado
y
realizado
por
unos
es
el
punto
de
partida
de
la
proyección
y
realización
del
siguiente.
Este
gobierno
en
tres
o
cuatro
áreas
se
ha
estrenado
con
planes
y
objetivos
concretos,
con
diagnósticos
precisos,
objetivos
claros
y
planes
viables.
Pero
en
otras
áreas
no
aparecen
tan
claros
los
objetivos,
o si
son
claros
los
objetivos
no
aparece
claro
la
existencia
de
planes
realizables.
[i]En 1999, el Colorado; en 2009, el Frente Amplio