En
el
mercado
interno
las
empresas
apuestan
a la
difusión
de
su
marca
como
un
elemento
previo
y
esencial
al
posicionamiento
en
el
mercado.
Es
decir,
primero
se
camina
hacia
la
construcción
de
una
imagen
(además,
que
resulte
positiva)
en
torno
a
una
marca
(que
puede
ser
de
una
empresa
o de
un
producto)
y
luego
se
pretende
traducir
esa
imagen
en
ventas.
Quien
siga
atentamente
la
publicidad
en
los
medios
de
comunicación,
podrá
observar
que
son
escasos
y
marginales
los
avisos
destinados
a la
venta
fría:
vendo
tal
heladera,
de x
capacidad,
a
tantos
pesos;
la
mar
de
las
veces,
estas
ofertas
frías
están
dirigidas
a
difundir
ofertas
(liquidaciones,
promociones,
“sales”).
El
grueso
de
la
publicidad
va
por
el
lado
de
posicionar
la
imagen
de
una
empresa
o de
un
producto,
o de
asociar
el
producto
a la
imagen
de
la
empresa;
y
esas
imágenes
además
se
pretende
asociarlas
con
diversos
elementos
que
generen
empatía
con
la
gente
en
general
o un
segmento
en
particular.
Todo
lo
dicho
hasta
aquí
parece
obvio.
También
es
lo
mismo
y
tan
obvio
el
proceso
de
generación
de
imágenes
de
marcas
y de
empresas
a
nivel
internacional.
Un
gran
capital
de
las
multinacionales
es
la
traslación
de
la
imagen
de
marca,
de
empresa
y de
producto
de
un
país
a
otro,
a lo
largo
del
globo.
Cuando
el
tema
se
traslada
a la
imagen
del
país,
la
discusión
adquiere
otro
cariz
y
tiene
varias
connotaciones.
Una,
que
es
tema
para
otro
análisis,
tiene
que
ver
con
la
orientación
del
Servicio
Exterior
y de
las
representaciones
diplomáticas,
y
qué
quiere
decir
que
acentúan
su
cariz
comercial.
Otro
tema
es
si
importa
la
imagen
del
país,
cuánto
y
qué
se
hace
por
ello.
Para
empezar,
los
países
de
mayor
incidencia
en
el
mercado
mundial
compiten
de
diversa
manera,
que
para
simplificar
se
puede
dividir
en
dos
grandes
categorías:
por
prestigio
y
por
precio.
La
competencia
por
prestigio
implica
generar
un
hecho
elemental:
cuando
a un
comprador
le
ofrecen
un
producto
de
ese
país
o de
otro,
piensa
que
el
primero
ofrece
mayor
calidad.
La
competencia
por
precio
significa
lisa
y
llanamente
que
un
país
pretende
vender
lo
más
barato
posible,
generalmente
en
base
a la
tenencia
de
mano
de
obra
abundante,
barata,
producto
de
un
relativamente
bajo
nivel
de
vida
de
sus
operarios
y de
bajos
o
nulos
beneficios
sociales.
A
veces
la
competencia
por
precio
es
una
forma
de
penetrar
en
un
mercado,
para
que
se
adquieran
los
productos
y se
pueda
observar
la
calidad,
para
generar
así
una
imagen
positiva.
La
mar
de
las
veces
no
es
así,
y
los
precios
baratos
son
la
consecuencia
de
productos
de
baja
calidad.
El
consumidor
uruguayo
se
ve
hoy
en
la
disyuntiva
de
adquirir
automóviles
de
marcas
de
calidad
reconocida
a
precios
relativamente
altos
o
jugarse
a
adquirir
automóviles
de
bajo
precio
de
calidad
desconocida
y
potencialmente
baja.
En
este
u
otros
terrenos,
a
igualdad
de
tamaño,
potencia,
capacidad,
desempeño,
un
producto
alemán
puede
ofrecerse
mucho
más
caro
que
uno
chino,
porque
cuenta
a su
favor,
en
el
momento
de
realizarse
la
venta,
con
el
diferencial
de
la
imagen
país.
Si
un
ciudadano
europeo
va a
un
supermercado
sofisticado
a
comprar
carne
de
alto
precio,
y le
ofrecen
“Made
in
Argentina”
y
“Made
in
Uruguay”,
si
además
no
es
conocedor
ni
de
la
geografía
ni
de
la
producción
de
carne,
no
va a
optar
por
un
país
desconocido,
de
nombre
exótico,
más
allá
de
los
buenos
impactos
y
los
malos
impactos
que
puede
provocar
en
el
mundo
un
nombre
tan
controversial
como
el
de
“Argentina”.
Dicho
en
términos
simplificados:
nadie
vende
ni
bienes
ni
servicios
si
no
se
conoce
y no
se
valora
al
país
que
produce
esos
bienes
o
servicios.
La
importancia
de
generar
una
marca
país
no
es
un
problema
de
países
pequeños
o
débiles.
Las
grandes
potencias
impulsan
por
todos
los
medios
la
permanente
imposición
y
defensa
de
su
imagen
país,
imagen
que
–
contra
lo
que
cree
alguna
gente
que
simplifica
la
visión
comercial
– no
se
genera
solo
porque
sus
productos
sean
buenos.
Una
imagen
país
positiva,
que
lleva
de
la
mano
a un
producto
positivo,
surge
de
impactos
en
las
relaciones
políticas,
también
en
las
relaciones
culturales
y
sociales,
en
la
producción
científica,
intelectual,
artística,
en
las
exhibiciones
deportivas,
y
naturalmente
también
surge
de
impactos
en
cuanto
a la
calidad
de
sus
productos
o de
sus
servicios.
Son
acciones
en
la
que
los
gobiernos
invierten
cifras
considerables
mediante
estrategias
debidamente
planificadas.
A
vía
de
ejemplo,
Italia
viene
impulsando
desde
tiempo
atrás,
en
un
proyecto
que
atraviesa
varios
gobiernos,
el
“Made
in
Italy”,
es
decir,
el
generar
que
esa
grifa
de
por
sí
sea
vista
como
sinónimo
de
calidad,
o
genere
sentimientos
de
afecto,
o de
respeto
o de
prestigio.
Si
eso
pasa
con
los
países
centrales,
con
las
mayores
potencias
del
mundo,
entonces
más
empinado
es
el
camino
para
un
país
como
el
Uruguay.
Hay
poca
conciencia
de
lo
pequeño
que
es:
apenas
la
mitad
del
uno
por
mil
de
la
población
mundial,
el
0,05%,
una
cifra
que
es
estadísticamente
insignificante
aún
dentro
del
margen
de
error.
Pero
además
lejano:
como
dijo
hace
mucho
tiempo
el
popular
cantautor
Jaime
Roos,
Uruguay
está
en
un
suburbio
del
mundo,
lejos
de
cualquier
avenida.
En
Uruguay
hay
fuertes
segmentos
empresariales,
comunicacionales
y
políticos
que
creen
que
hay
solo
tres
caminos
de
promoción
de
la
imagen
país:
la
publicidad
que
se
paga
en
medios
de
comunicación
extranjeros
(casi
todo
del
Ministerio
de
Turismo,
todo
en
la
región
y
fundamentalmente
en
Argentina),
la
presencia
en
grandes
exposiciones
comerciales
(como
la
actual
de
Shanghái)
o
los
viajes
oficiales
con
un
masivo
acompañamiento
de
empresarios.
En
realidad
estas
tres
acciones,
que
son
imprescindibles,
no
pueden
ser
ni
las
únicas,
ni
las
principales
ni
las
iniciales
para
imponer
una
imagen
país.
La
imagen
país
necesita
de
hechos
más
globales,
a
veces
son
el
producto
de
una
sucesión
de
actos
pequeños,
de
pequeño
impacto
pero
sostenidos
en
el
tiempo.
Otras
veces
son
el
producto
de
algunos
hechos
fuertes
que
posicionan
de
golpe
al
país
de
manera
positiva
ante
las
elites
de
los
principales
países
y la
opinión
pública
del
mundo.
El
último
de
ellos,
de
un
conjunto
muy
escaso
y
espaciado,
ocurrió
con
la
selección
uruguaya
en
el
pasado
Campeonato
del
Mundo
de
Fútbol
de
Sudáfrica,
en
dos
aspectos:
con
su
desempeño
en
cuanto
a
resultados
deportivos
y
por
los
valores
exhibidos
por
la
dirección
técnica
y el
elenco
de
jugadores;
la
combinación
de
ambos
elementos
posicionó
al
Uruguay.
Se
percibe
que
en
el
país,
fuera
de
lo
estrictamente
futbolístico,
no
ha
sido
comprendida
cabalmente
la
importancia
desde
el
punto
de
vista
de
la
generación
de
la
imagen
país.
Se
vio
esta
carencia
con
la
ausencia
de
delegación
oficial
alguna
en
los
dos
partidos
últimos,
en
contraste
con
la
presencia
de
la
jefa
de
Gobierno
de
Alemania,
acompañada
de
una
numerosa
delegación
de
alto
nivel,
que
viajó
en
forma
especial
en
un
lujoso
avión
especial
del
Estado
(lo
mismo
cabe
para
España
o
Países
Bajos,
los
otros
que
estuvieron
en
los
cuatro
mejores).
Si
bien
en
relación
al
PIB
el
gasto
alemán
fue
proporcionalmente
mucho
más
bajo
que
el
que
hubiese
correspondido
hacer
a
Uruguay,
Alemania
apenas
agrega
un
grano
de
arena
a su
prestigio
frente
a la
inmensidad
que
agrega
a
Uruguay.
Pero
no
se
ha
percibido
la
importancia
de
una
estrategia
múltiple,
desde
el
gobierno
al
empresariado,
que
aprovechase
este
fuerte
posicionamiento
de
Uruguay
ante
las
elites
y la
opinión
pública
mundial
para
empujar
en
el
desarrollo
de
la
imagen
país.
Quizás
a
largo
plazo
lo
único
que
aparece
es
la
inversión
que
se
hace
desde
el
Estado
en
mantener
el
potencial
de
las
selecciones
uruguayas
de
fútbol,
mediante
el
financiamiento
del
cuerpo
técnico
por
este
cuatrienio
(y
el
subsidio
que
el
cuerpo
técnico
concede
al
país,
al
quedarse
por
retribuciones
sensiblemente
inferiores
a
los
ofrecimientos
tenidos
desde
otras
latitudes).
Algunos
números
son
necesarios.
La
publicidad
más
cara
(y
muchas
veces
imposible
de
obtener)
es
la
presencia
en
los
informativos
centrales
como
noticia
de
alto
impacto.
El
minuto
de
publicidad
en
horario
central
en
los
Estados
Unidos,
en
una
cadena
nacional,
supera
los
dos
millones
de
dólares
(y
mucho
más,
el
doble,
si
se
acepta
que
se
presente
como
noticia).
En
Europa
varía
según
el
país
(tamaño,
potencial).
El
nivel
de
exposición
del
nombre
Uruguay
en
aquéllos
días
fue
formidable.
Estuvo
en
la
tapa
de
más
de
150
diarios
del
mundo;
en
informativos
centrales
de
los
canales
de
TV
nacionales,
regionales
y
locales
de
más
de
un
centenar
y
medio
de
países.
Los
minutos
de
exposición
de
Uruguay
en
los
informativos
de
los
horarios
centrales
de
Portugal,
España,
Francia,
Italia,
Suiza,
Alemania,
Holanda,
Reino
Unido,
Japón
(para
citar
países
que
importan
a
Uruguay
y
pueden
importar
para
sus
relaciones
comerciales
y de
inversión),
significa
haber
recibido
gratuitamente
una
inversión
de
muchas
decenas
de
millones
de
dólares.
Eso
hubiese
costado
el
contratar
esos
minutos
televisivos
como
publicidad.
Estas
son
las
cosas
que
hay
que
tener
en
cuenta
cuando
se
miden
estrategias,
tácticas,
caminos,
proyectos;
y
sobre
todo
cuando
se
decide
gastar
o se
pretende
ahorrar.
En
Uruguay
hay
una
larga
tendencia
a
cuidar
los
pesos
de a
uno
a
riesgo
de
perder
millares
o
millones.
Máxime
cuando
los
millares
o
millones
son
a
ganar
y no
se
ven
de
inmediato
en
forma
tangible.
Esta
tendencia
del
país
–
que
ya
se
observó
cuando
los
partidos
últimos
de
la
selección
en
Sudáfrica
–
llevaron
a
que
se
discutiese
el
gasto
de
pocos
pesos
y no
se
viese
la
ganancia
de
muchos
millones.
Parece
hora
que
el
país
todo,
el
sistema
político,
las
fuerzas
sociales,
el
empresariado,
los
medios
de
comunicación,
los
analistas
académicos,
promuevan
un
debate
sobre
el
posicionamiento
externo
del
país,
sobre
la
necesidad
de
diseñar
una
estrategia
para
la
construcción
de
la
imagen
país.