Con
el
dejar
sin
efecto
la
Ley
de
Caducidad,
en
medio
del
dramatismo
y la
importancia
del
tema,
el
oficialismo
vive
una
verdadera
comedia
de
enredos.
Que
no
es
ni
nueva
ni
particular
de
este
tema,
sino
que
en
forma
más
silenciosa
se
observa
desde
apenas
estrenado
el
nuevo
gobierno.
Se
caracteriza
en
gran
medida
porque
las
palabras
apuntan
hacia
un
lado
y
los
hechos
apuntan
hacia
el
otro;
eso,
además,
cuando
en
realidad
los
hechos
se
concretan,
porque
otro
problema
que
tiene
esta
administración
es
la
dificultad
en
aterrizar
planes
y
medidas.
Pero
además
el
proceso
del
dejar
sin
efecto
la
Ley
de
Caducidad
exhibe
cómo
sin
hacer
ninguna
discusión
ni
exposición
de
las
causas,
el
Frente
Amplio
en
forma
mayoritaria
procesa
un
giro
de
180
grados
en
cuanto
a su
histórica
posición
a
favor
de
“que
el
pueblo
decida”,
de
la
apelación
a la
democracia
directa
Un
hecho
quizás
sin
precedentes
ocurrió
en
los
últimos
días
y
semanas
que
desemboca
en
una
dramática
comedia
de
enredos
en
el
gobierno.
Cuya
conclusión
es
que
según
el
presidente
de
la
República,
cuando
el
canciller
de
la
República
plantea
una
iniciativa
legislativa
y
participa
en
su
redacción,
en
un
tema
de
su
cartera,
lo
que
hace
es
una
“colaboración
militante
y
personal”.
Cuando
habla
el
secretario
de
la
Presidencia
de
la
República
parecería
que
lo
hace
también
a
título
personal,
dado
que
según
el
comunicado
presidencial
“otras
manifestaciones
públicas
sobre
este
asunto,
son
interpretaciones
válidas
o
no,
pero
que
no
incluyen
al
Presidente”
(la
original
puntuación
surge
del
comunicado
oficial);
no
solo
habla
a
título
personal,
sino
que
de
incógnito,
porque
el
comunicado
que
sí
menciona
al
canciller,
no
menciona
al
secretario.
Crípticamente
se
afirma
que
“El
Presidente
de
la
República,
reafirma
enfáticamente
su
apoyo
y
acatamiento
a
las
decisiones
que
tome
la
mayoría
expresa
de
la
fuerza
política
que,
por
la
vía
de
procesos
electorales
inobjetables,
lo
responsabilizaron
de
la
conducción
del
Gobierno”.
Es
decir,
parece
que
el
“lo”
va
referido
al
presidente
(porque
si
fuese
a la
fuerza
política,
sería
“La”
y no
“Lo),
de
donde
el
responsabilizado
sería
el
presidente.
Pero
no
queda
quién
es
el
que
responsabilizó
al
presidente
de
la
conducción
del
Gobierno,
si
la
fuerza
política
o
alguien
no
nombrado
(el
electorado,
la
ciudadanía).
Y
queda
más
confuso
si
es
que
fue
responsabilizado
de
la
conducción
o el
responsable
de
la
conducción
es
la
fuerza
política,
ante
la
que
manifiesta
acatamiento.
Todos
los
actores
parlamentarios
estuvieron
varias
semanas
convencidos
que
cuando
el
canciller
Almagro
impulsó
dejar
sin
efecto
la
Ley
de
Caducidad
mediante
otra
ley,
lo
hizo
en
nombre
y
representación
del
Poder
Ejecutivo.
En
general,
los
ministros
en
temas
de
su
cartera
actúan
sin
necesidad
de
que
se
les
otorgue
un
poder
explícito
ante
escribano
público.
Va
de
suyo
que
actúan
en
nombre
del
gobierno,
salvo
aclaración
previa
y
expresa.
El
propio
canciller
se
enteró
en
las
últimas
horas
que
hablaba
a
título
personal.
El
secretario
Breccia
¿salió
públicamente
por
las
suyas,
o
fue
una
misión
que
se
le
encomendó?
(de
las
tantas
que
hacen
los
representantes
políticas,
de
hacer
el
mandado
y
quedar
obligado
a
dar
la
cara,
para
salvar
al
representado).
Conviene
dejar
de
lado
el
tema
de
fondo,
ley
de
Caducidad,
porque
las
posturas
fuertes
que
este
asunto
provoca,
tanto
a
favor
como
en
contra,
impide
ver
el
otro
punto,
el
de
los
enredos.
Lo
que
ocurre
no
es
nada
nuevo,
pueden
rastrearse
hechos
desde
el
origen
del
nuevo
gobierno
y
corresponden
a
tres
tipos
de
conductas.
Una
es
la
de
marras,
la
de
un
gobierno
que
da
señales
en
un
sentido
y
luego
ese
camino
se
interrumpe,
o se
va
por
el
contrario.
Un
antecedentes
lo
revela
el
semanario
“Búsqueda”:
durante
meses
hubo
negociaciones
del
gobierno
con
las
tabacaleras
Philip
Morris
y
Monte
Paz;
una
vez
arribados
a un
acuerdo
y
anunciado
por
el
ministro
de
Salud
Pública,
ante
la
fuerte
reacción
adversa
de
Vázquez,
el
gobierno
decidió
dejar
sin
efecto
lo
convenido
e ir
por
otro
camino.
Pero
más
fuerte
fue
el
caso
de
los
anuncios
de
los
entonces
presidente
y
vicepresidente
electos
en
la
conferencia
en
el
Conrad
ante
un
par
de
millares
de
empresarios
(en
febrero),
donde
se
comprometieron
a no
tocar
ni
el
régimen
impositivo
ni
el
secreto
bancario.
Como
se
sabe,
ambas
cosas
están
en
proceso
de
cambio.
Un
segundo
tipo
de
conductas
tiene
que
ver
con
el
permanente
razonamiento
en
voz
alta
del
presidente
de
la
República,
especialmente
en
su
programa
semanal
radial,
pero
otras
veces
ante
consultas
de
los
periodistas,
que
hace
pensar
que
esas
expresiones
constituyen
anuncios
presidenciales.
Luego
se
descubre
todo
lo
contrario,
no
solo
son
anuncios,
sino
que
muchas
veces
las
medidas
gubernamentales
van
por
un
lado
diferente
y
hasta
opuesto.
Esta
contradicción
el
presidente
la
ha
salvado
siempre
en
base
a
que
una
cosa
es
el
querer
y
otra
cosa
es
el
poder;
cuando
habla
el
presidente
expresa
el
mundo
de
los
deseos,
de
los
ideales;
cuando
hace,
en
cambio,
expresa
el
mundo
de
lo
posible,
de
lo
realizable.
Pero
este
juego
lleva
a
una
gran
limitante,
pues
conduce
a
que
no
existan
anuncios
presidenciales
que
marquen
el
derrotero,
pues
sus
palabras
no
son
anuncios
sino
expresiones
de
deseos.
Y
un
tercer
tipo
de
problemas
está
relacionado
con
la
enorme
dificultad
de
traducir
las
palabras
en
hechos,
en
planes
concretos
y
realizables,
lo
que
ocurre
en
muchas
áreas,
aunque
no
en
todas.
Sin
duda
hay
sectores
del
gobierno
con
alto
nivel
de
realización.
Pero
lo
que
predomina
es
lo
otro,
la
dificultad
de
aterrizar
ideas,
como
también
las
dificultades
de
interlocución
con
los
actores
privados,
especialmente
los
inversores
en
actividades
productivas
y no
financieras,
que
se
quejan
de
lo
difícil
que
es
lograr
hablar
con
altos
niveles
del
gobierno,
y
cuando
esto
ocurre,
lo
difícil
de
proseguir
las
actuaciones.
En
todo
caso,
siempre
hay
muchos
meses
de
pérdida
de
tiempo.
Pero
además
el
proceso
del
dejar
sin
efecto
la
Ley
de
Caducidad
exhibe
cómo
sin
hacer
ninguna
discusión
ni
exposición
de
las
causas,
el
Frente
Amplio
en
forma
mayoritaria
procesa
un
giro
de
180
grados
en
cuanto
a su
histórica
posición
a
favor
de
“que
el
pueblo
decida”,
de
la
apelación
a la
democracia
directa.
Y
procesa
ese
cambio
de
una
forma
muy
fuerte,
ya
que
el
25
de
octubre
la
ciudadanía
rechazó
por
plebiscito
dejar
sin
efecto
esa
Ley
(es
decir,
confirmó
la
vigencia
de
la
Ley
de
Caducidad)
y
simultáneamente
eligió
un
Parlamento.
Ahora,
este
nuevo
Parlamento
está
en
proceso
de
dejar
sin
efecto
lo
que
el
plebiscito
dejó
con
efecto,
es
decir,
de
contradecir
el
resultado
plebiscitario.
Hay
dos
temas
en
juego:
uno
la
contraposición
de
decisiones
electorales,
si
un
Parlamento
tiene
o no
la
potestad
política
de
dejar
sin
efecto
lo
resuelto
por
la
ciudadanía
en
forma
directa
y
sincrónica.
El
otro
es
cuáles
son
las
razones
de
ese
viraje,
que
sin
duda
puede
ser
absolutamente
legítimo;
son
muchos
en
el
mundo
y en
el
Uruguay
que
se
oponen
o
desconfían
de
la
democracia
directa,
pero
un
viraje
de
180
grados
requiere
un
debate
público
y
una
explicación
de
fondo,
que
no
los
ha
habido.