En
los
últimos
días
el
oficialismo
acaba
de
hacer
un
quiebre
que
lo
lleva
a
romper
las
limitaciones
político-psicológicas
que
le
impedían
enfrentarse
a
los
sindicatos.
Se
destaca
la
declaración
de
esencialidad
de
la
recolección
de
basura
en
Montevideo
acompañado
de
la
apelación
a
las
Fuerzas
Armadas
para
cumplir
con
la
tarea,
luego
la
ruptura
del
convenio
colectivo
en
la
banca
oficial
y
finalmente
la
declaración
de
emergencia
sanitaria
que
obliga
a
los
anestesiólogos
a
brindar
obligatoriamente
sus
servicios.
De
esta
manera,
el
presidente
Mujica
da
razón
a
quienes
creían
que
“demuestra
tener
paciencia”,
en
contraposición
de
quienes
sostenían
“que
las
cosas
se
le
escapan
de
las
manos
y
demuestra
poca
autoridad”.
La
oposición,
por
su
parte,
ha
quedado
desconcertada
y ha
reaccionado
de
manera
desordenada
y
contradictoria.
Los
tres
grandes
bloques
opositores
votaron
divididos:
Unidad
Nacional
de
Lacalle,
Alianza
Nacional
de
Larrañaga
y el
Partido
Colorado
guiado
por
Bordaberry.
Pero
además,
muchos
opositores,
luego
de
reclamar
por
meses
que
el
gobierno
ejerciese
autoridad,
cuestionan
ese
ejercicio
de
autoridad.
La
izquierda
en
el
mundo
tiende
a
sentirse
identificada
o
con
los
más
pobres
o
específicamente
con
los
trabajadores,
reducido
el
término
al
concepto
de
asalariados.
En
líneas
generales,
en
el
mundo
occidental
y en
Uruguay
en
particular,
la
identificación
con
los
trabajadores
(en
tanto
asalariados)
pasó
a
ser
sinónimo
de
identificación
con
los
sindicatos,
entendidos
como
representantes
de
los
trabajadores.
Ello
con
independencia
de
la
representación
real,
porque
por
ejemplo
en
Uruguay,
un
país
que
hoy
ostenta
una
elevada
tasa
de
sindicalización,
los
sindicatos
cuentan
con
un
afiliado
cada
seis
cotizantes
a la
seguridad
social;
aunque
otra
forma
de
medir
la
representación
es
por
el
grado
de
acatamiento
a
los
paros
(generales,
de
rama
o de
empresa)
en
que
aunque
no
haya
mediciones
precisas,
se
puede
estimar
una
adhesión
mayoritaria
(de
más
de
la
mitad
de
los
colectivos
representados).
En
el
caso
uruguayo,
la
izquierda
tradicional
de
origen
marxista
o
anarco-sindicalista
(comunistas,
socialistas,
anarquistas)
no
solo
tuvo
esa
identificación
ideológica,
sino
que
además
fueron
los
propulsores
del
desarrollo
de
la
sindicalización
en
el
país.
Es
decir,
no
solo
hay
una
identificación
ideológica,
sino
también
vasos
comunicantes
institucionales.
Pero
además,
la
izquierda
de
otras
fuentes
(demócrata
cristiana,
blanca,
colorada)
fue
permeada
por
esa
concepción
laboralista,
con
una
gran
mimetización
con
los
grupos
de
origen
marxista
o
anarquista.
Tan
grande
ha
sido
la
mimetización,
que
algunos
grupos
constituidos
por
dirigentes
y
votantes
de
la
clase
media
universitaria,
desarrollaron
con
fuerza
reformas
a la
normativa
laboral
en
un
sentido
protectivo
de
los
asalariados
y de
los
sindicatos.
A
esa
identificación
o
interrelación
se
ha
sumado
un
aspecto
de
estrategia
política.
La
izquierda
durante
mucho
tiempo
compensó
su
escasa
dimensión
electoral
con
una
fuerte
capacidad
de
conducción
y
movilización
social,
especialmente
en
el
campo
laboral
(sindicatos,
central
sindical),
estudiantil
y
universitario
(no
solo
estudiantil,
sino
de
conducción
de
la
primero
única
y
luego
hegemónica
universidad
del
país).
Tanto
la
izquierda
política
como
la
social
asumieron
como
un
dato
que
la
suma
de
reivindicaciones
particulares
da
como
resultado
el
interés
general,
y
que
no
existe
contradicción
alguna
en
las
reivindicaciones
de
diferentes
sectores
laborales.
La
realidad
es
muy
diferente,
ya
que
la
reivindicación
de
un
sector
laboral
muchas
veces
afecta
a
otro.
Pero
además
tanto
la
izquierda
política
como
la
sindical
han
tendido
a
ver
a
los
trabajadores
únicamente
desde
la
dimensión
laboral,
cuando
el
trabajador
tiene
además
una
dimensión
del
otro
lado
del
mostrador,
como
usuario
o
consumidor.
Entonces,
no
se
ha
visto
como
contradictorio
que
por
ejemplo
una
reivindicación
particular
de
los
trabajadores
del
transporte,
al
repercutir
en
un
aumento
del
precio
del
boleto
perjudicase
al
resto
de
los
trabajadores
(varias
veces
más
que
los
beneficiarios).
Lo
mismo
vale
para
los
bancarios,
en
que
aumentos
del
costo
laboral
incide
en
mayor
o
menor
grado
en
las
tasas
de
interés
que
deben
pagar
los
demás
trabajadores
en
el
uso
del
crédito
social.
Todo
ello
fue
aceptable
mientras
la
izquierda
se
movió
en
el
campo
de
la
oposición.
Lo
fue
menos
en
el
primer
gobierno,
aunque
la
mesura
exhibida
por
el
sindicalismo,
el
temor
a
comprometer
la
primera
experiencia
de
un
gobierno
de
izquierda
pura
en
el
Uruguay,
.la
facilidad
de
obtener
beneficios
desde
el
pozo
profundo
en
que
grandes
sectores
de
la
sociedad
quedaron
tras
la
formidable
crisis
del
2002,
todo
ello
contribuyó
a
que
la
contradicción
se
postergase.
Y
estalló
de
plano
en
este
periodo.
La
izquierda
se
condicionó
durante
largo
tiempo,
décadas,
en
un
apoyo
automática
a
las
demandas
sindicales,
y en
considerar
a
priori
como
justas
dichas
demandas.
Cambiar
ese
posicionamiento
psicológico
le
resultó
muy
difícil.
Se
observó
en
el
presupuesto
cuando
el
gobierno
pretendió
limitar
demandas
y no
obtuvo
el
pleno
apoyo
de
la
bancada
oficialista
en
el
Parlamento.
Para
muchos,
especialmente
los
que
no
ocupan
cargos
de
decisión
y
ejecución,
oponerse
a
una
demanda
sindical
supone
algo
de
pornográfico,
de
contrario
a la
moral.
La
intensidad
de
las
demandas
sindicales
llevó
al
gobierno
contra
la
pared:
funcionarios
de
la
administración
central,
municipales
de
Montevideo
y
Canelones,
profesionales
universitarios
que
se
cobran
como
funcionarios
de
la
administración
central,
escribanos,
médicos
en
general,
anestesiólogos
en
particular,
controladores
aéreos,
transportistas,
aduaneros.
Es
decir,
una
lista
larga
de
conflictos
con
afectaciones
sobre
la
higiene
pública
(como
el
caso
de
la
basura),
la
salud
de
la
gente
(como
las
intervenciones
quirúrgicas
postergadas),
el
funcionamiento
de
la
administración
y la
economía
del
país.
El
otro
punto
es
que
especialmente
desde
los
años
del
pachequismo,
y
luego
la
dictadura,
en
la
izquierda
se
asimiló
autoridad
con
autoritarismo,
y
eso
llevó
a un
cierto
temor
a
ejercer
la
autoridad.
Ese
temor
en
el
gobierno
anterior
tuvo
sus
límites,
como
en
las
cuatro
oportunidades
en
que
se
declaró
la
esencialidad
de
servicios,
pero
partiendo
de
gobernantes
que
ya
habían
ejercido
la
administración
municipal
o
provenían
de
sectores
moderados.
Se
llegó
así
a
que
la
sociedad
percibía
la
posibilidad
de
desborde
del
gobierno
y
discutía
si
al
presidente
Mujica
“las
cosas
se
le
escapan
de
las
manos
y
demuestra
poca
autoridad”
o
por
el
contrario
“demuestra
tener
paciencia”.
La
oposición,
mientras
tanto,
de
manera
unánime
y
fuerte
reclamaba
autoridad.
El
presidente
Lacalle
sostuvo
en
varias
oportunidades
que
la
izquierda
tiene
temor
a
ejercer
la
autoridad.
Se
llegó
al
punto
de
inflexión,
un
punto
de
inflexión
histórico:
la
izquierda
se
sobrepuso
al
síndrome
del
temor
a la
autoridad
y al
síndrome
de
considerar
inmoral
el
enfrentar
a
sindicatos,
e
impuso
la
autoridad;
lo
hizo
la
izquierda
en
general,
pero
en
particular
un
presidente
tupamaro
y
una
intendenta
comunista.
Al
final,
el
presidente
demostró
paciencia
–para
algunos
demasiada
paciencia-
e
impuso
su
autoridad
(para
algunos,
tardíamente).
Y
aquí
viene
la
otra
curiosidad.
La
reacción
de
la
oposición
hace
pensar
que
creyó
que
Mujica,
el
gobierno
y el
Frente
Amplio
se
desempeñaban
en
la
falta
de
autoridad
e
iban
a
ser
incapaces
de
reaccionar,
de
superar
sus
barreras
psicológicas
con
la
autoridad
y
con
los
sindicatos.
Cuando
el
reclamo
opositor
es
concedido,
la
oposición
se
ve
sorprendida
y no
sabe
cómo
reaccionar.
Y lo
hace
mal.
Primero,
porque
las
tres
corrientes
opositoras
actúan
divididas:
las
medidas
del
gobierno
obtuvieron
tanto
el
apoyo
como
el
rechazo
dentro
de
Unidad
Nacional
(Lacalle),
Alianza
Nacional
(Larrañaga)
y el
Partido
Colorado
(Bordaberry).
Ninguna
de
las
corrientes
actuó
unidad.
Pero
además
lejos
de
alabar
al
gobierno
por
hacer
lo
que
esa
oposición
reclamaba,
hubo
reacciones
de
temor
a<
que
el
gobierno
de
izquierda
ejerciese
la
autoridad
y
desde
el
coloradismo
recriminaciones
menores
por
ejercer
la
autoridad
cuando
había
criticado
el
pachequismo.
Este
episodio
demuestra
que
blancos
y
colorados
todavía
no
logran
acomodarse
a
cómo
hacer
oposición
al
Frente
Amplio,
ni
tampoco
logran
captar
en
profundidad
qué
espera
la
sociedad
de
ellos,
especialmente
el
segmento
de
la
sociedad
que
los
sigue
o
tiene
potencialidad
de
seguirlos.
Por
lo
pronto,
lo
que
más
reclama
la
gente
común
es
coherencia
y
además
que
nadie
entre
en
la
política
menuda.