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El Estado y la democracia en cuestión.
América Latina después de la transición (tercera nota)
Juan Rial
Segunda nota
3.
El lugar de la política y los partidos. El surgimiento de
"nuevos caudillos" y la "antipolítica"
Convencionalmente se afirma que no puede haber democracia sin
partidos políticos. La evolución de la democracia
representativa y la creciente participación ciudadana llevó al
desarrollo de los partidos políticos en tanto organizaciones
de la sociedad civil que intermedian entre los organismos del
estado y la masa ciudadana. Pueden constituirse como
organizaciones agregadoras de demandas, como partidos "atrapa
todo", que constituyen un "promedio" de las demandas de sus
integrantes, o como partidos que plantean demandas más "puras"
resultado de la adhesión a una corriente ideológica
determinada, o lo que es más frecuente, una combinación entre
esas situaciones en diversos grados. Pueden tener una
definición ideológica muy general, pero tratan de limar toda
arista demasiado notoria para porder abarcar el máximo de
demandas agregadas de los electores que buscan capturar.
La participación electoral obligó también a conformar
partidos, a los efectos de enfrentar campañas competitivas. El
ejercicio del gobierno o la oposición fortaleció a los
partidos que, en muchos casos, lograron para sus militantes
posiciones. El militante partidario en muchos casos devino en
"funcionario partidario oculto en el aparato del estado"
En la mayor parte del siglo junto con los sindicatos y las
corporaciones militares y eventualmente organizaciones
subversivas, los partidos políticos fueron los protagonistas
de la vida política de cada país, en el marco de preeminencia
estatal que hemos señalado.
En aquellos países asolados por constante inestabilidad los
partidos tuvieron fuertes dificultades para consolidarse como
estructuras permanentes y sólo en un puñado de países puede
considerarse que fueron parte de un sistema partidario. En más
de un caso los partidos no fueron una creación societal, sino
estatal, como ocurrió en Brasil con los dos partidos "creados
por Getulio Vargas en los años treinta, o los partidos, de los
que derivan los actuales, organizados tras el golpe de militar
de 1964. En otros casos derivaron de la acción de gobierno de
su líder, como ha sido el caso del peronismo en Argentina, el
arnulfismo en Panamá, en otros los líderes relevantes
cooptaron organizaciones preexistentes, como ocurrió con el
strossnismo y el partido Colorado en Parguay.
Sólo los países estables tuvieron partidos permanentes.
Algunos desarrollaron un sistema con partidos de diferentes
propósitos y orientaciones. En otros se produjo el fenómeno de
la existencia de un partido dominante, en algunos casos
hegemónico, como el PRI (Partido Revolucionario Institucional)
mexicano o el partido Colorado del Paraguay.
En los años setenta y ochenta una buena de América Latina
estuvo bajo el dominio de gobiernos militares y la mayoría de
los partidos vieron suspendidas sus actividades. Algunos no
sobrevivieron. El retorno a la democracia hacía presuponer que
los partidos serían nuevamente los principales actores de la
escena política. Pero en muchos países no fue así. La
aplicación de políticas de ajuste derivadas del llamado
"consenso de Washington" supuso una caída fuerte del poder del
Estado y consiguientemente una reducción de la capacidades de
tomar decisiones de los integrantes de la clase política y los
partidos.
Para sociedades acostumbradas a dirigirse al Estado con sus
demandas de regulación y provisión de bienes, servicios y
oportunidades, esas nuevas políticas económicas hicieron que
la percepción respecto a los partidos y los politicos cambiase
rápidamente. Los partidos dejaron de ser máquinas útiles y
confiables y los políticos sospechosos de ser meros
oportunistas corruptos. Comenzó una etapa de fuerte "antipolítica",
implicando un de cambio en los estilos y los actores
políticos, que fue acompañado por la aparición de los medios
de comunicación como actores sustanciales de las campañas
electorales, por el uso de técnicas de medición de la opinión
de la opinión pública y por el uso propagandístico de las
mismas.
Desde el tiempo de la independencia la acción política
personalizada en caudillos, en líderes y no en organizaciones.
Los jefes militares del siglo XIX eran, al mismo tiempo
caudillos políticos, actuando en asociación con letrados
urbanos. Los caudillos del siglo XX no fueron exclusivamente
militares, muchos de ellos fueron civiles, pero, casi todos,
rara vez siguieron las pautas democráticas, por el contrario,
tendieron a actuar fuera del marco exclusivamente legal. Sin
embargo, muchos de esos regímenes lograron legitimidad y
convivieron con ciertas formas de democracia. Los regímenes de
Juan Perón y de Getulio Vargas en los cuarenta y cincuenta
fueron de ese tipo.
Con ello deslegitimaron a los partidos y en muchos casos se
apoyaron en movimientos políticos, cuyo único punto de
coincidencia era el apoyo al líder político, Claro que éste, a
cambio, había aupado a ciertos sectores y sus demandas. En
Argentina Perón se apoyó en los sectores subalternos y en la
"aristocracia sindical". En Brasil Getulio operó a la vez en
diversos estratos medios y medios bajos a los que promovió en
su ascenso social. Por ello en los años cuarenta creó dos
partidos para dirigirse al heterogéneo electorado.
Tras los interludios dictatoriales de los setenta y ochenta,
en la mayoría de los países en los que floreció la
antipolítica aparecieron nuevamente caudillos. Estos lo hacían
en un marco democrático, que se suponía que no favorecía su
acción. Pero usufructuaron los sentimientos antipolíticos
presentes en la masa de la poblaicón y se presentaron como "outsiders",
como personas "no contaminadas" por
"la-vieja-política-y-la-clase-política-corrompida". Estos
"nuevos caudillos" debieron actuar en una marco de políticas
de ajuste, por lo que tampoco pudieron hacer frente con mucho
éxito a las demandas de los sectores populares que abandonaban
a los viejos partidos. Tampoco pudieron movilizarlas como en
los años treinta o cuarenta, o encuadrarlas en movimientos
políticos que tendieran a la permanenecia, como habían hecho
en su momento Perón o Vargas.
Una excepción a esta conducta de los "nuevos caudillos" la
plantea el actual régimen de Hugo Chávez, que se apoya los
recursos provenientes del petróleo para mantener una política
asistencialista con los sectores populares, que no es
autosostenible sin precios altos del recurso energético.
Asimismo intenta encuadrar el apoyo político creando los
llamados "comités bolivarianos", pero su implantación ha sido
muy limitada.
Sin embargo, la retórica, los gestos y el estilo de gobierno
de muchos de estos "nuevos caudillos" ha sido populista. Con
diversas orientaciones, éxitos y excesos, los gobiernos de
Alberto Fujimori, Bucaram, el de Chávez entran en esta
categoría, mientras que también puede ser incluído, aunque con
notorias restas, por el papel del movimiento peronista, el del
ex- presidente argentino Carlos Menem. En éste último caso, se
trató más del estilo del personaje, que de la forma de
relacionamiento político con su base, electorado y movimiento
político de apoyo. Ese estilo lo comparte con otros políticos,
como el líder uruguayo de la izquierda Tabaré Vázquez, que
acertadamente ha sido comparado con un predicador.
4. Representación y participación.
Se ha sostenido que es difícil que puedan existir partidos
liberales y menos un programa de gobierno de ese tipo. Tampoco
una ideología de ese nombre. Según los seguidores de esa
escuela la cultura, la suma de valores y principios generales
universalmente aceptados (obviamente considerando como
"universales" a los del occidente) hace que nadie pueda
apropiarse de ese nombre. El discreto encanto del liberalismo
doublé por el de la socialdemocracia y por la democracia tout
court, hace dificil para hoy saber cual es la ideología de un
partido tras la etiquetas diversas .
Todos los partidos o movimientos con nombres con apelaciones
de tipo populista (partido Justicialista, Frente Amplio -
Encuentro Progresista) como las que refieren al nombre del
país (Somos Peru, Perú Posible) buscan trascender divisiones
de clase y tratan de tener una base de apoyo muy amplia en
diversos sectores. Otros apelan a la idea de afrontar una
nueva etapa como forma de superar el pasado reciente (Cambio
90, del que luego derivaron en Cambio 95 y Perú 2000, nombre
de los inorgánicos movimientos creados por Fujimori). Chávez
se refirió al pasado bolivariano como símbolo principal de
unión.
Perviven formaciones políticas tradicionales que refieren a
simbolos del pasado muchas veces resignificados, como los
partidos fundadores uruguayos, los colombianos, los de
Paraguay y los que refieren a tradiciones modernas, como el
PRI mexicano, el PAP (partido Aprista Peruano), y los muy
dañados partidos comunistas.
En la mayoría de los casos su trasformación en máquinas
electorales de amplia base ha deluído su apelación identitaria
original que sólo atrae a los fieles a la tradición. Si es
liberal y laica, debe enfrentar una tradición conservadora,
por lo general reformulada como socialcristianismo. Pero ambas
han asumido el liberalismo en el ámbito económico y en el
campo político comparten la tradición liberal de defensa del
estado de derecho. A su vez, para los tradicionalmente
liberales es facil de aceptar ideas como las del bien común y
defensa de la familia provenientes del ámbito socialcristiano.
Las discrepancias se reducen a nociones muy precisas referidas
a religión, composición de la familia, aborto, derechos de
minorías de género, que no suelen aparecer en la superficie de
la discusión política.
El mayor cuestionamiento de hoy respecto a la representación
ciudadana es que son los partidos hoy, que representan y como
lo hacen. En algún momento se pensó que en los países donde
existían sistemas partidarios estos evolucionarían hacia el
formato europeo de partidos donde habría uno o más, de
carácter "socialdemócrata", continuador de la tradición
igualitaria, liberal y laica, y por otra parte, uno o más de
carácter socialcristiano o conservador, promotor del bien
común y de la defensa de los valores cristianos. En aquellos
países donde se tendría que crear partidos se suponía que
también serían esos los modelos a seguir.
Sin embargo los partidos socialcristianos y socialdemócratas
sólo hicieron pie en Venezuela, Chile y con algunas restas en
Costa Rica y con muchas más notorias diferencias en la
Dominicana. En el resto del continente hubo formaciones que de
alguna manera pueden considerarse "socialdemócratas" o
"socialcristianas", pero no fueron relevantes. En otros casos,
aunque algunos partidos o movimientos puedan ser parte plena u
observadores de las internacionales (liberal, conservadora,
socialdemócrata o democristiana), es claro que no ajustan esos
modelos europeos.
En general, en el pasado, los partidos socialistas, salvo el
chileno, dado su origen histórico, no pudieron competir
adecuadamente con los comunistas y con las formaciones
extraparlamentarias más extremas. Los democristianos en
algunos casos no actuaron solos, sino que fueron o son parte
de otros partidos populares, como la Democracia Popular en
Ecuador, Acción Democrática y el partido Popular en Perú, los
conservadores de Colombia o los conservadores populares
argentinos.
La herencia de las dictaduras no favoreció la permanencia de
un sistema partidario como hemos dicho ni sus apelaciones
simbólicas e ideológicas. El bien comun originario de
doctrinas social cristianas y la version igualitaria, no
clasista del socialismo que práctica la "integración negativa"
no encontró espacio para maniobrar ante un enfoque de economía
ortodoxa, de cuño liberal clásico, que eliminó trazos
distintivos entre los partidos.
Cuando el político, sea del bando que fuere, pone en primer
plano la lucha contra la inflación, la disciplina fiscal, el
crecimiento economico vía exportaciones, que debe reflejarse
en el crecimiento del PBI (producto bruto interno), pierde
buena parte de su valor como actor, al no poder recurrir a
freses encantatorias que hablan de la esperanza y del
excelente porvenir que espera a los ciudadanos del país. La
estadística no convence, pero también la mayoría del la clase
política aprendió que la disidencia frente a los marcos que
impone un mercado financiero internacional se paga cara.
Ante ello la política se presenta más "desnuda" como una lucha
por cargos y poder, aunque no quede claro para que se quiere
ese poder visto lo limitado que está para quien lo ejerce.
Ello ha jaqueado fuertemente a la representación como
principio básico que acompaña a la democracia. Si los
represenantes no pueden resolver, incidir en las decisiones,
al menos se pide que la masa de ciudadanos se exprese,
"participe". Obviamente la complejidad de las decisiones hace
que la participación ciudadana real sea limitadísima y muy
condicionada por los mensajes que se propalan en los medios de
comunicación que suponen una imprimación previa fuerte que
conforma una agenda que condiciona respuestas o marcan
tendencias futuras.
Se han realizado cambios constitucionales y legales para
implementar crecientes formas de participación directa de la
población mediante el sufragio. Se llevan a cabo referenda
para aprobar cambios constitucionales, plebiscitos para
consultar sobre temas importantes en debate o para lograr el
apoyo de la base ciudadana, plebiscitos para derogar algunos
tipos de leyes aprobadas por el parlamento, referanda para
revocar mandatos de autoridades locales ya estan vigentes en
varios de los países de la región. En otros casos se
instrumentan asambleas, cabildos u otro tipo de reuniones que
suponen una "participación ciudadana" en los asuntos públicos,
especialmente en el ámbito local, municipal.
Obviamente, la participación no vuelve más eficaz la acción
política ni se puede por esa vía, tomar decisiones complejas.
Pero, también es cierto que buena parte de los representantes
tampoco toman decisiones relevantes, a lo sumo refrendan las
presentadas por los técnicos a cargo del ejecutivo. Las
principales decisiones de política económica quedan en manos
de funcionarios designados. La representación queda
disminuida, desde "arriba", por el poder de funcionarios
designados, no electos, y desde "abajo", por los recortes
introducidos por mecanismos directos de participación
ciudadana, contribuyendo a erosionar a los partidos políticos
y a la falta de relevancia del político profesional.
La carrera política ha practicamente desaparecido. La palabra
político no es bien recibida. En algunos países casi sinónimo
de persona corrupta, o de "delincuente". De ahí que no extrañe
el comportamiento "semi-mafioso" o francamente "mafioso" de
muchos de los nuevos integrantes de la clase política.
Responden al estereotipo popularizado de lo que se supone que
es el ejercicio de la política hoy en día. Esta situación
lleva a un círculo perverso.
Poca gente capaz no se siente atraída por la política, lo que
hace que personas mediocres, facilmente corrompibles accedan a
ella. Como a su vez, popularmente, se considera que el
ejercicio de la política es sólo para personas no
recomendables no se considera bien que reciban remuneraciones
competitivas con las que dan en los cargos de mando de la
actividad privada. Nuevamente eso deja afuera de la política a
muchos de aquellos que sería necesario que participasen en
ella. Un ex- primer ministro de Singapur emitió un juicio
insultante, lapidario, al respecto: "si se paga con maníes
(cacahuetes) los que trabajarán serán monos" . Con políticos y
burócratas mal remunerados la función pública, el estado y los
partidos continuan deteriorándose.
Sin embargo, por lo general, el primer mandatario, el
presidente, la "figura paterna" puede escapar a esas
consideraciones generales acerca de la clase política. En
América Latina si bien pueden observarse casos en los que se
práctican formas semi-parlamentarias de gobierno (mediante
apoyos por coaliciones más o menos estables, como la
Concertación chilena, la de los partidos fundadores en Uruguay
y las alianzas ad hoc bolivianas), la visión popular apunta
todo "a la cabeza". El responsable de éxitos y fracasos es
sólo una persona. Esta vieja traición, que personaliza la
acción y deja las instituciones de lado, ha favorecido y
favorece la acción de los "nuevos caudillos", que siguen la
tradición de sus antecesores.
La política ha devenido un ejercicio que supone el manejo de
los medios de comunicación, y la tele-radio-política también
se ha impuesto en la región, junto con las técnicas de
mercadeo. Esto hace que los partidos y los políticos necesiten
mucho dinero. Un ministro del ex presidente mexicano Carlos
Salinas afirmaba, haciendo un juego de palabras, que "un
político pobre, …[sin dinero y sin muchos recursos] … es un
pobre político".
Se ha intentado por vías restrictivas (límites al tiempo de
las campañas, al tiempo o espacio de la publicidad, a la
prohibición de publicidad paga en radio y TV, a las donaciones
posibles de dinero), por vías indirectas (tiempos gratuitos en
radio y TV, uso gratuito de correos y teléfonos) o por el
aporte de partidas de dinero (dinero por voto obtenido),
lograr ciertas formas de financiamiento público más o menos
transparentes, sin demasiado éxito. El financimiento de
elecciones y partidos continúa siendo un problema dificil no
solo en la región sino en el mundo.
La descentralización ha creado también un nuevo tipo de clase
política: la puramente local, que acentúa el provincianismo y
el caciquismo y conlleva el peligro de expandir la corrupción
a todos los niveles políticos. La corrupción a ese nivel
comparada con las de mayor escala aparece una "pequeña
ratería, un robito", que se justifica frente al "robo" que se
produce a nivel central. Favorece la instalación de pequeñas
oligarquías con una mentalidad manipuladora de apropiarse de
restos de banquetes favorecidas por los recursos que pusieron
en sus manos los procesos de desencentralización promovidos,
en muchos casos por esos mismos bveneficiarios, con el
beneplácito de organizaciones multilaterales, sin que hayan
surgido de una demanda local genuina.
Teorizando sobre los cambios algunos prefieren hablar en
referencia al acatamiento de la ley y aquellos que se ponen
por sobre ella, en lugar de la referencia societal a la
integración o no a los mecanismos de mercado (de producción
y/o consumo). Sin embargo la primera referencia depende la
segunda. Aquellos que eluden la ley, son quienes están por
sobre ella, en razón de las inequidades sociales, ciertamente,
pero también aquellos que o que no pueden estar bajo su
imperio porque no hay condiciones prácticas para su
jurisdicción, con lo cual se retorna a una variante de la
exclusión.
Cuarta nota
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