07 Nov. 2020

El dilema de qué es un partido

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La naturaleza política de los partidos uruguayos, a partir de los partidos tradicionales, ha generado formidables controversias, al punto que en la primera mitad del siglo XX y avanzado un poco la segunda mitad una parte significa de la intelectualidad negaba la calidad de partido tanto a colorados como a blancos […] El concepto de partido es fundamental a la hora de analizar la aparición en 1971 del tercer gran comensal: el Frente Amplio

Una eterna discusión que se transforma, sustancial para estudiar al FA.

Uruguay es un país que se caracteriza por la búsqueda de la originalidad . Esta última faceta le asegura que en los estudios comparativos sobre sistemas políticos siempre haya sobre el sistema uruguayo un capítulo, ítem, párrafo o al menos una llamada al pie dedicado a esta comarca. Las originalidades se han dado en el sistema de gobierno (régimen colegiado en el pasado; semiparlamentario en el presente), en el sistema electoral (múltiple voto simultáneo, proporcionalidad pura) y en el sistema de partidos (qué es un partido, qué no lo es, qué es y qué no es una coalición).

La naturaleza política de los partidos uruguayos, a partir de los partidos tradicionales, ha generado formidables controversias, al punto que en la primera mitad del siglo XX y avanzado un poco la segunda mitad una parte significa de la intelectualidad y en particular los partidos de origen marxistas y los de anclaje católico confesional, unos y otros negaban la calidad de partido tanto a colorados como a blancos. El historiador sueco Göran Lindhal, en su documentada obra “Batlle, fundador de la democracia”, niega la existencia del Partido Colorado como partido. Considera que lo que hay es un Partido Colorado Batllismo, un Partido Colorado Fructuoso Rivera, un Partido Colorado Radical; y ello se combina con la existencia de una federación de partidos colorados, que es como él considera que lo es el lema Partido Colorado. Más tarde surge el Frente Amplio y allí son los blancos y colorados que se consideran los únicos verdaderos partidos y ven al FA como un sumatoria de sujetos políticos, una “coalición”.

¿Por qué esa discusión sobre si los partidos tradicionales son cada uno de ellos un partido o una federación de partidos? Todo surge de una visión de que un partido es una estructura relativamente monolítica, con una única autoridad, una única estructura, un único manejo financiero, una única sede central, una conducción única y central. Así lo fueron, cuando actuaron como partidos autónomos, el Partido Comunista, el Socialista, la Unión Cívica del Uruguay.

Surge así porque primero, durante muchos siglos, los partidos fueron conjuntos de notables. Así fueron los partidos en el Senado de la República de Roma (especialmente en el Siglo I AC), o en los Estados Generales durante la Revolución Francesa, o en las cámaras inglesas o luego británicas. Y cuando devienen en partidos de grandes masas de votantes, esa concepción unívoca es tomada por los partidos socialistas en el último tercio del siglo XIX y en espejo lo hacen a principios del siglo XX los partidos socialcristianos surgidos a impulsos de la Encíclica Rerum Novarum del papa León XIII. Socialistas (o socialdemócratas, en principio marxistas todos) como socialcristianos, adoptan un modelo organizativo que más tarde Lenin lo etiquetará como “centralismo democrático”.

Ese modelo de partidos ha sido considerado como el único modelo en la literatura y en la praxis de Alemania (cuna del socialismo), Francia, Países Bajos, Bélgica (cuna del socialcristianismo), países escandinavos. Ese es el modelo que toman los dos tratadistas primigenios de la teoría de partidos: el alemán Robert Michels y el francés Maurice Duverger.

Para continuar la visión europea, la primera gran excepción surge de los partidos italianos, y en particular del dominante desde La Liberación hasta la caída de la Primera República (1943-1993): la Democrazia Cristiana. Rapidamente dividida en corrientes, las mismas comienzan a estructurarse cada una con su propia conducción, estructura, sede, manejo financiero y candidaturas. En el momento cumbre la DC llegó a contar con doce corrientes férreamente organizadas y disciplinadas. Y allí se observa con una nitidez no vista en otros países europeos, como el funcionamiento político intrapartidario es un juego de negociación y pacto, no un juego clásico de una autoridad central que toma sus decisiones y las impone.

Pero medio siglo antes el tema se visualiza en Uruguay. Blancos y colorados ya convertidos en partidos modernos, culminada la etapa como protopartidos, ambos emergen con corrientes que se organizan cada una por su lado. Cuando se pasa de la etapa de partido de notables a la de partido de masas, el coloradismo ya tiene estructurado por un lado el batllismo y por otro el riverismo, a lo que se añadirá a poco de andar el vierismo. La visión de Göran Lindhal, desde su óptica sueca, no difería de la visión de la intelectualidad uruguaya. Veían pues no a un Partido Colorado sino a una federación de colorados.

Lo dicho para el coloradismo es relativamente válido para el nacionalismo. La diferencia estriba en que las luchas internas en la colectividad blanca fueron más duras; la calidad de opositores les impedía tener la amalgama del gobierno que unificó a los colorados; y que las rupturas devinieron en divorcios, con varios lemas diferentes: Partido Nacional y Partido Blanco (Radical), PN y Partido Cándida Díaz de Saravia, PN y Partido Nacional Independiente (y en dos elecciones además una escisión de este último: el Partido Demócrata, la Democracia Social).

A esa tesis negacionista de la calidad de partido se sumaba el hecho que en algunas etapas el Batllismo tuvo una distancia política más fuerte con el Riverismo que con el Nacionalismo Independiente, así como el Riverismo tuvo una distancia menor con el Herrerismo y una mayor con el Batllismo.

Entonces, nuevos estudios descubren que la calidad de partido no es un tema esencialmente estructural, sino que deviene de un mismo pasado y visión del pasado, de la forja de una identidad (una pertenencia) y de elementos que constituyen una cultura política común. Entonces, aquí es donde aparece el concepto de partido. Y ello es fundamental a la hora de analizar la aparición en 1971 del tercer gran comensal a la mesa: el Frente Amplio.


Segunda nota de una serie sobre el reposicionamiento del Frente Amplio en su nueva etapa posgobierno. “El coraje de mirarse al espejo”, El Observador, octubre 31 de 2020